‘Animaniacs’ podría ayudarnos a superar estas épocas oscuras


Artículo publicado originalmente por VICE Estados Unidos.

Hubo un momento en los noventa en el que la programación animada estaba a la vanguardia de la cultura popular. La desregulación de parte de Reagan frente a las leyes que rodeaban la publicidad y la transmisión infantil marcó el comienzo de un exceso de comerciales convertidos en caricaturas como Transformers, He-Man, My Little Pony, y GI Joe. Como respuesta, llegó una ola de series animadas de creadores que eran experimentales en forma y contenido, como Los Simpsons, Ren & Stimpy, Beavis and Butthead, Rugrats, y Batman: The Animated Series, por nombrar algunas.

En el centro de lo que sería recordado como el “Renacimiento de las Caricaturas” estaba un show de variedades animado regido por la escritura fina, la sátira temática, y la gran producción. El creador del show, Tom Ruegger, y el productor ejecutivo Steven Spielberg, imaginaron una caricatura que era subversiva, pero entretenida, bombástica, pero sutil e inteligente—especialmente cuando era estúpida.

El show, que fue trasmitido entre 1993 y 1998, ganó Annies, Emmys, e incluso un Peabody. Era un éxito de las valoraciones y clasificaciones, un predilecto crítico, y un culto, todo al tiempo. Se llamaba Animaniacs, y era, como su tema musical, era loco de atar.

El show era a la vez un producto, sátira, y regurgitación de la cultura pop del siglo XX. Los personajes principales, los hermanos Warner Yakko y Wakko y su hermana Dot, eran estrellas de caricatura que presuntamente se escaparon de la torre de agua de Warner Bros en los 90 y se involucraron en altercados con Tom Cruise, los Clinton, y Saddam Hussein. Yakko rimaba las naciones del mundo, mientras Pinky y Cerebro conspiraban para tomárselo. El show hizo su mejor esfuerzo para abordar todo.

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Animaniacs era acelerada, irónica, y autoconsciente. En el núcleo de la anarquía del show estaba su mascota de facto, Yakko—el hermano mayor de estilo Grouchesco que se burlaba y blanqueaba los ojos ante las vacas sagradas de la época y las mandaba al matadero que era este show dibujado a mano. Yakko, de hablado rápido, sabelotodo, y rápido para ponerse a cantar de la nada, le hablaba a un tipo de TDAH que existía dentro de él mismo y de muchos espectadores jóvenes de esa época.

Yakko era tanto una declaración como un indicador de declaración. Alguien que picaba los ojos de los conformistas, mientras aceptaba a los fenómenos en su rebaño. Conversar con Rob Paulsen, el actor de doblaje que le dio vida, es como hablar con una versión relajada del personaje. Paulsen habla con la rápida cadencia de Yakko, su voz es solo un poco más baja, sus comentarios de bromas son igual de finos.

Paulsen le dijo a VICE recientemente que los fans se le acercan de forma usual y le dicen, “Eres la voz de mi infancia”. Además de Yakko, es el hombre detrás de personajes como Rafael, Donatello, El Acertijo, Carl Wheezer, y Pinky (por nombrar unos pocos). Las múltiples voces de Paulsen hacen eco en los pasillos de generaciones de recuerdos de la infancia.

“Mi fama es tangencial”, dijo. “Las cosas por las que soy famoso son completamente alegres y felices y todo eso. Constantemente me asombro por la cantidad de alegría que obtienen las personas de estos personajes, simplemente estoy muy agradecido”.

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Paulsen llegó a Animaniacs después de trabajar con Ruegger y Spielberg en Tiny-Toon Adventures y con gran parte del mismo elenco de Batman: The Animated Series. Sabía que era perfecto para el papel de Yakko: “Yo pensé, ok, he estado esperando esto por mucho tiempo. Puedo cantar, puedo cantar en personaje, puedo leer partituras, puedo crear voces de personajes”. Obtuvo el papel, así como el de Pinky y el de la figura paternal sustituta/psiquiátra del show, Dr. Scratchansniff.

“Si Las Tortugas Ninja cambió el rumbo de mi carrera”, le dijo a VICE, “entonces Animaniacs cambió mi vida”.

El valor de producción del show fue legendario. Con Spielberg al mando, Animaniacs tuvo acceso al mejor talento en la industria. Las canciones fueron grabadas con una orquesta entera, que incluía músicos de la Filarmónica de Los Ángeles. “Lo único que hacía el tipo del corno francés, era tocar el corno francés para vivir. Ese era el tipo de personas que teníamos”, dice Paulsen.

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Paulsen recuerda intentar digerirlo todo: Spielberg, los animadores, guionistas como Sherri Stoner, compositores como Randy Rogel (con quien ahora Paulsen hace giras tocando las canciones del show), y co-protagonistas como Billy West, Maurice LaMarche, y Tress MacNeille. “Recuerdo decirle a Tress, ‘Vaya, saca una fotografía de esto porque es lo mejor que nos va a pasar'”, dijo.

Los episodios de Animaniacs costaban entre 500.000 y 750.000 dólares en producción. Era grande, impetuoso, y audaz, pero desafiaba la comerciabilidad de sus contemporáneos. Paulsen ya va en su tercera versión de las Tortugas Ninja, y ve a Animaniacs como especial en la forma en que sobrevivió no basado en comercialización ni en marca, sino gracias a su arte. “Uno no caminaba por Toys ‘R’ Us y compraba un muñeco de Animaniacs” dice. “Esto es muy importante en el contexto del entretenimiento de Hollywood, y no creo que sea exageración”.

