La ruta de la piel


Artículo publicado por VICE Colombia.

Este artículo hace parte de la última edición de VICE Colombia: UTOPÍA|DISTOPÍA. Pueden encontrar todos sus contenidos por acá.


“La prostitución tiene mucho que ver con la raza”.
―Virginie D.

“La prostitución tiene mucho que ver con la raza”.
―Virginie D.

“En la prostituta cobran forma dos principios opuestos. El anárquico principio de placer y el jerárquico principio del servicio divino que se llama dinero”.
―Walter B.

“Es a la mujer a quien se le aplica con más vigor y con más exactitud el monstruoso método de explotación, que consiste en tener la mayor cantidad posible de trabajo con el menor gasto posible, sin consideraciones ningunas de justicia social”.
―Luis T.

Bailarinas

―Sigan sigan sigan. Todas vírgenes: de 15 y de 20. Sigan adelante.

―¿Venezolanas? ―Si vinieron por venecas, están en el lugar equivocado.

La requisa es somera. El corredor de la entrada está iluminado por una luz amarilla: a un lado hay un tanque enorme de agua con peces que parecen mojarras enanas de aletas helicoidales. El agua del acuario es azul cloro. En la pared de enfrente hay un cartel que dice: “Adelanto del mes del padre. Botella de aguardiente 89 900”. Al final del corredor hay una puerta de cristal. Nomás abrirla sale un aire denso, casi gris, y olor a sudor y trago. La voz en los parlantes anima la noche.

El sitio queda en Chapinero; los clientes le dicen pi eich, de cariño. Adentro, suena un techno solo soportable bajo el influjo de alguna sustancia. Aquí, con televisores pornográficos que miran desde todos los ángulos, esa sustancia podría tener un nombre: deseo. Las miradas apuntan hacia el centro del espacio, donde hay una tarima alargada que se extiende por todo el recinto. Dos tubos de pole dance coronan cada extremo de la tarima. Y dos mujeres, a su vez, se desnudan mientras hacen acrobacias en sus tubos. El DJ anima al público y llama a las mujeres por sus nombres.

Hay brazos masculinos apoyados sobre una baranda. Billetes de pequeña denominación atrapados entre tela y piel. Ojos de hombres dislocados buscando lo que no tienen. Miradas pasmadas que asustan.

Mientras tanto, el mesero recibe al grupo y los acomoda en un espacio amplio.

―La botella de ron vale 120. Viene con show incluido. Ustedes compran la botella y luego me dicen la chica que quieren que les baile.

―¿Venezolanas hay?

―Nada, las venezolanas dañan el negocio. Acá solo colombianas, hermano. Políticas del establecimiento.

Dudas I

¿Cómo cambia un mercado cuando un producto ajeno entra en él a competir? ¿Son las prostitutas un producto? ¿Hacen parte de un mercado? ¿Triunfa la libre empresa? ¿Hay competencia desleal? ¿Qué se entiende por competencia desleal en el negocio del sexo? ¿Puede acaso una institución como el mercado ser ajena a las formas del poder?

Cifras y conceptos

Una de cada tres trabajadoras sexuales en Bogotá es extranjera. El Distrito, por medio de la Secretaría de la Mujer, estima que en la ciudad trabajan cerca de 7094 prostitutas. Las tres localidades donde más hay trabajadoras sexuales son Los Mártires, Kennedy y Chapinero. En ese orden. En la localidad de Los Mártires, por ejemplo, más de la mitad de prostitutas que trabajan allá vienen de otro país.

Un tercio de las trabajadoras sexuales colombianas viven regularmente en Bogotá hace menos de un año. De esas, el 71 % son extranjeras. Las oportunidades laborales son la principal razón que argumentan ellas para vivir en la ciudad.

El 33 % de trabajadoras sexuales extranjeras viven solas; el 22 % vive con alguien más.
El 33 % de trabajadoras extranjeras cursó estudios superiores; solo el 9 % de trabajadoras nacionales lo hizo.

El 32 % de trabajadoras sexuales extranjeras se sienten discriminadas por razón de la actividad que realizan.

Según cálculos del Observatorio de Mujeres y Equidad de Género de Bogotá, cerca de 2270 trabajadoras sexuales serían extranjeras.

De esas, el 99,8 % son venezolanas.

Trabajar trabajar y trabajar

Cuando Hugo Chávez era presidente de Venezuela, hubo, entre 2003 y 2005, una amplia migración de venezolanos —ejecutivos de alto nivel: principalmente funcionarios de la petrolera PDVSA— que salieron de su país en busca de una mejor calidad de vida. “Era una clase media y alta, profesional, que buscaba mejorar su nivel y calidad de vida en países de mayor desarrollo”, dice el profesor Iván de la Vega, director del Laboratorio Internacional de Migraciones y profesor de la Universidad Simón Bolívar de Venezuela.

Hace cuatro años empezó una segunda ola migratoria, esta vez por razones distintas. Si hace 15 años los venezolanos se iban principalmente por razones de seguridad, ahora lo estaban haciendo por razones de escasez. “Hoy en día se busca mejorar el nivel de vida, dadas las condiciones de deterioro sostenido en distintos ámbitos. En 2016, la escasez en artículos de primera necesidad, incluyendo medicinas, había superado a la causal de la inseguridad personal”, dice De la Vega.

