“The Haunting of Hill House”: la peor pesadilla es lidiar con tu propia familia


Artículo publicado por VICE Colombia.


Lo primero que impactó a Shirley Jackson cuando leyó los relatos de varios investigadores paranormales sobre una casa embrujada en el siglo XIX no fueron sus supuestos hallazgos paranormales. Lo que más le sorprendió fue la manera como el relato revelaba las voluntades, ambiciones y los historiales de cada uno de los investigadores.

De esa lectura, y de esa impresión, surgió The Haunting of Hill House, una novela de terror escrita por Jackson y uno de los referentes de la literatura de terror. La novela, publicada en 1959, cuenta cómo cuatro personas —Theodora, Eleanor, Luke y el Dr. Montague— se internan en una casa que creen embrujada y cuyo espanto, de a poco, parece tener que ver más con traumas psicológicos que con eventos paranormales.

Y de esa novela surgió la serie The Haunting of Hill House, una serie de Netflix dirigida por Mike Flanagan —director de Gerald’s Game— que se inspiró por los lados en la novela de Shirley Jackson. De la novela, la serie conservó la mansión, algunos de los eventos extraños que le pasan a los personajes y a algunos de los personajes que además emparentó en una sola familia. El resto es una creación propia.

The Haunting of Hill House, la serie, cuenta la llegada de una familia a una casa embrujada —la mansión Hill, bautizada así por el apellido de sus dueños iniciales—. La serie narra las consecuencias que sufren dos padres y sus cinco hijos por vivir en ese lugar en dos líneas de tiempo: por un lado están los siete viviendo en la mansión, por el otro ya han pasado 25 años y cada uno vive una vida más o menos apartada de los demás.

En el corazón de la serie está el género del terror con todos sus elementos: los movimientos lentos de cámara, los pasillos largos, los jump scares, la oscuridad de las luces que se van y de las linternas que se apagan, las sombras, los niños que parecen hablar solos, las manijas de las puertas que se mueven y los golpes en las paredes. De hecho, según el mismo Flanagan, todo el propósito de la serie era lograr alargar al máximo la tensión que produce una película de terror de hora y media y extender las posibilidades del terror. Y lo logra: de repente la tensión —e incluso el sufrimiento— que puede provocar una película de terror, The Haunting of Hill House lo expande durante unas 10 horas de trama y sugestiones. No en vano muchos de los que empiezan a verla tienen que dejar de hacerlo o bajarle el ritmo a la velocidad con la que engullen los capítulos.

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Imagen cortesía de Netflix.

En el sexto capítulo la amalgama entre drama y terror en Hill House llega al clímax: por primera vez después de años la familia se reúne convocada por una muerte reciente. En medio de un funeral empiezan a salir los rencores y dolores amasados por años y que salen en diálogos largos propios de un ritmo teatral. El terror se mueve alrededor del drama que se desarrolla en el centro: en apariciones que miran desde las márgenes a los personajes, en luces que se apagan y en ruidos que parecen producto del tormento de la familia fragmentada.

Y para rematar el capítulo —que es probablemente el mejor de toda la serie— todo está hecho en cinco planos secuencia que juntos suman los 56 minutos que dura el episodio. Uno de los más largos, de casi 20 minutos, incluso mezcla las dos líneas de tiempo al llevar a uno de los personajes de una casa a otra, sin interrumpir la toma, y retroceder 20 años en una escena planeada y coreografiada meticulosamente.

Para los junkies del terror, The Hunting of Hill House es una obligación. La serie no solo acude, y muy bien, a todos los recursos del género, sino que además premia al espectador cuidadoso —en casi todos los capítulos hay fantasmas escondidos al fondo de lo que pasa en primer plano—.

Para los que usualmente se cagan cada vez que ven tres segundos de una película de terror —como yo— es una serie que premia todo el sufrimiento con una decoración e iluminación cuidadosamente armadas y con una historia que no se descuida ante el afán de provocar miedo. Pocos productos del género son capaces de crear metáforas sobre la pérdida y la angustia parental de dejar crecer a los hijos, de conmover —un eufemismo para decir que lloré— y de pegar sustos taquicárdicos al mismo tiempo.

Solo una recomendación final: los últimos seis minutos de la serie —del capítulo final—, son totalmente prescindibles. Es decir, si quiere conservar la serie en su ranking de series de calidad, omita esos seis minutos. Es más, por favor no los vea. Y si los ve, cuando vea su cara de confusión reflejada en la pantalla negra al ritmo de country, acuérdese de que se le advirtió.

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