Una noche con: una pareja de vaqueros gays en la Ciudad de México


Preámbulo: “Me dijo ven, ven, ven; animalito ven”.

Desde el balcón donde trabajo como DJ, la vista de la pista de baile del Marrakech Salón es privilegiada. Con 10 años de trabajo en esta gloriosa cantina homosexual, he visto de todo: cómo los jóvenes y los no tanto se agarran a madrazos en el slam mientras suena “La Carencia” de Panteón Rococó; parejas crearse, romper y reconciliarse al ritmo de alguna balada romántica, strippers sacarse el miembro y bambolearlo frente a los rostros de los asistentes como si les estuvieran ofreciendo una hostia consagrada. El cuerpo de Cristo: Amén.

Una noche en particular me cambió para siempre. Acostumbrado como estoy a programar sets eclécticos que lo mismo incluyen a Blondie que cumbias sonideras, esa ocasión la fiesta estaba desarrollándose con el ánimo de una boda de clase popular. Mi mero mole, como decimos en mi pueblo. Ya había puesto “La víbora de la mar”, “La Macarena”, “El Venado”, “Juana la Cubana” y “Aserejé”. Sólo faltaba, para terminar de recrear el ambiente de boda mexicana, una joya en la corona: “No rompas mi corazón”, de Caballo Dorado.

Apenas sonaron las primeras notas de la canción, un grupo de vaqueros saltaron a la pista y se adueñaron de ella. Sus pasos no eran los básicos que todos conocemos. Ponían saltos y giros adicionales, señoreaban con el sombrero y se agarraban el cinto sin perder la compostura ni la sonrisa. Sabían lo que hacían perfectamente y fascinado, el público les hacía rueda.

No podía dejar que se fueran de mi vista. El resto de la noche puse muchas otras canciones para que se dieran gusto: “La Puerta Negra” de los Tigres del Norte, “Ay, Papacito” de Grupo Límite y “No bailes de caballito” de Mi Banda el Mexicano. Los vaqueros se adueñaban de la pista cada que algo remotamente norteño sonaba. Así los mantuve hasta que terminé de trabajar y al fin pude abordarlos. “Vamos a seguirla, ¿vienes?”, me preguntaron. Sin oponer resistencia, me dejé llevar. Como en la canción de “Payaso de Rodeo” en la que se corea “me dijo ven, ven, ven; animalito ven”, yo, como un animalito domesticado, obedecí y fui. Así fue como aquella noche, gracias a una afortunada coincidencia, conocí La Malagueña.

12:00 “El viejo del sombrerón, ese viejo sí la mueve”

Entrar a La Malagueña es descubrir un mundo alterno que pocos tienen la fortuna de conocer. La que de día es una tienda de artículos para vaqueros ubicada en el número 10 del Eje Central Lázaro Cárdenas, de noche se transforma en un lugar donde los hombres ataviados con texanas, botas picudas, cintos piteados y camisas de cuadros, vienen a bailar “de a cartoncito de chela” no con otras mujeres, sino con otros hombres.

El decir que es como una dimensión alternativa no es gratuito: aquí todo parece estar subvertido. Mientras en el resto de los antros gay de la Ciudad de México quienes triunfan son los más jóvenes, los más acuerpados y los que mejor posan, aquí esos códigos no sirven para nada. Las cabezas que no tienen sombreros dejan ver sin pudor sus brillantes calvas, apenas matizadas por algunas hebras de pelo cano. ¿Cuerpos acinturados? ¿Qué es eso? Aquí las panzas se relajan, y algunas se asoman entre los botones de las camisas de estos vaqueros urbanos.

Por demás está decir que tampoco la pedantería tiene cabida en este congal: son dos plantas de puro sabor latino, donde los que se llevan las palmas, los gritos y las miradas son aquellos que saben pulir mejor la pista de baile al ritmo de la oferta musical. El DJ, también ataviado con la camisa y sombrero de rigor, comienza a poner el ritmo en esta noche: ‘El viejo del sombrerón’ de la Sonora Dinamita parece ser un himno a todos estos compas sombrerudos que en su mayoría ya no son jóvenes ni les interesa serlo.

Las primeras notas de esta canción arrancan de sus asientos a algunas poquitas parejas. Sólo los más aventados se deciden a abrir pista mientras en las bocinas suena:

“Va de largo, se regresa si me encuentra parada en la puerta
Me lanza un piropo y me toca el pito.
¡Pi-pi-pi!, es a cada ratito que pasa el viejito y me toca el pito
¡Pi-pi-pi!, ¡siempre vivo pendiente!,
¡Pi-pi!, ¡cuando el viejo me toca!,
¡Pi-pi-pi! ya me tiene amañada con el pi-pi, con el pi-pi, con el pi-pi…”

Los que no bailan ríen desde sus mesas, ante la picardía y el albur que se desprenden de la letra de este cumbión. Acalorado de tanto baile, un vaquero pachoncito improvisa un abanico con el plato de las botanas y se echa aire. Para refrescarse comienzan a llegar las chelas, traídas por los meseros, vestidos también de vaqueros. ¡Que’sto, que l’otro: salud!

1:00: “Y me solté el cabello y me vestí de reina”

A la una de la mañana ya comienza a prenderse la fiesta. Hasta los más reticentes ya pasaron al menos una vez por la pista, como quien tiene que hacer una parada obligada al menos una vez durante la parranda. Entre las mesas pasa una chica ofreciendo rosas sin mucho éxito. N’hombre, cómo le voy a regalar una rosa a mi compadre. O sea, sí venimos juntos y de repente nos besamos, pero somos machos.