“Sé de muchos venezolanos a los que la propaganda contra nuestro país les llegó a la mente y se fueron. No sabes cuánta gente está lavando pocetas en Miami. ¿Tú te irías a lavar pocetas en Miami? ¿Tú te irás de tu patria amada? No, yo no me iría. En momentos de dificultades, uno no abandona su familia, uno no abandona su patria. En momentos de dificultades, hace falta trabajar, trabajar y trabajar por la prosperidad del mejor país del mundo, que se llama Venezuela”. Estas fueron las palabras que pronunció el presidente actual de Venezuela, Nicolás Maduro, a comienzos de este año.

Cuando las pronunció, en el mes de abril de este año, ya había cerca de medio millón de venezolanos en Colombia, según datos oficiales. La Cancillería y Migración Colombia anunciaron en 2017 la creación de un Permiso Especial de Permanencia (PEP) para los ciudadanos venezolanos que necesitaban regularizar su estadía en Colombia. Este documento permitía —y permite— que los venezolanos puedan “trabajar, estudiar y desarrollar cualquier tipo de actividad legal dentro del territorio nacional”. Y, a su vez, pretendía evitar “la explotación laboral y velar por el respeto de la dignidad humana de los venezolanos”.

Un par de meses más tarde, en junio, Migración Colombia calculaba que entre regulares e irregulares eran más de un millón de venezolanos los que habían llegado al país en los últimos 16 meses.

“Colombia era un país expulsor”, dice Juan Manuel Caicedo, de Migración Colombia. “Antes, los colombianos éramos los que viajábamos al exterior, estábamos acostumbrados a salir. Antes eran los colombianos los que se iban a buscar trabajo a Venezuela. Ahora las cosas están cambiando. Y Colombia pasó de ser un país expulsor a ser un país recibidor”.

Es la migración más grande que ha tenido el país en su historia.

¿Qué se entiende por ‘competencia desleal’ en el negocio del sexo? Foto: Andrés Torres

Mi esposa cobra lo que es

―¿Usted hace cuánto llegó a Colombia?

―Un año y tres meses ―responde el bouncer.

―¿De dónde viene?

―De Barquisimeto.

―¿Y eso más o menos dónde es?

―Eso… está en el medio, pues. Cerca de Valencia, de San Felipe, de Maracaibo.

―¿Cómo era la situación allá?

―Difícil. Crítica. No se conseguía nada. Todo era muy caro. No alcanzaba el sueldo.

―¿En qué trabajaba allá?

―Electricidad automotriz. Electricista de carros.

―¿Cuántos años tiene usted?

―22.

―¿Cómo fue esa decisión de venirse para acá?

―Por mi hermano que está en República Dominicana. Él vive allá con mi hermana y una prima y la esposa de mi hermano. Y como no me alcanzaba la plata, mi hermano me pagó el pasaje hasta aquí. Me lo iba a pagar hasta República Dominicana, pero yo no tenía el pasaporte.

―Cómo se vino? ¿Cómo fue el viaje?

―Por tierra. Duré tres días por tierra y luego llegué aquí. En la 63 me recibieron unos amigos, duré como tres meses allá y luego me vine pa acá, para el Santafé.

―¿Y cómo se enteró de este sector?

―Porque había otro amigo que vivía acá arriba, pero él se fue pa’ Ecuador ya, hace como un mes…

―Ajá.

―Y nos vinimos pa acá, porque era un poco más barato.

―Cuando usted llegó aquí, ¿vio algún problema con las chicas venezolanas?

―Sí, hemos notado que por lo menos las colombianas no llevan muy bien a las venezolanas.

―¿Cómo, cómo?

―Por lo que dicen, las colombianas pues…

―¿Qué dicen?

―Que ay, que ellas cobran barato, pero es mentira. Yo sé que no es así.

―¿Por qué?

―Porque mi esposa trabaja en eso y ella no va a cobrar 20, 25 o 30 000 pesos por un rato. Cobra lo que es.

―¿Lo que es?

―Lo que es, claro. Los 50.

―¿Y esa es la tarifa de la zona?

―Claro.

―¿Cuántas hay más o menos en este barrio?

―Venezolanas? Por ahí 60.

―¿Y en total?

―En total, pues que trabajen aquí en la prostitución… sí, por ahí 100, 150.

―Ya. ¿Esto aquí tiene alguna regulación? ¿Acá quién manda?

―Sí, son varios los que mandan por aquí, pues.

―¿Y cómo funciona?

―Con los que venden cosas de estupefacientes; las otras personas no pueden vender, porque ellos son los que llevan el mando.

―¿Y las chicas pueden estar en la calle?

―No, las venezolanas no pueden estar en la calle. Las colombianas, sí.

―¿Eso es un pacto al que llegaron?

―Sí.

―¿Y fue algo que se impuso o sucedió simplemente?

―No, por las peleas, que las colombianas no querían verlas trabajar en la calle, que porque les estaban quitando el trabajo a las colombianas. Es que hay mucha envidia de las colombianas a las venezolanas.

―¿Hubo algo violento que definiera esto?

―Sí, ha habido muchas peleas.

―¿Y quién organiza eso? ¿Quién dice “venga, ya no vuelven a salir a la calle”?

―Entre todos se reúnen.

―¿Entre todos quiénes?

―Las colombianas.

―¿Y si digamos una chica venezolana no cumple? ¿Si se para en la esquina qué pasa?

―Hay problemas.

