‘¿Eres calva por decisión propia?’


Artículo publicado originalmente por TONIC Estados Unidos.

En mis primeros años de universidad en la Nueva York rural, pasé mis fines de semana de la misma manera que muchos estudiantes universitarios: trabajando por un salario mínimo para pagar mis cuentas. Había decidido servir lattes y postres en el Dunkin’ Donuts de mi barrio y después de unos cuantos meses trabajando allí mis interacciones con los clientes dejaron de sorprenderme. Sin embargo, hubo un intercambio que me inquietó; una pregunta sincera de una mis clientes regulares, una mujer de unos 40 años con ojos amables y una sonrisa amigable: “¿Eres calva por decisión propia?”.

Eran las 7:00AM de una sábado y yo estaba medio dormida todavía por haber salido de fiesta la noche anterior con mis amigos, pero la pregunta hizo que me despertara de inmediato. Mi mente empezó a correr: ¿Acaso la mujer buscaba una respuesta rápida y graciosa de porqué era una punk queer? ¿O preguntaba porque genuinamente quería saber la verdad detrás de mi cabeza rapada?

Era una simple pregunta, pero yo no tenía una respuesta simple. Tampoco le debía una, así que sonreí, y le dije que sí en medio de risas mientras le entregaba su latte.

¿Soy calva por decisión propia? A ver, literalmente, lo soy. Unos meses antes de que la señora me preguntara eso, había tomado la maquina afeitadora de una amiga y me quité el corte que tenía por una rapada desigual. Hacía parte de mi “look”, me dijo después un amigo. Yo era Sam, la lesbiana increíble con su cabeza rapada. Así me veía todo el mundo.



Lo que no veían era la angustia emocional y a veces física que me llevó a tomar la afeitadora en primer lugar. Había estado enfrentando en privado un problema con la tricotilomanía —un trastorno compulsivo que consiste en arrancarse el pelo— por más de diez años. Y por extraño que parezca, el trastorno es más común de lo que uno creería: el Trichotillomania Learning Center Foundation for Body-Focused Repetitive Behaviors (BFRBs) estima que 1 o 2 de cada 50 personas experimentan el trastorno que también suelen llamar “trich” (pero que no debe confundirse con la tricomoniasis, que es una ETS común y curable).

El hecho de arrancar [el pelo] viene con una recompensa implícita para algunos, según dice Litsa R. Tanner, cofundadora y directora clínica del Santa Rosa Center for Cognitive Behavioral Therapy de California. Los pacientes que ha tratado con trich “suelen describir la arrancada como algo placentero”.

Me diagnosticaron con trich cuando tenía unos 11 años. Empecé arrancándome las cejas y las pestañas con mis dedos o con pinzas y luego abandoné esas áreas para arrancar el pelo de mi cabeza. Para mí, las palabras de Tanner son ciertas: arrancarme el pelo es placentero; me tranquiliza, es casi como comerse las uñas o acariciarse el pelo cuando uno está nervioso. Normalmente entro en un estado de trance cuando empiezo a arrancármelo, y me vuelvo casi inconsciente de lo que estoy haciendo. Pero rápidamente los parches calvos en mi cabeza dejaron de ser algo que pudiera esconder con el corte de pelo apropiado, y empecé a usar pelucas y cosas para cubrirme la cabeza, como bandanas, gorras, y sombreros… durante años.

En mi adolescencia me arranqué tanto el pelo que mis dedos quedaron con callos y mi cuero cabelludo crudo y rojizo. Varios años de terapia cognitivo-conductual (CBT, por sus siglas en inglés), así como diferentes cocteles de medicamentos contra la ansiedad, me ayudaron, sí, pero la arrancada solo menguaba y luego volvía a empezar. Tanner resalta que la población que sufre de trich es sumamente heterogénea, lo que significa que muchos tipos de personas la experimentan por muchas razones. Pero confirma que mi experiencia —el impulso incontrolable y persistente de seguir arrancando a pesar de estar en tratamiento— es “muy común”.

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Mi trastorno me acompañó en la secundaria, la preparatoria, y hasta la universidad. Llegué a recibir diagnósticos relacionados de ansiedad generalizada y trastornos obsesivo-compulsivos. Me volví muy cuidadosa a solo hacerlo en privado y en depender de gorros y sombreros para ocultar el daño, y toda esa experiencia se convirtió en mi secreto más vergonzoso. Así que cuando, en medio de un estupor por el trago, decidí raparme la cabeza una noche en la universidad, mi mejor amiga, que se había ganado el derecho a escuchar mi historia, me apoyó. “¡Te vas a ver increíble!”, me gritaban, mientras tomaban. Mi pareja de ese momento incluso se ofreció a raparse también en solidaridad.

Soy putamente queer y no me avergüenzo para nada de eso, así que ser una mujer con la cabeza rapada no fue un paso mucho más radical. Después de todo, no es que sea muy loco que una mujer queer lleve cortes de pelo tradicionalmente masculinos.

Lo que hace que mi experiencia como mujer queer con trich sea especialmente irónica es la brecha de género tan drástica que hay entre los pacientes. En la adultez, entre el 80 y el 90 por ciento de los pacientes reportados con tricotilomanía son mujeres. Sin embargo, Tanner hace la acotación de que esos estimados tal vez no son un reflejo tan fiel de la realidad. “Los hombres pueden hacer cosas como raparse o llevar su pelo muy corto, todas estas cosas que hacer que sea imposible que se arranquen el pelo”, explica. Estas convenciones hacen que sea más fácil para los hombres sobrellevar la condición sin transgredir normas de género o presiones sociales, lo que significa que los hombre que experimentan el trastorno pueden ser muchos más de los que buscan tratamiento.

Yo sentía y sigo sintiendo cierta distancia de los constreñimientos de las normas de género hetero-patriarcales. Pero, aun, la relativa libertad no me permitía evitar por completo la vergüenza. Rasurarme la cabeza se sintió al mismo tiempo como una victoria y una derrota. En solo unos minutos, me había liberado del impulso que había regido mi vida y me había llenado de autodesprecio desde… bueno, desde que tengo memoria. Pero también estaba cansada de luchar con el impulso de arrancármelo. Esto se veía como una cuestión de “dos pájaros de un solo tiro”.

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Cuando me rapé la cabeza por primera vez en esa noche decisiva, parada encima de una toalla harapienta con mi ex y unos cuantos amigos dentro del baño del dormitorio universitario, mis manos temblaban incontrolablemente. Hoy en día me rapo una o dos veces a la semana. Mis manos no tiemblan. Mantengo mi pelo lo suficientemente corto como para no poder arrancármelo si quisiera, y llevo mi corte con orgullo. No me siento avergonzada; me siento cool y empoderada.

Así que… ¿soy calva por decisión propia? no del todo. Llegué a la conclusión de que a pesar de que literalmente yo tomé la decisión de afeitarme la cabeza, dicha decisión fue resultado directo de mis luchas con la trich. Pero mi ser queer y mi aventura con la tricotilomanía están irrevocablemente enmarañadas, creando un enredo de identidad interna, luchas privadas y presentación con lo exterior que es tan bello como caótico. Esto es quien soy. Y no lo cambiaría por nada del mundo.

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