Por qué algunos hombres no pueden orinar en los urinarios


Este artículo se publicó originalmente en VICE Reino Unido.

Es una tarde de sábado ajetreada en el bar. Después de tres refrescos con vodka con lima fresca y un chorrito de licor de arándano (sí, soy gay), le doy la bienvenida al ya familiar hormigueo de mi vejiga. Me dirijo al baño de hombres y mis temores se cumplen: están abarrotados. No es solo que los cubículos estén llenos, sino que la temida cola para usar los urinarios no deja de prolongarse.Para un hombre al que no le gusta usar los urinarios, esta situación ofrece dos posibilidades. La primera, esperar en una cola diferente y, no sé por qué, más humillante, para usar un cubículo, declarando públicamente ante el resto de hombres que necesitas cagar desesperadamente, aunque no sea el caso. La otra opción es hacer la cola con la esperanza de que tu vejiga se porte bien. Por desgracia, yo elegí la segunda opción. Tras unos treinta segundos de inactividad, el pánico me invade y se convierte en una auténtica catástrofe mental cuando me doy cuenta de que no sale nada. Improviso rápidamente una actuación en la que me sacudo el pene y me seco la mano antes de salir de ahí avergonzado.

Siempre he odiado utilizar los urinarios. Casi siempre me pasa lo que acabo de contar, a no ser que me haya tomado siete copas de mi adorado refresco con vodka. Al ser un hombre gay, no tengo quejas respecto a los penes en la mayoría de situaciones —de hecho, suele ser al contrario—, pero la idea de usar un urinario y mear de pie son dos de las peores desventajas de tener pene. En casa, me lo tomo sin prisas, normalmente me siento y juzgo la comida de los demás en Instagram. Pero en cuanto entro en un baño público, salgo lo más rápido que puedo.

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Resulta que no estoy solo en mi aversión a los urinarios. James, de 29 años, me cuenta que hace cinco años empezó a sentir “pánico escénico” cuando tenía que usar un urinario. “No solía serme difícil”, explica, “pero una vez me bloqueé en uno de esos urinarios de los festivales y puede que se me haya quedado grabado en la mente”. A la hora de evitarlos, James dice que “depende del caso. Si el baño está vacío, uso el urinario, pero si hay otra persona y hay un cubículo libre, me meto”.

Lo normal es que cuando los hombres utilizan los urinarios se sitúen lejos unos de otros. De hecho, existe un simulador online de urinarios, urinalman.com, dedicado a este momento de duda. Con casi 3 millones de visitas, el simulador revela que, cuando se presentan varias opciones, la mayoría de la gente escoge los urinarios que están más lejos de los demás hombres.

urinal man

Captura de pantalla de Urinal Man que demuestra dónde se colocarían la mayoría de los hombres con esta distribución de urinarios libres.

Sin embargo, hay excepciones. Liam dejó de usar los urinarios del trabajo porque un empleado con un cargo superior al suyo meaba siempre a su lado. “Hay una fila de cinco urinarios en el trabajo, e incluso si escojo el último, hay un director de ventas que siempre que llega se pone a mear a mi lado mientras me habla”, explica. “Es como un juego de poder, quiere que me sienta incómodo”.

Henry también intenta evitar los urinarios, y señala un vergonzoso recuerdo de “pánico escénico” en particular como la causa. “Era la primera vez que me quedaba con mis suegros. No conocía al padre de mi novia, así que quería causar una buena impresión”, relata. “Un día fuimos al cine y con el ajetreo que se forma cuando acaba la película, acabé meando al lado de mi suegro, ya que la larga cola dictaba qué urinario quedaba libre. No fui capaz de mear y me dio tanta vergüenza que no he vuelto a usar un urinario. Al día de hoy aún no sé si se dio cuenta”.

Según la psicóloga Rachel Hard, la paruresis o “el síndrome de la vejiga tímida” es muy común entre los hombres. Básicamente hace referencia a la dificultad o incapacidad de orinar cuando hay gente presente. Se debe al estrés, que causa que el esfínter se contraiga y no permite que la orina pase. “Cuando la micción se relaciona con una situación que provoca estrés, puede que el individuo desarrolle pensamientos de preocupación o negativos entorno a la misma, como por ejemplo ‘No puedo hacerlo’ o ‘La gente me está mirando y piensa que no soy normal’, explica. “Estos pensamientos interrumpen el flujo de la orina y esta dificultad o incapacidad de orinar empieza a verse reforzada”.

Sally Barker, una terapeuta con mucha experiencia, está de acuerdo con la idea de que la tensión relacionada con orinar es una de las formas más comunes que adopta la ansiedad social en los hombres. La describe como un ejemplo de la mentalidad típica de los hombres del “todo o nada”: “Los hombres a menudo permiten que una situación un poco estresante o incómoda relacionada con orinar en público domine sus pensamientos hasta que se sienten completamente bloqueados y olvidan cualquier situación en la que no tuvieron ningún problema”.

