El espacio exterior también es argentino


Artículo publicado por VICE Argentina

La historia argentina parece marcada siempre por una tensión narrativa entre realidad y ficción: es en el punto medio donde se construyen sus relatos y verdades. Un hombre da un discurso en Tartagal, Provincia de Salta. Está vestido con un traje amarillo chillón, una corbata a juego y una camisa celeste. Pero el atuendo no es lo más absurdo de todo lo que está ocurriendo sino sus palabras: “dentro de poco tiempo se va a licitar un sistema de vuelos espaciales. Saldrán de la atmósfera, remontarán en la estratosfera y de ahí se podrá elegir el destino de vuelta, de tal forma que en una hora y media podremos viajar de Argentina a Japón”. El hombre que habla es el entonces presidente argentino, Carlos Saúl Menem. El año, 1996. Por este tipo de momentos de absurdo total, la industria astronáutica nacional esté vista como un juego, casi un chiste más.


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A contrapelo del supuesto popular, la rama espacial de la ciencia y la tecnología Argentina está viviendo épocas de importantes novedades. Sin ir más lejos, un lanzamiento histórico está a la vuelta de la esquina. “Es la concreción de un proyecto muy complejo, que demuestra que Argentina puede hacer proyectos ambiciosos a nivel internacional. Esta misión está generando expectativas a nivel de agencias espaciales de Europa y Estados Unidos”, explica Fernando Hisas, gerente de proyectos de la Comisión Nacional de Actividades Espaciales. Habla del radar SAOCOM, cuyo lanzamiento ha sido pospuesto para este domingo 9 de octubre o tal vez el próximo jueves, partirá desde California.

Si bien el proyecto del SAOCOM 1A comenzó hace 20 años, recién en 2013 el trabajo se puso en marcha con intensidad. Para ello, unas 800 personas se vieron involucradas. Su importancia radica tanto en su valor técnico como en su utilidad: al no trabajar con tecnología óptica, sino con un radar, el satélite podrá emitir información los 365 días del año, sin importar las condiciones climáticas o su posición respecto a la Tierra. De tal forma, se podrán observar, prevenir y optimizar los trabajos de rescate en catástrofes naturales, así como monitorear la pesca ilegal en el mar argentino y generar información valiosa para la agricultura a partir del análisis del suelo. Se estima que tendrá unos 6 años de vida útil con un trabajo que generará 225 fotos satelitales por día a una velocidad de navegación sorprendente: dará una vuelta entera al planeta en 110 minutos. “La tecnología de radar la tienen algunos países, pero no muchos. De este tipo existe sólo un caso que no está operativo, en Japón”, completa Hisas.

Fotos por el departamento de prensa de la Comisión Nacional de Actividades Espaciales

Para entender el presente, entonces, será cuestión de descomponer las piezas del pasado. Pablo de León fue el primer argentino en volar en gravedad cero. Además, es ingeniero aeroespacial, trabajó para la NASA y escribió dos libros sobre la historia de la industria espacial en el país. Sobre los años fundacionales dice que la Argentina “empezó a trabajar en el espacio en el mismo momento que las potencias mundiales. De hecho, empezó haciendo un motor cohete de combustible líquido, el AN-1, obra de Ricardo Dyrgalla, un ingeniero polaco que vino de la Segunda Guerra Mundial en 1947”. El cohete en cuestión tenía la capacidad de mover una masa de 320 kg durante unos 40 segundos. Y aunque parezca un avance mínimo, en realidad es mucho más: a partir de allí, la visión general de lo que puede y debe hacer la ciencia espacial parecía haber cambiado. “Íbamos a la cabeza, se hicieron una cantidad de cosas importantes durante los años 50 y los 60”, explica De León. El 23 de diciembre de 1969, sólo meses después de la llegada del hombre a la luna, Juan, un mono caí de un kilo y medio de peso entró al cohete Canopus II para vivir los 25 minutos más improbables de su existencia: el cohete viajó unos 82 km más allá de la atmósfera y luego retornó a la tierra. De esa forma, Argentina se convirtió en el cuarto país en enviar un ser vivo al espacio y retornarlo con vida.

Foto por el departamento de prensa de la Comisión Nacional de Actividades Espaciales.