Mano de obra

La Alcaldía Local de Los Mártires queda en el séptimo piso de un centro comercial de siete pisos. Desde allí se tiene una vista casi entera de los cerros de la capital. Las oficinas y el despacho del alcalde local miran, sin embargo, hacia el otro lado de la ciudad, privándose de la vista verde y paralela. En su despacho, el alcalde, Raúl Hernando García, dice que Los Mártires es una localidad pequeña pero con los mismos problemas de Bogotá (habitantes de calle, mafias de microtráfico, mafias de autopartes y motopartes muy fuertes, y prostitución). Una localidad donde se mueve mucha plata y donde hay mucho rico. “El dueño de La Piscina es un tipo que tiene avión propio”, dice el alcalde, “de esa talla estamos hablando”.

Mientras se toman un tinto en vaso de cartón, los periodistas escuchan al alcalde decir que el tema de los migrantes venezolanos es transversal. Que están supliendo una demanda laboral que había. Que algunos cobran menos del mínimo, pero que esto no es culpa de los venezolanos, sino de los empleadores, que les pagan menos de lo que deben. Que deberían tener los mismos derechos laborales que los colombianos. Que no todos los venezolanos vienen a delinquir. Aunque algunos, en situación irregular, han sido cooptados por los antiguos ganchos del Bronx.

El Distrito, por medio de la Secretaría de la Mujer, estima que en la ciudad trabajan cerca de 7094 prostitutas. Las tres localidades donde más hay trabajadoras sexuales son Los Mártires, Kennedy y Chapinero. Foto: Andrés Torres

Y dice el alcalde, mientras una limonada permanece intacta en frente suyo, que lo que más le preocupa de la migración de venezolanos son la condiciones en que se encuentran. Que viven en pésimas condiciones, que no tienen acceso a la salud. (El 71 % de trabajadoras colombianas está afiliada a la salud. Solo el 17 % de extranjeras lo está, según el informe de la OMEG). Que no hay recursos para darles vivienda. Que hay muchos colombianos que están en la misma situación.
Dice que Colombia, por políticas migratorias, no está deportando a venezolanas. Que hay las que están de manera irregular y ejercen el trabajo sexual. Y que eso es un problema. Que junto a Migración revisan que no haya venezolanos contratados de manera ilegal. Que de ser así el establecimiento tiene que pagar una multa de 20 millones por cada trabajador irregular que tenga.
(En 2017, la Corte Constitucional emitió una sentencia, la T-073, que determina que “en caso tal que personas extranjeras decidan desempeñarse como trabajadores sexuales en Colombia, las entidades deben apoyarlas en la consecución de sus visas de trabajo y demás documentos que les permitan laborar en forma regular y sin persecuciones o vulneraciones de ninguna clase. Entrando a determinar si esta actividad se realiza con pleno consentimiento por parte de quien decide ejercer la prostitución”).

Todavía sin probar un sorbo de su limonada, el alcalde dice que en cuanto a las peleas solo hay información no oficial. Que han tenido problemas de riñas en la zona de tolerancia entre trabajadoras sexuales colombianas y venezolanas por el tema de tarifas. Dice que cree que la diferencia es de un 20 %. Y que cómo se controla la competencia. Que cómo se regula una tarifa.
Dice que en la localidad hay gente consciente del drama venezolano y gente que de solo oír el acento se ofende. Que con el tema de la xenofobia están tratando de concientizar a los habitantes, decirles que es un drama, que no tienen derecho a recriminarles a los venezolanos por esto que están viviendo. Y comenta que hasta que no se estabilice la situación en Venezuela no vamos a dejar de recibir venezolanos. Que es una situación que nos desborda.

Afuera hace una tarde de sol asesino, de un sol como el que no ha hecho en los últimos días en esta ciudad. Los cerros reciben esa luz de tarde con placer. Las oficinas de la Alcaldía siguen privándose de esos cerros y esa luz.

La calle: autonomía laboral

Para que haya putas, tiene que haber puteros. Esta es la ley del mercado número uno, pero solo nos damos cuenta de que también aplica en las calles cuando vamos a putas.

Y no son putas, se les llama trabajadoras sexuales. O eso dice Pollito, directora de “Las Callejeras”, colectivo de trabajadores sexuales que busca la justicia social dentro del oficio. Junto a ella está Carolina. Carolina acaba de llegar de Ibagué, donde vive con su hijo, para trabajar durante este fin de semana en las calles del barrio 7 de Agosto en Bogotá.

Carolina trabaja las calles. (Mientras que el 93 % de extranjeras en la ciudad trabaja en establecimientos, solo el 7,5 % lo hace desde la calle, según el informe del OMEG). Hace seis años que dejó de trabajar en los establecimientos (o mejor, para los establecimientos), se independizó y tiene ahora su propia clientela. Carolina también hace parte del colectivo Callejeras y mientras Pollito y yo la escuchamos, ella cuenta su propia historia.

“Yo no voy a decir que no bebo porque sí bebo”, dice en tono jocoso. “Pero ese ritmo tan tenaz de estar bebiendo y de estar todo el rato en el salón, de no salirse, ¿eso a razón de qué? ¿Quién dijo que yo tengo que entrar a tal hora y no sé qué? Eso es un tipo de explotación”, dice Carolina y Pollito asiente. “¿Cómo es posible que tú me exijas algo? Vuelvo y te digo: ellos viven de nosotras, de nuestro instrumento de trabajo. ¿Cómo es que mi cuerpo se lo ferio yo a otra persona?”.

Porque en el establecimiento, según Carolina, la obligaban a tomar trago de verdad. “A ellos les interesa más la venta de licor, y eso genera problemas de salud para las chicas mismas. Se vuelven alcohólicas, porque es como cuando uno consume drogas: lo mismo. ¿Y a mí quién me va a curar la cirrosis?”.

