La historia de las brujas negras (y esclavas) de Cartagena


Artículo publicado por VICE Colombia.


El 13 de marzo de 1622, ocho personas se presentaron en la Plaza Mayor de Cartagena de Indias para ser procesadas por el Tribunal de la Inquisición: un portugués, acusado de “judeizar” a otros, un sevillano, señalado de tener doble matrimonio, un inglés protestante, una negra “horra” —antes esclava, ahora libre— procesada por hechicería y cuatro esclavas negras sentenciadas por brujería. (Un grupo que sintetizaba todos los temores de la iglesia católica y de la corona española).

Las acusadas de brujería eran cuatro mujeres negras: Leonor, Guiomar, Polonía y María Linda. Todas esclavas africanas y todas sometidas al trabajo forzado en las minas de oro de Zaragoza, en Antioquia. Ese día, el 13 de marzo, fueron presentadas públicamente como brujas después de años de interrogatorios y de torturas que concluyeron cuando las cuatro mujeres dijeron que sí, que eran brujas, que se reunían con el diablo, que habían matado niños y que habían ocasionado la muerte de algunos de sus esclavistas.

Leonor fue la primera en ser acusada. En 1618, Francisco de Santiago, uno de los propietarios de las minas, mandó a llamar a Leonor, una de sus esclavas, porque sospechaba que podía ser una bruja. A su llegada, el hermano de Francisco de Santiago la amarró a un árbol y la azotó hasta que ella, según contaría después él mismo ante el Santo Oficio, confesó que sí era una bruja y que con la ayuda de otra esclava negra, también bruja, llamada Guiomar, le había ·hecho mal” a una tercera negra esclava atrapando su alma en un trapo.

En noviembre de ese año, Francisco de Santiago acusó ante un oficial de la Inquisición a Leonor y a Guiomar de ser brujas y de haber estado causando todo tipo de males en su ranchería. Declaró que las había interrogado a ambas varias veces y que, gracias a esos interrogatorios, había descubierto que ellas no eran las únicas brujas, sino que su ranchería estaba llena de mujeres capaces de cambiar de rostro a voluntad y esconderse de él.

“·El régimen esclavista de visibilidad no conseguía localizarlas, identificarlas, ni tampoco reconocerlas. Estas brujas miraban al ‘señor’ sin que él pudiera verlas”, dice Dairo Sánchez en La bruja como alteridad abismal del poder esclavista, un artículo académico que detalla el caso de estas cuatro mujeres negras. Según Sánchez, la figura de la bruja esclava negra y todo lo que Francisco de Santiago, y eventualmente el Tribunal de la Inquisición, decía sobre las acusadas revelaba el pavor de la Colonia y del régimen esclavista a lo que se opusiera a su orden: miedo al poder de las clases dominadas, temor a la insurrección, aversión a las prácticas sexuales distintas, terror a que el amo pasara a estar en manos de los dominados y a que los esclavos pudieran escaparse de la mirada vigilante del poder.

Leonor sería la única de las cuatro acusadas que confesaría sin resistencia todo lo que los oficiales de Zaragoza esperaban escuchar de ella: entre enero y abril de 1619 pasaría por tres audiencias en las que diría haber provocado la muerte de varios esclavos negros y acusaría a otras tres esclavas de brujería. Eventualmente, ante sus declaraciones, el caso fue llevado al Tribunal de Cartagena donde Leonor, y las otras tres mujeres, encontrarían la segunda parte de las torturas y su eventual condena.

En Cartagena, Leonor contó que había llegado a Santa Marta siendo una niña y que en esa ciudad había parido cuatro veces antes de ser vendida a Francisco de Santiago y trasladada a Zaragoza. Ante las acusaciones, dijo que era bruja hace 20 años cuando Guiomar la había iniciado, que junto a ella había asesinado a algunos de los amos que habían tenido y que las habían maltratado; y que con frecuencia asistían a “juntas de brujas”, reuniones en las que bailaban con el diablo y tenían sexo anal con él, un espacio en donde, según Sánchez, “ciertamente la soberanía hispánica y la fe cristiana se encontraban irremediablemente ausentes”.

El terror del poder católico.

