Trabajar en una tienda de ropa me hizo odiar a la humanidad


Artículo publicado originalmente por VICE Alemania.

“Disculpa”, dije, “solo puede haber una persona en el vestidor”. La jovencita me miró desafiante mientras su novio solo se sonrojaba. Ella me contestó: “¿Estás celosa porque tengo novio?”.

Unas cuantas horas después, otra cliente rasgó un vestido desde el gancho mientras exigía saber si lo teníamos en otra talla. Después de responderle que no lo tiró al piso y salió sin decir una palabra más. Le pedí que lo volviera a colgar y me respondió: “Ahí lo encontré”.

Más tarde ese mismo día un tipo me gritó por mover una bolsa que él había dejado en el piso olvidada. Intenté explicarle que alguien podría haberla robado si no la hubiese llevado a objetos perdidos, pero él solo me gritó, diciendo que no necesitaba un “sermón de una cajera”.

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Días como esos fueron muy comunes durante los cuatro años que trabajé en tiendas minoristas de dos grandes cadenas de moda. Pero realmente no hace la diferencia si estás vendiendo ropa, café, condones, brócoli o vacunas; todo es igual. Lo odiaba, y renuncié desde entonces.

Hace poco me reuní con dos viejas colegas —que ahora odian a la humanidad tanto como yo— para poder compartir nuestras peores experiencias como vendedoras. Anna y Miriam siguen trabajando en tiendas, así que cambié sus nombres para proteger sus trabajos. Y mi nombre no es Juli; tuve que firmar un acuerdo de confidencialidad cuando trabaje para esos fosos infernales.

Ein Kind weint, eine Hand holt zur Backpfeife aus

Los agresivos

Juli: Odiaba preguntarles a los clientes si querían pagar por una bolsa, pero no tenía alternativa. Muchos decían automáticamente que no y luego miraban sorprendidos cuando les pasaba sus compras sin bolsa. Eso fue exactamente lo que pasó con un tipo que se paró frente a mí, enojado, preguntando dónde se suponía que guardara sus cosas. Cuando le repetí que la bolsa costaba 15 centavos, enloqueció. me tiró unas monedas en la cara y me gritó: “¡Ahora dame mi maldita bolsa!”. Había ido demasiado lejos, así que lo hice echar.

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Anna: Un niño estaba gritando en la tienda. Su madre lo había dejado ahí, gritando. Volvió unos minutos después y le pegó. Llamé a la oficina y pregunté si debíamos llamar a la policía. Desafortunadamente se dio cuenta y salió de la tienda.

Miriam: Una cliente dejó un vestidor hecho un desastre. Me sentía valiente, así que le pedí que colgara de vuelta todas las prendas. Se puso muy molesta y dijo que solo le pedía hacer eso porque era negra. Le respondí que su color de piel era irrelevante, pero en ese momento me lanzó un suéter a la cara. Antes de poder reaccionar, me lanzó todo lo del vestidor y salió corriendo.

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