Carolina se salió de trabajar en los establecimientos hace seis años, luego de durar dentro de ellos otros seis. Y, según ella, la diferencia es total. “A mí no me obligan a nada. Yo me manejo el tiempo”, cuenta. “Si quiero hacerme dos ratos y ya, pues los hago y me voy. Si ya cumplí con lo del día y yo quiero seguir para hacerme más plata, pues sigo y me quedo el rato que quiera”. Para Carolina todo tiene que ser decisión suya, porque es su cuerpo: “Es mi trabajo”. Se queda en silencio un rato y luego remata: “Trabajo en general por la noche, es que soy muy nocturna”.
Carolina cuenta que en las calles por las que anda la seguridad es normal, “como en todo”, dice. “Lo que pasa es que la gente que no ha tenido el trato con nosotras, en la calle, cree que somos lo peor y que la calle es lo peor, y piensan que no se pueden arrimar”. Dice y se ríe.

Cliente I

“Ir a putas ha sido una transformación”, admite Juan Jairo. “Las primeras veces iba cagado del susto, nervioso. No se me pasaba por la cabeza hacer algo con las viejas. Pero ya con el tiempo cambié la mentalidad”. Para Juan Jairo ahora es como tomar estando en la casa, “pero viendo culitos”, dice. “Cambió la perspectiva: pasé de ir con miedo a querer ir a pasar un buen rato, y de pronto mandarme a una vieja. Digamos que antes había un asunto moral y ético que no dejaba”.

Pero cuando el deseo sobrepasó la moral y el miedo, todo se hizo más fácil. “No le voy a decir que me encanta mandarme putas, ni que quiera hacer eso todos los fines de semana, pero de vez en cuando no está mal. Y pues si usted va, eventualmente verá una vieja con la que va a decir: ‘Es la vieja más linda que he visto, me la voy a mandar sí o sí’”.

Monos y dinero

En 2005 la Universidad de Yale hizo unos estudios con primates. El estudio consistía en enseñarle a siete monos capuchinos a usar dinero. Les entregaban una cantidad de plata a los monos, discos metálicos con un hueco en la mitad, como las monedas chinas, y les mostraban cómo con ese pedazo de metal podían conseguir frutas. Les enseñaron, básicamente, el intrincado mecanismo de la compra. Los investigadores introdujeron también algunas variables: fluctuación de los precios de las frutas y pérdida del poder adquisitivo de los monos. Pasaron muchas cosas con el experimento. Entre ellas la siguiente: cuando el experimento estaba por terminar, vieron cómo después de que una pareja de monos había tenido sexo, una le entregó monedas a la otra y esta última salió a comprar fruta con ese dinero. El estudio asegura que este es el primer caso registrado en la historia de los primates en la que uno le paga a otro por tener sexo.

La feminista Catharine A. MacKinnon, dice el diario Clarín, se resistía a considerar la prostitución como trabajo sexual: en todas partes la gente prostituida suele ser muy pobre y, en general, nadie sale de la pobreza por prostituirse, dice el Clarín que decía MacKinnon. Y afirmaba que el dinero coacciona el sexo en la prostitución, que representa una violación serial. Por su parte, Andrea Dworkin, también abolicionista, aseguraba que el dinero tiene una cualidad mágica, ¿no? Y que si le das a una mujer dinero, se merece cualquier cosa que le hagas. “La función mágica del dinero tiene género”, dijo en su momento Dworkin, durante un discurso en la Universidad de Michigan. Walter Benjamin decía, por su parte, que la prostituta fue desde siempre una precursora de la economía de mercado: “La prostituta no vende su fuerza de trabajo, su profesión conlleva sin embargo a la ficción de que vende su capacidad de placer”.

El 71 por ciento de las trabajadora colombianas está afiliada a la salud. Solo el 17 por ciento de las extranjeras lo están. Foto: Andrés Torres

El cuerno de la abundancia

“Allá teníamos un negocio de comidas. Era un negocio bueno con el que vivía toda la familia”, dice Paola, con un brazo alrededor del cuello de su interlocutor. “Nos tocó cerrarlo porque ya no se conseguía mucho de lo que se necesitaba para atender el negocio. Me vine hace unos meses y terminé acá”, concluye. “No fue lo primero que busqué”, dice Paola, como justificando. “Antes intenté en otras cosas pero no me salía trabajo”. El 73 % de trabajadoras extranjeras inició su actividad sexual pagada en Bogotá. El 15 % lo hizo en otro país, según el informe de OMEG.

Cuando le preguntan cómo es el trato de las colombianas con ella, Paola le da la espalda a las colegas que están en el sofá del fondo y hace un gesto con la mano que quiere decir ‘más o menos’. “Ellas no te saludan, no hablan contigo. Nada. Para ellas no existimos”, dice.

¿Por el rato?, pregunta retórica y se queda pensando. A ti, porque me caíste bien, te lo dejo en 170. Más lo del cuarto, que son 60. Las colombianas no sé cuánto cobren, ellas cobran más caro. Por menos de 250 no consigues. (Mientras que solo el 36 % de trabajadoras sexuales colombianas piensan que sus ingresos son suficientes, el 50 % de extranjeras consideran que sus ingresos son bastantes para cubrir los gastos básicos).