En el relato de Leonor y las posteriores confesiones de las otras tres mujeres había un énfasis especial en las prácticas sexuales que supuestamente practicaban con el diablo y con otras brujas y brujos: poligamia, sexo anal, bisexualidad, lesbianismo y todas las otras prácticas que hoy siguen aterrorizando a la iglesia apostólica y romana. El hecho de que en algún lugar de las montañas colombianas, lejos del acceso de los españoles, existiera la posibilidad de relaciones sexuales hedonistas, sin propósito reproductivo, era la encarnación de la aberración para la iglesia. Las brujas y sus prácticas retaban todo el orden impuesto por la colonia y los esclavistas.

Ante la confesión de Leonor, que se ajustaba totalmente al imaginario de la iglesia católica sobre el diablo y los ritos de brujería, las otras tres mujeres fueron llamadas a audiencia en Cartagena. A diferencia de Leonor, todas se resistieron a las acusaciones, hasta que una a una fueron reproduciendo el mismo relato de Leonor: Guiomar lo hizo después de que le leyeran lo que de ella había dicho Leonor; Polonía lo hizo después de ser torturada hasta desmayarse en el “potro” —un dispositivo que estiraba las extremidades hasta causar desmembramiento—; y Maria Linda lo hizo después de que un “letrado” —un mediador del Tribunal— le aconsejara que lo mejor era declararse bruja.

En cada una de sus confesiones, y torturas, muchas otras esclavas negras eran acusadas de brujería, a veces en cantidades inverosímiles. Al final de sus audiencias, las cuatro terminaron confesando la misma historia: que alguna otra esclava negra las había iniciado en la brujería, que habían tenido un ritual de iniciación en las montañas donde besaban al diablo en la cola, bailaban con él para luego ser penetradas por él “por detrás”, que los brujos y brujas en esas reuniones se transformaban en animales y que consumían alimentos propios de sus culturas africanas.

“Los esclavos confesaban lo que las autoridades querían escuchar y cuando esto no se conseguía se apretaban los cordeles del potro”, dice Maria Cristina Navarrete en su libro Génesis y desarrollo de la esclavitud en Colombia siglos XVI y XVII. Según Navarrete, hay una tradición de historiadores que creen que prácticas como las de las “juntas”, o aquelarres, fueron elaboraciones de la Inquisición que se imponían en el tribunal a los acusados y que terminaban ajustándose a los supuestos de la iglesia.

Eso explica el hecho de que Negro Cosme, un esclavo que fue acusado de brujería junto a las otras mujeres, fuera exonerado —después de ser torturado en el potro— porque sus palabras no se ajustaban al discurso de la Inquisición, “su caso operó como una prueba contrafáctica: las brujas debían ser mujeres”, dice Sánchez en su artículo.

Entre 1610 y 1636 hubo un total de 28 personas acusadas de brujería en el Tribunal de Cartagena, solo dos de ellas fueron hombres. El número es ínfimo ante el número de mujeres acusadas de brujería y sentenciadas en países europeos y en Norteamérica, pero es alto para el estándar suramericano: Cartagena fue el tribunal del continente en el que se procesaron más personas por causas supersticiosas.

Según Brujas e inquisidores en la América Colonial, de Juan Blázquez, de los 584 casos que se juzgaron en tribunales suramericanos, más de la mitad se realizaron en Cartagena, una ciudad que durante muchos años fue el puerto más grande del continente en el que se recibían y redistribuían esclavos. “Las sentencias, por lo general, no fueron duras —dice el mismo texto— y no son comparables en modo alguno con las de las justicias civiles europeas, que no eran remisas en enviar a la hoguera a cuantas supuestas brujas caían en sus manos”.

Y de hecho, a diferencia de muchas mujeres acusadas de ser brujas, como las icónicas de Salem, el destino de Leonor, de Guiomar, de Polanía y de María Linda no fue la hoguera, sino una sentencia de por vida a la cárcel o a trabajar en hospitales al servicio de los enfermos. No sin antes, claro, haber sido señaladas públicamente como brujas en la Plaza Mayor de Cartagena el 13 de marzo de 1622.

Ellas cuatro fueron las únicas mujeres negras esclavas acusadas de brujería en Colombia de los que la historia ha guardado un registro más o menos detallado. También son los únicos cuatro casos en los que se condensó simbólicamente la insurgencia al orden patriarcal y católico impuesto en Colombia: cuerpos femeninos con poder, con habilidades para someter a sus esclavistas, que acudían a prácticas sexuales libres y desenfrenadas, poligámicas, bisexuales y lésbicas. Mujeres negras libres que no pedían permiso al poder masculino de la iglesia católica para comer, tirar, curar ni bailar.

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