Zombis marinos: el delirio sexual de los gusano devoradores de huesos


En la oscuridad perpetua de las profundidades oceánicas la vida obedece otros parámetros. Miles de metros por debajo de la superficie, la evolución ha tenido más tiempo para jugar con las posibilidades de la zoología, distorsionándolas a lo largo de los siglos hasta conducirlas hacia maquinaciones insospechadas: peces bioluminiscentes, calamares que cazan en manada, medusas gigantes; taxonomías ambiguas que ponen en manifiesto que, en lo que a criaturas marinas respecta, nuestras preconcepciones marcadamente terrestres hacia la biología se quedan cortas.

Y para quien dude de ello, pongamos a consideración el caso de los gusanos del género Osedax, conocidos también como gusanos zombis por sus aficiones alimentarias, que secretan ácido corrosivo por sus raíces filamentosas y que profesan quizás el modo de reproducción más inaudito de todo el reino animal.

El catálogo de zombis en el mundo natural es extenso —aclaremos: zombi* no en alusión al carácter del muerto viviente que suele asociarse con el término, sino en relación a la preferencia gastronómica: una inclinación patente hacia la necrofagia o, si se prefiere, a saciar el hambre deglutiendo cadáveres—. Carroñeros que se abalanzan sobre los despojos ajenos con fervor. Depredadores tortuosos que no muestran reservas en engullir carne tumefacta, tejidos rancios y vísceras en descomposición. En el reino de los come muertos la solemnidad no existe y la paciencia es gratificada con la única certeza que opera de igual manera para todos los seres vivos, o dicho de forma más filosófica, que es condición irreductible del don de vida: la finitud.

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¿O acaso no se perfila como premisa de novela ficción el hecho de que los machos sean microscópicos? Si aún quedaran dudas, ¿qué tal el rasgo de que habiten a la manera de endoparásitos en el interior de las hembras, con cada gusana albergando una comunidad de hasta cien diminutos machos en el microbioma de sus adentros?

Me siento inclinado a decir más cosas sobre estos pequeños liliputienses, quizás formular un par de comparaciones con nuestras propias relaciones —hay que confesar que el material se presta a la sátira y el humor— pero la verdad es que sería un desperdicio. Ante fenómenos biológicos de esta índole no son necesarias las metáforas. Las implicaciones evolutivas son tan disparatadas, que se acaba el lenguaje. Los humanos jamás comprenderemos lo que significa realmente habitar dentro del otro. Que un miembro de la pareja esté reducido a rumear perenemente los intersticios celulares de su consorte.

Quedémonos pues con que los diminutos machos nunca superan la etapa larvaria y que desde los harems que conforman en el interior de las hembras lo único que atinan a hacer es aportar los espermatozoides necesarios para fecundar los huevos y perpetuar la especie. Parasitismo sexual llevado hasta sus últimas consecuencias.

*Por si fuera de interés, el término y concepto de zombi proviene del vudú, en específico de la figura de un muerto resucitado por un hechicero para convertirlo en esclavo. Se deriva de “Zonbi” del criollo haitiano que a su vez encuentra raíces etimológicas en distintos términos africanos.

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