Las Onna-Bugeisha, mujeres feudales samuráis, fueron borradas de la historia


Artículo publicado originalmente por Broadly Estados Unidos.

Era el otoño de 1868, y para los guerreros samurái del clan Aizu del norte de Japón, la batalla se avecinaba. A comienzos de ese mismo año, los samuráis de Satsuma habían organizado un golpe, derrocando al gobierno Shogunato y entregando el poder a un nuevo emperador: Mutsuhito de 15 años, quien no desperdició el tiempo en remplazar las formas feudales del reinado Tokugawa con un Estado moderno radical. Después de un largo verano de guerras, las fuerzas imperiales llegaron a las puertas del castillo Wakamatsu en octubre para disipar la resistencia, asediando al baluarte con 30.000 tropas. Más allá de sus paredes, 3,000 guerreros desafiantes se preparaban para la batalla final.

Mientras los Aizu peleaban valientemente desde las torres y las trincheras, la mayoría de las mujeres permanecían tras bambalinas, destinando sus energías a cocinar, vendar heridas, y extinguir las balas de cañón que golpeaban el castillo día y noche. Pero para Nakano Takeko una mujer guerrera onna-bugeisha, la primera línea de defensa era el único plan de acción. Takeko, quien se enfrentaba al poderoso arsenal del ejército imperial, lideró una unidad no oficial de 20 a 30 mujeres en el contraataque al enemigo, derribando al menos cinco oponentes con su espada naginata antes de recibir una bala fatal en su pecho. Con su último aliento, Takeko le pidió a su hermana que la decapitara, para que su cuerpo no fuera tomado como un trofeo. Fue enterrada bajo un árbol en el jardín del templo Aizu Bangmachi, donde ahora se levanta un monumento en su honor.

Una onna-bugeisha del siglo XIX. Vía Wikimedia Commons.

A lo largo de la historia, la mayoría de mujeres japonesas fueron objeto de rígidas expectativas sociales de matrimonio, domesticidad, y maternidad, pero también hubo mujeres guerreras como Takeko quienes eran conocidas por ser igual de fuertes, capaces, y valientes como sus contrapartes masculinas. Ellas pertenecían a la clase bushi, una clase noble de guerreros feudales japoneses, y ayudaron a colonizar nuevas tierras, defender su territorio, e incluso tenían un derecho legal para supervisar tierras como las jito (guardianes). Eran excepcionalmente habilidosas en el combate; entrenadas en el uso de la daga Kaiken, la naginata, las armas de asta, y el arte de peleas con cuchillos tantōjutsu. Siglos antes del aumento de la clase samurái en el siglo XII, estas mujeres peleaban en tiempos de guerra para proteger sus hogares, familias, y sentido profundo del honor.

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Después de la Restauración Meiji en 1868 —una nueva era de dominio imperial que defendió la modernización, industrialización, y Occidentalización— la clase samurái que ya una vez había protegido valientemente a la nación de caer del poder, y el legado de las igualmente temibles onna-bugeisha desapareció de vista. Mientras tanto, los occidentales reescribieron la historia de la cultura guerrera japonesa, pasando por alto las misiones heroicas de las onna-bugeisha y elevando, en cambio, representaciones exageradas de samuráis masculinos mujeres japonesas sumisas, vestidas con quimonos y estrechamente atadas con obi. De hecho, el historiador Stephen Turnbull dijo al respecto: “las hazañas de las guerreras femeninas son el más grande relato no contada de la historia samurái”.

Pintura de 1880 por Tsukioka Yoshitoshi de la Emperatriz Jingu invadiendo Corea. Vía Wikimedia Commons.

La historia de las onna-bugeisha, que significa literalmente “mujer guerrera”, puede remontarse hasta comienzos de 200 d.C., cuando la Emperatriz Jingū, después de la muerte de su esposo el Emperador Chūai, tomó el trono y lideró una invasión de Silla (la actual Corea). Mientras los académicos han especulado sobre la validez de Jingū como figura histórica, su leyenda es irreversible: se dice que Jingū, una temible guerrera samurái que desafió las normas sociales de su época, estaba embarazada del futuro emperador cuando vendó su cuerpo, se puso ropa de hombre, y salió a la batalla. La expedición fue exitosa, y a su regreso, se dice que la emperatriz sometió rebeliones y reinó por los siguientes 700 años hasta la edad de 100.

En los siglos V y VI —referida por algunos como la “Época de las Reinas”— Japón fue liderado por una sucesión de emperatrices poderosas, y para el siglo XII, Turnbull anota que la clase samurái —con su lealtad inquebrantable, espíritu marcial, y devoción de muerte honorable— estaban de nuevo en servicio, “empleados como guardias y ejércitos privados para la corte imperial”. Entre 1180 y 1185, los conflictos entre las dinastías rivales samuráis de Minamoto y Taira dieron lugar a una de las más famosas guerreras mujeres de la historia japonesa: Tomoe Gozen. Heike Monogatari, una crónica medieval de las Guerras Genpei, ofrece una descripción del personaje particularmente vívida: “Tomoe tenía cabello negro largo y una complexión justa, y su cara era muy encantadora”, relata el texto, “además era una jinete temeraria a quien ni el caballo más feroz ni la tierra más áspera podían afligir, y podía manejar la espada y el arco tan diestramente que era igual a mil guerreros”. Los talentos expertos de Gozen incluían tiro con arco, equitación, y el arte de la katana, una espada larga y tradicional samurái.