El show era tanto un resultado como una respuesta al ultra-capitalismo de la programación infantil en los 90. “Por supuesto, esto es arte comercial, no es Piss Christ o algo así”, se ríe Paulsen. “Uno no lo hace por alguna reacción. Uno tiene que satisfacer a las personas y el show igual tiene que ganar dinero”.

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Animaniacs fue un éxito de audiencia a lo largo de múltiples demografías, hasta que el show fue torpemente movido de Fox Kids a la WB Network en 1995, donde sería reemplazado eventualmente por el fenómeno de comercialización extranjero Pokémon.

Animaniacs fue capaz de ser subversivo de una forma en que sus competidores influenciados por juguetes no podían darse el lujo de serlo. Gracias a su popularidad, elogios críticos, y la influencia de Spielberg, a Animaniacs le fue permitido mostrar sus tiernos colmillos. “El edicto nunca fue herir, era satirizar”, explica Paulsen. “No tomó mucho tiempo antes de que la gente se diera cuenta de que esta era una caricatura para ‘niños'”.

Y así, el show fue capaz de apuntar a la psiquiatría y a Star Trek, al golf y a la Guerra del Golfo, a sensibilidades y censura. Dice Paulsen que “el ejemplo más destacado” de su humor fue la infame broma de “finger Prince”. “Era un claro ejemplo de cómo poner el énfasis incorrecto en una sílaba diferente nos llevó de ‘fingerprints’ a ‘finger Prince’. Era muy inteligente, muy traviesa, y muy adrede”.

El show era educativo, pero nunca didáctico. Rechazaba la condescendencia cursi de contemporáneos como Barney y sus amigos, y satirizó las campañas de servicio público metidas a las malas de Captain Planet y similares con su propia “rueda de moralidad“.

“Todas esas cosas conspiraron para […] entretenerlo a uno e inspirarlo y educarlo, y no para hacer que uno quiera meterse una pistola a la boca como si estuviera viendo los Teletubbies“, explica Paulsen.

Yakko era el vehículo principal para estas bromas internas. El “Yakko’s World” de Randy Rogel (el cual Paulsen logró en una toma) se convirtió en el momento más icónico del show—para luego ser satirizado cuando Yakko intenta rimar con cada palabra del diccionario.

Paulsen recuerda trabajar en el personaje de Yakko junto a todo el resto del elenco: “Teníamos un piano de cola, todo tipo de dibujos de los personajes, y se le ordenó al elenco enloquecerse. Realmente era un espacio para experimentar”. Yakko llegó a un enfoque nítido para Paulsen luego de que Ruegger le dijo que pensara en Groucho Marx, alguien que “podría destrozar a una persona que podría no darse cuenta de que está siendo destrozada”.

Eso hizo clic en Paulsen. Las escenas entre Yakko y, digamos, Beethoven encontraron su ritmo frenético. Paulsen, recreando una escena entre voces de personajes, comienza: “Soy un pianista”, dice Beethoven, y Yakko responde, “¿Eres un qué?” “¡Soy un pianista!” “Hey, espera un minuto, no puedes decir eso en televisión ¡Buenas noches para todos!” (haciendo el juego de palabras en inglés entre pianist y penis). Uno casi que puede escuchar un redoble seguido de un platillazo.

Yakko apeló a cierto tipo de chico hiperactivo de los 90. “Suelo decir que me pagan básicamente por hacer lo que solía meterme en problemas cuando estaba en séptimo grado”, ríe Paulsen. “Me encanta el hecho de que mi cerebro y mi rostro no son para nada distintos a los de Yakko”.

Animaniacs está programado para tener un reboot en 2020 en Hulu, y es imposible no imaginar a Wacko, Yakko y Dot respondiendo a la era Trump. Pero se han perdido 20 años de redes sociales, agitación cultural, y colapso. Incluso en el tope maniático del show, ¿podrían estar a la altura?

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“Es más un desafío para un comediante o un escritor de comedia encontrar una manera de ser entretenido y relevante sin ir por la ruta fácil que es Donald Trump”, dice Paulsen, sonando exasperado. “Trump, Trump, Trump. ¿Pero qué sigue? ¿Qué podemos hacer que será relevante en los próximos 20 años? Esa no es una tarea fácil”.

Paulsen dice que el show y los personajes dentro de él son herramientas tanto para confrontar y reconfortar a las personas en lo que es más bien una época sin humor: “La influencia de Yakko en mí me permite ser aceptado por personas en ambos lados del pasillo, para que podamos hablar de cosas que nos hacen reír y disfrutar de nosotros, y quizás incluso permitir que eso sea la puerta de acceso para que podamos tener una discusión y aprender el uno del otro ¿Qué puede ser mejor que eso?”

Paulsen se ríe, y luego suspira. “Quiero ser una fuente de alegría y felicidad, bien sea personalmente o existencialmente, porque hay mucha mierda sobre la cual ponerse triste y enojarse”.

“Es como siempre digo,” con su voz poniéndose más aguda, haciéndolo sonar como su álter ego ocurrente. “La risa es la mejor medicina. Lo genial es que uno no puede sufrir de sobredosis, y las recargas son gratis”.

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