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Tanto Rachel como Sally mencionan que los recuerdos de la infancia de usar baños públicos, especialmente delante de adultos desconocidos o familiares en situaciones que les resultaban intimidantes, pueden perseguir a los hombres en su vida adulta. Yo me acuerdo sin lugar a dudas ser un niño pequeño y no querer ir solo al baño de hombres, así que mi madre solía llevarme con ella al de mujeres.

Stephen, otro hombre gay con reparos ante los urinarios, ha tenido experiencias similares. “[La idea de] el ‘pánico escénico’ me recuerda a cuando entrar al baño de ‘adultos’ se volvió mi responsabilidad y tenía miedo”, cuenta. “Cuando me hice un poco más mayor, puede que me pusiera un poco cachondo, así que me provocaba vergüenza y confusión. Es parecido al vestuario del gimnasio, que me resulta incómodo porque me recuerda a los vestuarios del colegio, pero al menos ahí no tengo que hacer mis necesidades”.

Otros hombres gays con los que he hablado comparten la incomodad de Stephen en “los espacios de hombres”. Según la coach de identidad LGTB+ Gina Battye, la ansiedad relacionada con los urinarios puede surgir de factores psicológicos comunes en los hombres gays, como la dismorfia del cuerpo y problemas con la intimidad física. El ‘pánico escénico’ también puede hacer que rememoren recuerdos de la infancia en los que se sintieron inseguros o fuera de lugar. La vergüenza que pueden sentir los niños gays al resistirse a verse “obligados a vivir en un mundo heterosexual” puede verse agravada en “espacios de hombres” como los baños o los vestuarios. Estos espacios asignados a un género se crearon asumiendo la heterosexualidad, lo que hace que estar en ellos resulte incómodo.

Jake, un hombre gay con urinariofobia, presenta un miedo irracional a que otros hombres sepan que es gay: “Me preocupa que los hombres heteros piensen que estoy mirándoles el pito, incluso si no saben que soy gay y no estoy mirando”, dice. Josh solo usa los urinarios en espacios gays: “Normalmente evito los urinarios en bares heteros, especialmente si está puesto el fútbol. Pero en espacios gays me resulta más fácil relajarme, porque ya se supone que soy gay”.

Sentirse lo suficientemente cómodo como para usar un urinario es un tema recurrente, y no solo entre gays. “El ambiente siempre es incómodo si hay mucha gente en los urinarios. Si solo hay uno libre y hay cola, la gente casi siempre duda o espera a que un cubículo quede libre”, explica Matt. “Algunos hombres son más atrevidos y pueden mear en cualquier parte, pero a mí me afecta el ambiente. Si no estoy en mi zona de confort, me puedo sentir demasiado inseguro, pero si estoy en mi elemento, puedo orinar cerca de cualquiera”.

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A los hombres a menudo se les ridiculiza por ser vulnerables, por lo que hablar de estas inseguridades puede resultar difícil. Los jóvenes son conscientes de la presión de ser “valientes” cuando entran por primera vez en un baño de adultos. La coach de confianza Lisa Phillips hacer ver que los urinarios —y el fallo potencial a la hora de “cumplir” en ellos— presentan “un riesgo añadido de ser ridiculizado de forma externa cuando individuo ya está sintiendo vergüenza interna”.

Phillips sugiere que la vergüenza que sentimos en la infancia se puede quedar con nosotros para siempre. Prakash recuerda que solían hacerle burla en los urinarios por su cultura. “Me crié en una cultura surasiática, donde la costumbre es mear en cuclillas o sentado”, explica. “Nunca me lo cuestioné hasta que me mudé al Reino Unido y mis amigos se reían de mí porque pensaban que siempre iba a cagar. Como adulto, a no ser que lo necesite de verdad, no me sale si estoy de pie, me resulta antinatural”. Al ser el único niño judío de su clase, el pene circuncidado de Jonathan fue objeto de burlas en el colegio: “Lo descubrieron la primera vez que usé un urinario. Me bajé los pantalones hasta abajo, ahí empezaron las risas, pero entonces se dieron cuenta de que cómo era mi pene. A partir de ahí empecé a usar los cubículos”.

Hay varias razones por las que a un hombre puede resultarle difícil mear en un urinario, pero un momento específico en el que se sintieron incómodos o tuvieron problemas de confianza son razones recurrentes. No resulta extraño entonces que, al referirnos al pene como “la virilidad”, la incapacidad de cumplir con las expectativas de orinar en público, cerca los unos de los otros, pueda resultar frustrante. Los urinarios y los baños públicos son espacios en los que es difícil conciliar el rendimiento de la masculinidad —en el que todos tenemos diferentes papeles— con las emociones ligadas a la educación, la sexualidad, la cultura o el deseo de privacidad.

Los hombres, tanto los tímidos como los atrevidos a la hora de mear, deberíamos seguir hablando de las cosas de la vida que nos hacen sentir incómodos. ¿Pero mear en un urinario? ¿Yo? Bueno, sería una situación para mear y no para sentirse conflictuado.

@LouisStaples

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