Tomoe Gozen por Tsukioka Yoshitoshi alrededor de 1875. Vía Wikimedia Commons.

Lo particularmente interesante acerca de Gozen es que era de las pocas guerreras femeninas que participó en batallas ofensivas, conocidas como onna-musha, en lugar del combate defensivo más común entre las guerreras onna-bugeisha tradicionales. En 1184, guió a 300 samuráis en una batalla feroz contra 2,000 guerreros oponentes del clan Tiara, y durante la Batalla de Awazu ese mismo año, exterminó a varios adversarios antes de decapitar al líder del clan Musashi y presentar su cabeza a su maestro, el General Kiso Yoshinaka. La reputación de Gozen era tan buena, que se dice que Yoshinaka la consideró la primera general verdadera de Japón.

A pesar del mínimo registro histórico escrito, evidencia arqueológica reciente sugiere que Gozen podría no haber sido una singularidad. la excavación de tres pilas de cabezas ha revelado una participación femenina significativa en batalla, dejando a la exclusión de las onna-bugeisha de los libros de historia con un alivio más grande. Por ejemplo, los exámenes de ADN de 105 cuerpos excavados de la Batalla de Senbon Matsubaru entre Takeda Katsuyori y Hojo Ujinao en 1580, revelaron que 35 de ellos eran mujeres. Según Turnbull, los detalles de la excavación confirman que es casi seguro que las guerreras mujeres estuvieron presentes en el campo de batalla.

Una esposa samurái onna-bugeisha con su naginata por Utagawa Kuniyoshi, alrededor de 1848. Vía Wikimedia Commons.

La llegada del período Edo a comienzos del siglo XVII trajo un gran cambio para el estatus de las mujeres en la sociedad japonesa. Durante estos años, la filosofía dominante Neoconfucianista y el creciente mercado marital proclamó un cambio radical para las onna-bugeisha, cuyo estatus como temibles guerreras estuvo en una posición difícil para el nuevo orden de paz, la estabilidad política, y la rígida convención social. La cultura guerrera temprana evolucionó en un nuevo código de conducta, conocido como bushido, que significa “la manera del guerrero”. Los hombres samuráis, una vez de estar preocupados con conflictos feroces, se convirtieron en burócratas del imperio, mientras se esperaba que las mujeres, especialmente las hijas de hombres nobles y generales, vivieran una vida de obediencia pasiva como esposas y madres devotas. Las onna-bugeisha, a quienes se les prohibió viajar y tener lugar en la batalla, se vieron a sí mismas enfrentadas a un tipo de autosacrificio completamente diferente.

El historiador Ellis Amdur afirma que una vez una mujer bushi de esa época se casaba, era obligatorio para ella llevar su naginata con ella para el hogar de su esposo, pero usarla únicamente para entrenamiento moral. Era un “emblema de su rol en la sociedad” y un símbolo de inculcar “las virtudes ideales necesarias para ser una esposa samurái”—fuerza, servilismo, y sobre todo, resistencia. “La práctica con la naginata“, continúa Amdur “significaba fusionarse con un espíritu de autosacrificio, conectar con los ideales sagrados de la clase guerrera”. Por lo tanto, el entrenamiento en artes marciales, significaba para una mujer practicar servidumbre hacia los hombres del hogar, y cultivar una vida ordenada, domesticada, y libre de las energías de la guerra.

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A pesar de la nueva era de burocracia, los mediados del siglo XVII marcaron algo como un renacimiento para las onna-bugeisha. El reinado del Shogunato Tokugawa trajo un enfoque renovado al entrenamiento de mujeres samuráis para el combate diestro, mientras que las escuelas inauguradas alrededor del imperio se enfocaron en el arte de la naginata como método para el entrenamiento moral. Durante este período, las mujeres también aprendieron a proteger sus aldeas con un nuevo grado de independencia, alejando a las amenazas por sí mismas como lo habían hecho siglos atrás. Para la época de las últimas batallas entre el reinante clan Tokugawa y las fuerzas imperiales a finales del siglo XIX, se había creado un cuerpo especial femenino conocido como Jōshitai, gobernado por nadie más que la onna-bugeisha Nakano Takeko. Después de un asedio amargo, asaltaron a las fuerzas imperiales con los samuráis Aizu, proporcionando un muy necesitado refuerzo al Castillo Wakamatsu.

La Batalla de Aizu es ampliamente considerada como la última batalla de las onna-bugeisha, aunque su legado vive hoy en formas pequeñas, pero significativas. Todos los años, durante el Festival de otoño Aizu, las niñas japonesas realizan una procesión para honrar la memoria de Nakano Takeko y su ejército de mujeres, mientras que las heroicas hazañas de la Emperatriz Jingū, la primera mujer en ser puesta en un billete japonés (en 1881), continúa siendo una gran causa de orgullo nacional. Quizás el tributo más grande a la fuerza y valentía excepcionales de las onna-bugeisha proviene de la épica histórica Heike Monogatari, cuya representación de la venerada guerrera Tomoe Gozen dice: “Ella era una guerrera que valía por mil, lista para enfrentar a un demonio o a un dios, a caballo o a pie”.

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