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Desde entonces el desarrollo, sostenido a paso irregular pero imparable, se volvió un tema de discusión. “Salvo por la época de oro durante los 60, el resto fue tapar agujeros”, comenta De León. Porque, claro, es una cuestión de tiempos: decidir entre la satisfacción inmediata o el premio a futuro. Invertir ahora, para cultivar mucho más adelante: regar, regar, regar… seguir regando. Y de repente, ahí donde no había nada, algo.

Foto por el departamento de prensa de la Comisión Nacional de Actividades Espaciales.

Mariano Ribas es coordinador del área de divulgación científica del planetario Galileo Galilei de Buenos Aires. “La ciencia es necesaria porque es el motor de cambio y de progreso” comenta con un entusiasmo que contagia. Y sigue: “la gente a veces se olvida de que tiene un celular, un televisor, un colectivo, un avión, vacunas, porque hay ciencia detrás. Nada de esto cayó del cielo”. Y en esa subestimación general del valor científico, la tecnología espacial se lleva la peor parte. Tal vez porque no se puede ver, no se puede tocar o no se entiende: la inversión espacial parece siempre inútil. Su rol, sin embargo, marca el compás de la vida moderna. Hablamos por teléfono por el eureka de algún iluminado que puso un satélite en órbita: gracias a Dios. Vemos el Mundial desde el otro lado del mundo porque a alguno, que seguramente tenía al fútbol como la última de sus prioridades, se le ocurrió eso que a otros no y puso un satélite en órbita: gracias a Dios. Googleamos, escuchamos música, perdemos nuestros fines de semana en las profundidades del streaming, matcheamos, todo por un punto mínimo en el cielo, invisible para nosotros pero tan real como todo lo que nos rodea. Gracias a Dios. No, otra vez el equívoco: gracias a la ciencia.

Foto de Prensa del Planetario Galileo Galilei de Buenos Aires

En ese sentido, entender la realidad actual es poder proyectar a futuro. Y en la comparación, Argentina ya no es la pionera que supo ser, pero tampoco está todo perdido. Pablo de León se encarga de aclarar los tantos: “por supuesto estamos muy atrás de las potencias. Comprar el hecho de poner un hombre en la luna con lanzar un cohete suborbital a 500 km de altura no son hechos comparables. Yo preferiría la comparación dentro de la región”. Entonces, que así sea. “Comparando con Latinoamérica, la Argentina es, sin dudas, el país más avanzado, de mayor desarrollo y más tradición en la temática espacial”.

Foto por el departamento de prensa de la Comisión Nacional de Actividades Espaciales.

El lanzamiento programado para este sábado significa un paso de esos que se dan muy de vez en cuando, pero con un valor enorme. Fernando Hisas lo sabe: “desde el punto de vista de lo logrado en este proyecto, la industria aeroespacial está en un grado de desarrollo muy importante. Y así lo ven desde el exterior. Lo que se ha logrado en función de lo que se ha invertido para lograr esto está reconocido como algo muy destacado”. Porque esa es la clave: inversión. En los últimos 40 años, las idas y venidas han dejado a la industria en el medio del péndulo entre la atención estatal y el abandono, una situación acentuada por la reciente degradación del Ministerio de Ciencia y Tecnología al status de Secretaría. Entonces, tras el suceso que ocurrirá este fin de semana, el futuro todavía parece demasiado difuso como para pronosticarlo con éxito.


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Y en definitiva, como en toda ciencia, el presente es un trabajo a futuro constante. E invertir en tecnología espacial es generar recursos que redunden en todo el panorama industrial de una nación. Pablo de León entiende la cuestión del futuro como determinante: “yo soy un convencido de que en el siglo XXI los países que no tengan capacidad espacial van a estar fuera de muchas discusiones. Porque si no la tenés, tampoco hay capacidad en ciencia y tecnología”. Comprendiendo la complejidad del panorama, Ribas es más optimista: “Argentina no va a ver el futuro desde afuera. Va a ser partícipe de ese futuro. No falta mucho para que tengamos nuestro propio cohete tronador y el país pueda poner carga en el espacio. Pienso eso y me emociono. Vamos a tener cohetes argentinos en poco tiempo”.

Foto por el departamento de prensa de la Comisión Nacional de Actividades Espaciales.

Entonces, quién sabe: a lo mejor aquél discurso de un presidente vestido de amarillo no haya sido un absurdo sino una premonición: tal vez, con desarrollo sostenido, convicción e inversión estatal, cualquier hijo de vecino pueda salir de la atmósfera, remontarse a la estratósfera y, desde allí, elegir el lugar a donde quiera ir.

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