“Y si un cliente nos pide que nos vayamos con él para su casa”, continúa Paola, “el cliente le tiene que pagar una multa al sitio, como de 150. Más lo que me vaya a pagar a mí, claro”, dice Paola y se ríe. “Lo bueno es que cuando pasa eso, cuando los clientes nos llevan de fiesta, ellos normalmente se ponen a tomar mucho trago o a meter perico. Y pues claro, ya después no se les para”, dice ella moviendo de arriba abajo la mano derecha con el puño cerrado, como inflando un globo de aire.
“Yo no meto, nosotras no metemos. Pero las colombianas todas meten perico. Es muy difícil encontrar a una venezolana que meta perico. No la vas a encontrar. Acá el perico se lo compran a los meseros, a la misma gente del sitio”, dice Paola, con distancia. “Toda la noche se la pasan oliendo”.

“¿Que qué es lo que más extraño de Venezuela? El mar. El mar me hace muchísima falta y acá con este frío”, se queja Paola, cada vez con más pausa en sus palabras. “Yo salía al mar todos los días. La brisa, ese aire lleno de vida”, dice, y sus ojos se empiezan a poner cada vez más débiles. “Cuando estaba embarazada de mi hijo, iba siempre a la playa a que me diera el sol”.
Paola se queda callada un buen rato.

“A mí hijo lo perdí”, suelta Paola, sin más. “Cuando tenía nueve meses lo perdí. Se llamaba Dante. ¿Que por qué Dante?”, pregunta, “porque significa abundancia. Cuando tenga un hijo lo voy a llamar así: Dante”. Paola se vuelve a quedar en silencio.

“Bueno, bebé, ¿me vas a pagar el rato?”, pregunta ella. El cliente le dice que le encantaría, pero que la verdad no tiene un peso para darle. “¿Y me puedes dejar una propina, al menos?”,
El cliente saca un billete de diez mil y se lo entrega. “No tengo más”, dice. Paola se queda mirando el billete y pregunta en voz alta: “¿Diez mil?”. No es un tono de reproche, sino de duda. “¿Cuánto son diez mil pesos en bolívares?”, pregunta la compañera de Paola, también venezolana, por encima del hombro.

Dudas II

¿Por qué hay que hablar de prostitución para poder hablar ―bien y (casi) en serio― sobre el tema de la migración de venezolanos a este país? ¿Por qué hay que poner una whiskería, en el fondo de escena, para hablar de la xenofobia de un país que, si no ha sido capaz de resistirse a sí mismo, mucho menos va a ser capaz de resistir al vecino? ¿Por qué tiene que ser solo con el morbo de lo ‘venezolano’ que podemos hablar como sociedad ―y como medios de comunicación― de la prostitución y del trabajo justo? ¿Qué significa trabajo justo y qué tan libre es la persona que escoge la prostitución como trabajo?

La calle: precios

Si el precio de un producto cae, el consumidor suele comprar más de ese producto. Eso dicen las reglas de la maximización de la utilidad y la teoría del precio. Pero Carolina se ofusca cuando habla de las bajas tarifas que las venezolanas cobran en la calle.

“El ‘Siete’ está invadido de venecos”, dice, mientras Pollito y yo la seguimos escuchando. “La situación allá es terrible. Hace un año empezaron a llegar masivamente, hasta con niños. Viven en el sector donde se ejerce el trabajo sexual. Dicen ay, pobrecitas las venecas, pero quién dice ¿pobrecita Carolina, que no tiene para lo de su hijo? ¿Que no tiene para lo del diario? ¿Quién, quién? Nadie”.

“Ahora el dicho es ese”, dice Carolina y nos repite el dicho que circula por estos días en la calle: ‘Como dijo la veneca, tocó dejarlo en diez’. “¿Pero qué es eso?”, pregunta Carolina, indignada. “Eso vale la habitación nomás. Pero para ellas eso son millones. Mientras que para uno esa plata no es nada”.

Nicolás Maduro ha aumentado cuatro veces el salario mínimo en Venezuela en lo que va del año.
Sumados el sueldo mínimo y el bono de alimentación, el salario mínimo en ese país actualmente es de 5 196 000 bolívares, que en la tasa oficial equivalen a 45,6 dólares,: es decir, cerca de 5000 pesos colombianos. Hacen falta 220 salarios mínimos para comprar una canasta familiar de cinco personas. “Es inmoral hablar de una mano de obra barata a costa de pagar salarios de hambre que se diluyen con la hiperinflación”, dijo en su momento para un medio venezolano el dirigente sindical Froilán Barrios.

Si hace 15 años los venezolanos se iban principalmente por razones de seguridad, ahora lo estaban haciendo por razones de escasez. Foto: Andrés Torres

“Yo te podría decir”, continúa Carolina: “‘Es que yo soy superexclusiva y cobro carísimo’. Te podría decir eso, pero no. Vamos a hablar lo que es: en la calle se cobran 30 000 pesos por el rato. Se supone que esos 30 son libres, porque el cliente paga la habitación. Es lo ideal”, dice Carolina. “Pero mientras que uno cobra eso, ellas están cobrando 10 000 pesos”.

Con la hiperinflación que empezó el año pasado en Venezuela, un salario mínimo alcanza, —más o menos, dependiendo de la fluctuación— para lo siguiente: una hamburguesa, trescientos gramos de jamón o tres tazas de café con leche. Con un salario mínimo alcanza para eso. Es decir que, por un ‘rato’ a 10 000 pesos que cobra una venezolana en las calles de Bogotá, le alcanzaría para comprar kilo y medio de carne en Venezuela. Le estarían haciendo falta 109 ‘ratos’ al mes, en las calles de Bogotá, para comprar la canasta familiar de cinco personas en Venezuela, sin contar los gastos de manutención que ella tiene que pagarse en Bogotá.

