¿Volvimos a los años 30?


Artículo publicado por VICE Colombia.


Resulta muy difícil hacer un diagnóstico claro que nos permita entender el auge de los partidos de ultraderecha a nivel mundial.

Los escenarios políticos son muy diversos y los malestares sociales que propician su irrupción muy distintos entre sí. Pero a pesar de estas diferentes coyunturas, sería un grave error no hacer el esfuerzo por encontrar ciertos hilos subterráneos que nos ayuden a entender la existencia de unos aires de familia de carácter epocal que conectan fenómenos tan dispares como el éxito del Brexit en Reino Unido o el triunfo de Bolsonaro en Brasil.

Una de las respuestas fáciles que suele repetirse hasta el cansancio consiste en decir que la ultraderecha consigue adhesiones porque apela a las pasiones y es capaz de poner en movimiento la sensibilidad de las personas. Incluso suele identificarse este recurso con el autoritarismo y la manipulación de las masas. Sin embargo, este razonamiento esconde una trampa y es la de creer que apelar a las pasiones y sentimientos sería algo malo per se. Como si la buena política fuese aquella que solamente apela a nuestra dimensión racional. De ahí todas las confusiones por las cuales se mezclan los populismos de derecha con los de izquierda y se encienden todas las luces de alarma cuando una fuerza popular sale a la existencia.

A partir de lo dicho, me parece que la primera tarea es comprender que todo proyecto político apela a las pasiones y los afectos de las personas. Y que eso no es peligroso en sí mismo. Por el contrario, es bueno que la política organice las emociones y construya un sentido común entre los ciudadanos. El peligro está cuando ese sentido común apunta a políticas xenófobas, racistas y antifeministas. Es decir, cuando se busca crear mecanismos de odio y exclusión para mantener unidas a las personas.

En ese sentido, el problema de la ultraderecha no es que apele a los afectos de las personas, sino que los use a costa de los sectores populares que quedan excluidos.

Alrededor de estos temas ha surgido un debate acerca de si llamar o no fascistas a estas fuerzas políticas emergentes. Algunos consideran que sí e identifican esta época con el ascenso de Hitler o Mussolini a principios del siglo pasado. Como si viviéramos en una especie de rueda de la historia que ha vuelto al mismo punto de partida. Otros, en cambio, prefieren distanciarse de esta hipótesis y sostienen que se trataría de una forma política completamente completamente nueva —sobre todo si tenemos en cuenta el papel de los big data—. Más aún, insisten en que si seguimos usando el término fascismo perderíamos de vista los elementos singulares que organizan estas fuerzas políticas de ultraderecha.

La verdad que no tengo una respuesta clara sobre este punto, pero me parece que el problema quizá está en la forma de la disyuntiva. Es decir, en creer que o bien debemos hablar del fascismo o bien pensar que se trata de algo completamente nuevo. Creo que es en la reiteración de una fuerza estética del pasado —que juega en los registros religiosos de la sensibilidad— donde se está abriendo paso a algo completamente nuevo. Y posiblemente el desafío actual consiste en detenernos a pensar ese “entre” que diferencia y acerca a la vez el pasado con el presente. Considero que así estaremos en mejores condiciones para poder comprender qué tipo de poder se está engendrando y cómo las fuerzas arquetípicas que nos constituyen reaparecen de otra manera.

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