Ser estudiante equivale a ser un criminal en Nicaragua


El 18 de octubre se cumplieron seis meses desde que todo estalló en Nicaragua. Parece poco tiempo, pero en ese lapso hemos visto cómo nuestras vidas han cambiado de tal forma que nuestros recuerdos anteriores al cataclismo parecen lejanos, como si fueran de hace años.

Sé que al igual que yo, otras personas contamos nuestra vida en pasado, nos presentamos ante otros por quienes fuimos, contabilizamos sueños rotos, hacemos un recuento de las esperanzas perdidas y un inventario exhaustivo del horror que hemos presenciado durante estos meses; hablamos en pasado y muy poco en futuro, porque sentimos que no lo tenemos, que nos lo arrebataron. Vivo en una pausa permanente aunque veo como el mundo a mi alrededor continúa su ritmo. Ahora, desde el exilio, me despierto todos los días esperando un milagro que me permita regresar a mi país.

Durante este tiempo muchas veces nos detuvimos a pensar donde estuvieron las señales del horror que se avecinaba, y nos dimos cuenta que siempre estuvieron ahí aunque no quisimos verlas. Mientras Managua crecía y los sueños de la clase media se ensanchaban (un crédito para el auto nuevo, una hipoteca) en el campo perseguían y asesinaban mientras el resto del país miraba hacia otro lado, hacia sus sueños de prosperidad quizás. Nos hicieron creer que cierta cuota de sangre era necesaria (según ellos nunca sería la nuestra) para mantener el control, para alcanzar el “desarrollo”, entonces las balas también llegaron a nuestras vidas, entraron en el pecho de nuestros compañeros, de nuestros amigos, de personas a quienes conocíamos, irrumpieron en los hogares, enlutaron a cientos de familias, y los muertos en lugar de transformarse en una cifra sin rostro, se convirtieron en una historia, en una vida truncada y fueron pólvora para una insurrección que no tenía líderes, solo sed de justicia.

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Ahora desde el exilio me he dedicado a rastrear a quienes al igual que yo, tuvieron que huir o a quienes se fueron desde hace mucho pero aún les quedan cosas que los aten a ese pequeño lugar donde nacimos. Eso es lo que llevo encima, nudos, vínculos que me hacen levantarme día a día esperando un milagro. Hay algo pesado que cargamos, que solo es nuestro, para explicarlo gráficamente podría nombrarlo como “La vida que dejamos” y darle la forma de una maleta, una extra además de las que ya cargamos. Es la maleta más importante, la más pesada también, la llevo y la muestro con amor cuando me encuentro con otros nicaragüenses. Imaginen un ritual en el que todos abrimos nuestros equipajes para compartir con otros —algunos a quienes apenas conocemos pero que ya queremos —lo que no podemos dejar atrás. Cuando conozco personas nuevas en el país al que tuve que marcharme hago como si esa maleta no existe, intento mencionarla poco, no mostrarla demasiado ¿a quién puede interesarle la vida que dejamos? ¿Quién podría comprendernos? La llevo conmigo a todas partes, siempre lista para regresar, siempre a la espera de un milagro.

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