Pollito interrumpe a Carolina por primera vez y dice que ellas están cobrando muy barato y, lógico, si una chica me cobra 10 000 y otra me cobra 30 000, la preferencia va a ser por la que cobra 10. “Y todos los servicios que ellas prestan”, continúa Pollito. “O sea, ellas prácticamente se están entregando, están complaciendo a los clientes en todos sus gustos. Acá las colombianas tienen sus límites, pero ellas los están pasando. Muchas no se dejan besar en la boca, pero ellas están complaciendo a los clientes también”. Para Pollito, muchas cosas cosas que las colombianas no hacen, las venezolanas sí las hacen.

“Es que así son los tipos”, interrumpe Carolina, , “lo meten en cualquier hueco, así esté lleno de hormigas”.

Cliente II

La última vez que fui me pareció un ambiente duro, no tan agradable como las veces anteriores, cuenta Ramón Emilio. “Sobre todo, hablar con la vieja: saber que tenía un hijo y que hacía eso por necesidad es paila. Uno siempre sabe que es por eso que lo hacen, pero con trago uno no piensa en esa vaina. Eso no quita que no vuelva: pero si vuelvo, tendría que ir rascado (risas)”.

“Yo personalmente voy a putas es a ver”, difiere Erik. “Nunca he ido a consumar el acto, que llaman. No sé por qué. Por amarrado no es. Supongo que no me gusta pagar por eso, ¿no? Y también hay una vaina y es la gran diferencia que hace el tema del alcohol. Para ir a un burdel se necesita trago, el trago es un fundamental”.

Competencia

Camila cobra 60. Al menos eso fue lo que le cobró a Gilberto por el polvo al final de la noche. Es el sexto hombre con el que se ha ‘subido al cuarto’. En tres meses que lleva putiando, este es el sexto. “La situación estaba muy jodida”, dice Camila. “Yo velo por mi hija y mi sobrina y mi mamá y me tenía que poner a hacer algo. El colegio de la niña, que es privado, lo pago yo. Pero no me voy a quedar en esto toda la vida, la plata que hago acá es para la cuota inicial de un apartamento”.

Más de la mitad de trabajadoras colombianas viven en un apartamento. Mientras que más de la mitad de trabajadoras extranjeras viven en el mismo establecimiento en el que trabajan.

“Bueno, bebé, ¿me vas a pagar el rato?”, pregunta ella. El cliente le dice que le encantaría, pero que la verdad no tiene un peso para darle. “¿Y me puedes dejar una propina, al menos?”

Camila también dice que prefiere el ron al aguardiente. El guaro le da una alergia en la cara. “Se me vuelve una nada”, dice, y muestra su piel. Prefiere hacerse la plata aquí abajo, con los bailes y las propinas de los clientes, dice, y admite que no le gusta subirse al cuarto pero que hoy la noche ha estado dura.

“Es que acá las nenas son muy hipócritas”, dice Camila. “Anoche me estrellé con una y la nena me miró refeo. Y ella ya me tenía el ralle. Hace unos días yo estaba trabajando a mi cliente y ella llegó a quitármelo y pues no, porque si yo lo estoy trabajando es pa’ mí y no pa usted. Yo también necesito la plata y el trabajo no se regala”, dice Camila.

“Acá estamos todas compitiendo”. Concluye Camila, justo antes de subirse al cuarto con Gilberto en el putiadero donde no reciben venezolanas. Camila es pelirroja y colombiana.

Cliente III

“Moralmente me siento muy mal en ese tipo de vainas, como que no estoy tranquilo”, admite Francisco. “Me impresionó que cuando la vieja estaba haciendo el lap dance, la vieja olía rico. Una parte olía a vainilla y otra a frambuesa. Se me hizo un video eso, yo creo que por el prejuicio de que el sitio es sucio y las viejas están sudadas. Pero tiene todo el sentido que se echen vainas para oler rico. Se me hizo raro que ese pachulí me hubiera gustado”.

“En mi caso, yo he ido solo dos veces”, cuenta Tomás, por su lado. “De curioso. Pero ya en la juega, ya está aceptada esa verdad en el establecimiento: el miembro viril responde a los estímulos que hay en el entorno. Como le digo: las dos primeras veces que he ido ha sido de curioso. Si vuelvo, es porque ya quiero fornicar”.

Primer día

Se llama Teresa. O dice que se llama Teresa. Tiene 23 años y llegó hace cinco días a Colombia proveniente de La Guaira, Venezuela. Su mejor amiga, a quien a veces le dice ‘hermana’, llevaba en Colombia dos meses como trabajadora sexual cuando le recomendó a Teresa que se viniera a Bogotá. Ahora trabajan juntas en el mismo sitio.

Hoy es su primer día de trabajo.

Cuando tomó la decisión de irse de su ciudad y empezó a organizar todo para venir a Colombia, intentó primero hacerlo de manera legal. No se pudo. No consiguió que le dieran los papeles que le permitían trabajar o estudiar en suelo colombiano. Entró al país de manera irregular. Tuvo que dejar a su novio allá, en La Guaira. Le dijo a él que solo si ella se venía a Colombia buscando mejores oportunidades ellos podrían seguir juntos. De lo contrario, tendrían que terminar. Ahora hay 1500 kilómetros de distancia que los separan.

En el sitio donde está ahora trabaja con papeles falsos.

