¿Por qué la cultura pop no retrata el periodo?


Artículo publicado originalmente por i-D Reino Unido.

En 2015, la poeta de Instagram Rupi Kaur subió una serie de fotografías fragmentadas en Instagram representando la realidad honesta y sangrienta de la menstruación. En ellas, vemos a una mujer acurrucada en la cama con las sábanas y la parte de atrás de su sudadera manchadas de sangre, una bolsa de agua caliente presionada contra su abdomen, en la ducha mientras la sangre orbita por el drenaje, sobre el inodoro desechando una toalla higiénica usada, su posterior agua del inodoro sangrienta, y finalmente, sus sábanas manchadas de sangre colgando por fuera de una lavadora abierta. La serie evoca un conocimiento encarnado y compartido por las personas que tienen el periodo; conocemos esos momentos cotidianos tan íntimamente como Kaur; sus texturas suaves y familiares, su tono de sorpresa simultánea y rutinaria. Los sentimos.

Period blood in the shower

De la serie ‘Period’ de Rupi Kaur.

Luego, de nuevo, dos años después, medios de comunicación apilaron alabanzas a los shows de televisión de 2017, y lo proclamaron el año que volvió público el periodo. Sin embargo, al celebrar estas menciones, parecía que olvidaban que, en estos shows, la menstruación solo tiene un único discurso: situaciones de riesgo urgentes, similares. Nos muestran el periodo como la excepción, en lugar de lo cotidiano. Estas narrativas identifican a la menstruación en sus vértices, comenzando con la arremetida de la pubertad, como se muestra en Black-ish cuando Diane tiene su periodo, sus padres la llaman “más peligrosa de lo usual”—una afirmación desgastada, sexista. Rainbow entrega un plan de estudios excesivamente anatómico sobre la pubertad, y vemos generaciones de madres explicar apasionadamente este rito de iniciación a sus hijas en personajes hiperbólicos.

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Vemos a los periodos aparecer sin anunciarse en las habitaciones tradicionales de los medios—otro tropo climático, dramático. Las mujeres están aliviadas o preocupadas; los hombres están horrorizados, como en la escena final de la mini-serie de Jill Soloway I Love Dick, donde la protagonista se obsesiona con un capricho que tiene hacia Dick, solo para que su muy deseada experiencia sexual sea destruida por su periodo repentino. La primera temporada del show de Netflix Glow incluye una escena de sexo post-periodo que termina en una ruptura, abriendo la conversación para el que grupo de luchadoras discuta su sangrado, que da lugar a que la protagonista se dé cuenta de repente de que tiene un retraso. Sin embargo, estos son ciertamente progresos en comparación a shows más antiguos como Sex and the City—un show que prosperó al volver lo privado público, especialmente si se relaciona con las mujeres y sus cuerpos, pero en el que los periodos solo son mencionados muy esporádicamente. Como cuando Carrie tiene un retraso, cuando Samantha le preocupa que su menopausia está comenzando en medio de sexo insatisfecho, o cuando la perra de raza de Charlotte tiene el periodo. Y, en diez años de Friends, un show que enfatizaba las dinámicas relacionales cotidianas entre hombres y mujeres, la menstruación solo fue mencionada una vez: cuando Chandler y Mónica estaban intentando averiguar cuándo quedar en embarazo.

Por supuesto, es importante que se nos ofrezcan historias que relacionan a los periodos con el embarazo, pero las conexiones mediáticas entre ambos elevan la narrativa cultural de la menstruación a situaciones singulares de alta presión, por ende volviendo invisible la experiencia periódica del dolor, auto-cuidado, y control.

De forma similar, durante el primer episodio de la quinta temporada de Orange Is the New Black (2017), mientras la prisión entra en motín, una reclusa mete la mano en su pantalón para pintar su mejilla con su sangre menstrual, esperando obtener la atención de un oficial. Este show satiriza el periodo como un tipo de trastorno y agitación; la naturaleza sensacionalista, visceral de este ejemplo hace poco para proveer una contra-narrativa que sea realista, o para transmitir las luchas diarias de las mujeres que no pueden obtener toallas higiénicas o tampones mientras están en prisión ¿Por qué estamos celebrando estos momentos al aire como progreso? Estamos en 2018. En un día cualquiera, aproximadamente 800 millones de personas de este planeta están menstruando ¿Dónde están los momentos casuales, cotidianos de las mujeres teniendo sus periodos? ¿Dónde están las realidades vividas, verdaderas, de la vida como una persona sangrante: el desorden, el costo, los cambios hormonales y el dolor con el que se tiene que lidiar en silencio en el trabajo y en la escuela?

Sabemos que la cultura pop tiene mucho para revertir, dado que 1985 fue el primer año en que la palabra periodo siquiera apareció en la televisión tradicional. Los comerciales y publicidades de los periodos continúan proliferando mensajes que lo hacen parecer vergonzoso. Todavía se nos enseña que los periodos son innombrables y desagradables. Pero en este momento de televisión matizada, real, personal y poderosa que nos ha dado Atlanta, The Bisexual, e Insecure, ¿por qué no puede ser actualizada la narrativa de la menstruación?

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Los creadores quizás quieran mirar hacia la literatura como un modelo. Dos libros de no ficción, ambos publicados este año, añaden matices y profundidad a las narrativas del periodo, exhibiendo y normalizando historias no contadas en lugar de perpetuar grandes apuestas de los medios tradicionales con los dramas menstruales. Nos llevan a dos lugares donde la narrativa del periodo podría ser explorada aún más por la cultura pop.

El primero, Period: Twelve Voices Tell the Bloody Truth de MacMillan, una colección para jóvenes adultos, ofrece narrativas convincentes, personales, que lidian con los periodos a lo largo de toda una vida: amigas enviándose correos sobre sus menstruaciones, una autora descomprimiendo el por qué las mujeres negras podrían ser más propensas a tener su periodo más rápido, un hombre trans describiendo lo que es tener su periodo, y la estudiante universitaria que “liberó” los productos femeninos en su campus con un clip para el cabello. ¿Cómo se vería que estas historias reales sean contadas en televisión, representando periodos como comunales y liberadores, como experiencias vinculantes?

Si la televisión puede primero abordar la sutileza de esas historias, quizás luego pueda sumergirse en el territorio más profundo de la opresión. El libro de Anna Dahlqvist, It’s Only Blood: Shattering the Taboo of Menstruation pregunta, “¿qué pasa cuando la vergüenza menstrual se encuentra con la pobreza?” Dahlqvist comparte entrevistas con mujeres en Uganda, Kenya, Bangladesh, e India, y el resultado son historias que derriban cualquier sentido de lucha occidental, llevándonos cada vez más hacia un silenciamiento aterrador y universal. Cuando las jóvenes no pueden costear productos desechables y no tienen baños con suministro de agua, no les queda más que usar y re-usar ropa, lavarla, interrumpiendo sus vidas cotidianas en escuelas y fábricas. Leer los desgarradores relatos en el libro evidencia que el cuidado menstrual es un derecho, un acto de dignidad, y que los desafíos de las personas menstruantes en la pobreza están en grave peligro.

Ambos libros expanden nuestro entendimiento de lo que es la menstruación, permitiéndonos conceptualizar más ampliamente la experiencia de las mujeres alrededor del mundo, al tiempo que obtenemos relatos cercanos del dolor y la vergüenza a los que se enfrentan ciertos individuos. Ojalá el paso siguiente sea tener estas historias trasladadas de las páginas a las pantallas, proporcionando una visión muy necesitada para exhibir narrativas menstruales más auténticas en los medios.

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