De repente, en los altoparlantes suena la voz del maestro de ceremonias: “Bienvenidos a su lugar favorito del Centro, La Malagueña Bar. Esta noche tenemos el honor de traer para ustedes el show de una regia que todos conocemos: ¡Gloria Trevi!”. Y es así como una imitadora de la artista del “pelo suelto”, ataviada con medias rotas y con mascadas que le cuelgan de los brazos, hace un playback de “Soledad” y “Con los ojos cerrados”. Con la misma actitud desafiante de la Gloria original, arrastra a un “chacal” hacia la pista, le quita la camisa y a cambio recibe atronadores aplausos del público.

El momento cúspide de su actuación es también el cierre: hace un lipsync de “Todos me miran”, una de las canciones más emblemáticas del pop gay en español de los últimos años:

“Y me solté el cabello, me vestí de reina,
Me puse tacones, me pinté y era bella,
Y caminé hacia puerta y te escuché gritarme
Pero tus cadenas ya no pueden pararme.
Y miré la noche y ya no era oscura era de lentejuelas”.

Por primera vez, a algunos vaqueros se les mira jotear. La figura del vaquero machín, de una sola pieza, se metamorfosea en la “vaquerobvia”, como le llaman en el slang local a los vaqueros afeminados. Y qué bueno: porque se les ve más alegres y risueños, más libres y felices. Algunos, sin querer queriendo, le hacen honor al conocido refrán: “entre más picuda la bota, más pasiva la jota”. Y pues qué rico.

2:00 “Ese botecito, si no se mueve se oxida”

¿Dónde quedaron los vaqueros indecisos de bailar de cuando iniciaba la noche? ¡Acá la parranda está a todo lo que da! Al ritmo de ‘La Chona’, ‘Cahuates [sic], pistaches’, ‘La Culebra’ y ‘El botecito’, estos cowboys del asfalto ya están dándolo todo. ¡Porque claro, ese botecito si no lo mueves se oxida! Entonces el DJ se toma una pausa, porque llega un grupo de música en vivo y comienza a interpretar algunas canciones para comenzar el romanceo y el ligue.

En este mundo inverso, una pareja heterosexual extraviada se integra a la pista de baile, aunque nadie se escandaliza ni los malmira. En un ejemplo de inclusión, los heteros encuentran un lugar en esta pista que claramente no está pensada para ellos. Pero no importa, porque los vaqueros están en lo suyo: hebilla con hebilla y bigote con bigote, bailan ‘Caminos de Michoacán’ y ‘La vida no vale nada’.

Las cumbias vuelven a aparecer en la fiesta. Apenas suenan los primeros acordes de ‘Conga y Timbal’ de Yaguarú y la pista ya está totalmente abarrotada. Agotados, sudados, contentotes, los danzantes apenas tienen tiempo de recuperar el aliento cuando ya llegó otro rolón, por fortuna, este un poco más lento: ‘Tiene espinas el rosal’. Y como invocada por un hechizo, la chica de las rosas hace su aparición otra vez. En esta ocasión sí vende algunas. Las ataduras quedaron atrás. Quién sabe si hayan sido las cumbias románticas, las rancheras dolidas o las cervezas que ya hicieron su efecto: el chiste es que aquí se cayeron las imposturas y los hombres ya se permiten regalarse flores entre ellos.

3:00 “Hazme amor, el amor, que la noche es fría”

Entre las 3 y las 4 de la mañana, un rostro familiar regresa partiendo plaza. La que hace unas horas encuerara a un mayate con toda irreverencia, ahora viene enfundada en lentejuelas azules e ínfulas de señorona. La misma imitadora, por medio del arte del maquillaje y el “hechizo” (no por nada se les llama transformistas) ahora es Rocío Banquells.

Y ahora sí, el gallinero está más que alborotado. Para abrir boca interpreta ‘Abrázame’, mientras los vaqueros, ya entonados, se abrazan entre ellos y, como quien no quiere la cosa, también se besan mientras se cantan los unos a los otros: “hazme amor, el amor, que la noche es fría”. Más que experta en encarnar a su personaje, Rocío cautiva al respetable mientras canta —o al menos eso aparenta— ‘Ese hombre no se toca’. Y cuando al fin se retira de la pista, todos ya están tan encandilados que no pueden faltar los gritos de “otra, otra”.

Por supuesto, ya lo esperaba, porque tiene un as bajo la manga: ‘Luna Mágica’. Aquí los vaqueros ya están más que entonados y dejando salir a la señora que todos llevamos dentro corean a una sola voz “ fue sólo sexo dile Luna, que lo quiero sólo a él. Tú, Luna mágica…”.

Y aunque en el techo de La Malagueña no se ve ninguna luna, sino puro y festivo papel picado, eso no importa: aquí el astro nocturno ya hizo de las suyas. Nadie se transformó en hombre lobo, pero sí se reblandeció el clóset de los afectos y se cayó a pedazos. Los compadres ya se besan, se agarran de las manos y se prodigan todo ese afecto tiernísimo que sólo puede darse entre dos hombres. Ya comienzan a sonar las “calmadas” y las barbas rasposas se frotan en los bailes de cachetito.

El fin de la pachanga se avecina. Los amigos cantan y ríen, las parejitas se comen la boca y se hacen cariños. A lo mejor algunos de los vaqueros que aquí se miran con dulzura y entrelazan sus manos tendrán suerte, y terminarán abrazados entre las sábanas mientras se cantan mirándose a los ojos: “hazme amor, el amor, que la noche es fría”.

@PaveloRockstar

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