“Con todo el dolor del alma me vine para acá”, dice Teresa. “Le dije a mi mamá que me venía a trabajar en otra cosa, ella no sabe que estamos en estas. Ella piensa que estamos trabajando en algo decente”.

El 36 % de extranjeras considera que la actividad sexual es la más rentable dentro de la oferta laboral. El 23 % piensa que esa es la única que se acomoda a sus tiempos. Y el 20 % asegura que esa es la única opción que tiene, según el informe de OMEG.

Todo lo que gana Teresa, dice, es para mandárselo a su hija de cuatro años que sigue allá. “Pero el trabajo está difícil y hace tiempo que no le mandamos plata a la familia”, dice la amiga, la hermana. El 85 % de trabajadoras sexuales extranjeras responde económicamente por personas que no viven con ellas, frente al 50 % de colombianas que hacen lo propio, según el mismo informe.

“¿Qué significa trabajo justo y qué tan libre es la persona que escoge la prostitución como trabajo?”. Foto: Andrés Torres

Teresa ha estado en su vida con dos hombres. Solamente con dos hombres, dice: “El papá de mi hija y mi exnovio”.

Esta es su primera noche en el putiadero, dice Teresa con demasiada conveniencia. Los clientes que acaban de llegar, el muchacho sobre el que está sentado, es el primer hombre con el que se entiende en este trabajo. Pensaba que acá solo venían viejos verdes, dice.

Teresa está convencida de que se la va a llevar bien con sus colegas colombianas.

La ley de la calle

“Nosotras no dejamos a las venecas trabajar en la calle”, dice Carolina. Pollito y yo escuchamos. “O sea, la ley de la calle, literal. ¿Por qué? Porque a nosotras nos afecta el bolsillo. Vienen demasiadas y cobran poco. Los dueños de los sitios se lucran más con las venecas, porque las venecas como están más agachadas y arrodilladas, por la situación que sea, están dispuestas a lo que ellos digan”.

“Ha habido varias riñas”, dice Carolina. “Los policías ya no parecen servidores públicos: parecen guardias de seguridad privada de los negocios. Cobijan más a las venecas que a nosotras.

Mientras que los colombianos, ¿qué? Eso es injusto”, se queja. “¿Cómo es posible que digan ‘ruta de trabajo para los venezolanos’? ¿Qué es esa mierda? ¿Cuándo han dicho ruta de trabajo para los colombianos?”, vuelve y pregunta indignada Carolina. “¿Cuándo dicen ruta de salud pa’ las putas? ¡Nunca! “¿Por qué no piensan primero en cómo ayudarnos a nosotros?”.

Para Carolina, lo que pasa es que la Policía, según ella, encuentra a alguien que no conoce sus derechos y “se la montan”, dice. “Pero, digamos, cuando yo estoy les digo que hay una ley que nos cobija, está la Sentencia 594 que falló a favor de nosotras. Entonces, les explico que no nos podemos mover de acá, ¿por qué nos vamos a mover?”.

Carolina habla de la Sentencia T-594 de 2016, que afirma que “los trabajadores sexuales merecen una especial protección constitucional al ser un grupo tradicionalmente marginado y discriminado en razón a la actividad que ejercen, de la cual se derivan estereotipos negativos que los han invisibilizado y excluido de la sociedad y particularmente de la protección del derecho al trabajo”.

La sentencia, en su momento, también exhortaba al Ministerio de Trabajo para que elaborara “una propuesta de regulación sobre el trabajo sexual de acuerdo con los lineamientos establecidos en esta decisión, que priorice la adopción de medidas que protejan a quienes ejercen la prostitución legalmente y que cuente con la participación de sus representantes”. Hasta la fecha, el Ministerio del Trabajo no ha regulado el trabajo sexual.

Pollito interviene, después de un largo rato, y dice que comprende completamente la situación de las venezolanas, la difícil situación, pero ¿por qué a ellas sí se les está dando ciertos beneficios y garantías solo por ser migrantes? “¿Y por qué, si durante muchos años hemos luchado por esos derechos, no se nos han abierto esas puertas?”, se pregunta. “Entonces es también hacer un llamado al Estado, de que si van a dar ciertas garantías en términos de salud y trabajo, pues que sea equitativo. Porque aquí en Colombia también hay mujeres que tienen necesidades de muchos años atrás. Entonces, piensen en ellas también”, dice Pollito. Carolina la mira y retoma:

“Siendo ilusa, por mí, la solución es que se vayan todos los venecos. A esa gente hay que regularla de alguna manera. Créeme que si Colombia exigiera visa para el que entrara, el asunto sería otro. Pero aquí como entra cualquier gamín… y cómo te digo, remata Carolina, “las venecas han querido salir a trabajar en las calles. Pero pues… las hacemos sacar”.

Carolina sigue: “Si una veneca sale, se le dice que se quite, que en la calle no, que se vaya para un negocio, que se vayan como lo que son: la plaga que nos invadió. Ellas lo saben y creo que no tengo que ser más explícita diciendo qué pasa si no se quitan”.

Dudas III

¿No es acaso raro que la mayoría de putas sean mujeres? ¿Qué nos dice un mercado en el que la oferta de carne de mujer se reparte más del 96 % de la torta? ¿Qué quiere decir oferta de mujer? ¿Y cuál es la relación entre dinero, acceso y placer? ¿Qué quiere decir comprar servicios sexuales? ¿Quién los compra y cuál es la relación de todo esto con la disponibilidad y con el poder? ¿Qué significa, en últimas, que la prostitución sea un trabajo (y por cierto, en el estadio más bajo del del desarrollo industrial)? ¿Qué importa, al final, que unas tengan el pasaporte de un color y otras de otro?

Hotel

“Mi hija nació en Barrancabermeja, nació siendo colombiana y me la cobraron. Me cobraron tres millones de pesos porque la mamá, mi mujer, es venezolana. Entonces el hospital nos cobraba por el parto de la niña. Salomé, se llama Salomé mi hija”.

El que habla es Yimmy y mientras cuenta su historia, requisa a los clientes que entran al sitio.
Hace unos años, Yimmy tenía un bar en Cúcuta donde conoció a su mujer, pero tuvo que cerrarlo por razones del conflicto. Vacunas y amenazas. De ahí se fueron para Barrancabermeja y luego llegaron a Bogotá con su hija de dos años. “Nosotros pasamos de ser jefes a ser empleados”, dice él. Ahora trabaja junto a su mujer en un putiadero: él es bouncer y ella prostituta.

“Saber que tu mujer o tu novia está en esto y después llega a estar contigo no es fácil”, confiesa. “Pero también dice mucho de las personas como nosotros, que tenemos parejas que trabajan aquí adentro”, dice Yimmy, y señala al interior de la puerta, “dice mucho de nuestra forma de pensar […]. No todo el mundo es de mente abierta. Pero es duro”.

Yimmy dice que se levanta todos los días pensando que desde el fondo del corazón le quiere decir a su mujer que ya no más, que se salga de esto. Y que no quiere seguirla viendo trabajar más acá. Pero que sabe que no es posible. Que ella lo está haciendo, como él, por la plata. “Por la plata es que seguimos acá, hacemos esto por nuestra hija”, dice Yimmy. “Yo he llorado arriba estando solo porque me hace falta mi hija. La dejamos donde mi suegra y solo la podemos ver los lunes, en nuestro día de descanso. Nuestro objetivo es salir de todo esto. Reunir la plata y montar un negocito de comidas, volver a ser jefes. Volver a ser dueños”.

Él y su mujer viven en el ‘hotel’ del establecimiento. Como tantos que trabajan aquí. El hotel colinda con el putiadero y es exclusivo para trabajadoras del lugar. No hay precisamente un contrato laboral o de vivienda. Si las trabajadoras cumplen el turno del día, no se les cobra por la habitación. Si un día están cansadas y deciden no cumplir el turno, pagan 30 000 por la noche. “Como en cualquier hotel”, dice Dana, una de las trabajadoras que también vive allí.

¿Qué quiere decir oferta de mujer? ¿Y cuál es la relación de todo esto con la disponibilidad y con el poder? Foto: Andrés Torres

Dana es venezolana, está soltera y se vino hace un año para Colombia por razones económicas. “No se consigue efectivo”, dice ella. “Cuando Hugo Chávez estaba, sí había alimentos, medicina, lo normal. Cuando se murió y dejó a Maduro, todo se fue a la mierda. Mi familia era chavista. Incluso, votaron por Maduro, porque Chávez había dicho”.

Dana baila en el tubo de pole dance. “En Valledupar”, dice Dana, “veía a esas nenas bailando y haciendo plata, aunque me daba muchísima pena. Pero aprendí a bailar cuando estaba en Barrancabermeja. Y desde ahí bailo”. Bailar, dice ella, atrae más clientes. “Obvio: estar ahí desnuda bailándole a todo el mundo y todo el mundo viéndote da más exposición”.

“Para mí se hace muy difícil estar con desconocidos”, cuenta Dana. “Yo soy exquisita: no subo con borrachos ni con personas que vea muy mayores. Si veo a los tipos muy paila les digo que cobro 100. No me gusta que me hagan sexo oral. No me gusta que me besen los senos”, comenta. “No te puedo ser sincera sobre qué me gusta o no, porque a mí no me gusta estar con alguien que no quiero. Tener sexo con alguien desconocido es igual a nada; pero con alguien que me gusta, puaf, lo mejor del mundo”.

“Sí”, dice Yimmy, de vuelta en la entrada del establecimiento. “Cuando mi pareja está conmigo, yo sé que está conmigo. Sé que los otros tipos no significan nada para ella porque ellos son solo trabajo. Hay tipos que le ofrecen el cielo y las estrellas, pero al final de la noche ella está es conmigo y es conmigo con quien ella quiere estar”.

Yimmy dice que nunca en su vida tuvo que pagar por sexo.

―¿Y qué piensa de los hombres que pagan por sexo?
―Agüevados, ¿por qué no tienen la parla?

Al final de la escritura de reportaje, la Corte Constitucional debatía sobre cuál es el alcance de los gobiernos locales en la regulación de los burdeles en los distintos municipios del país. Algunos nombres propios fueron cambiados durante la escritura de este texto; texto que también contó con la reportería de Andrés M. Páramo, Carlos F. Leguizamón y Nathalia Guerrero. Asimismo, no se pudo corroborar si las enfermedades de transmisión sexual han aumentado con la llegada de migrantes venezolanos, ni tampoco determinar el número de riñas provocadas por razones de xenofobia.

No tuvimos respuesta del Ministerio del Trabajo, entidad encargada de regular el trabajo sexual en el país. A pesar de la buen voluntad de sus funcionarios, la tramitología impidió tener una declaración oficial de parte de la Secretaría de Gobierno de Bogotá y de la Secretaría de la Mujer.

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