Cocaína rosa, convertibles y ceniceros Versace: un fin de semana con un cártel colombiano


Artículo publicado originalmente por VICE Australia.

Conocí a Mark* el Rumano en la parte trasera del club de póquer Djika, en un callejón que daba a Thomas Street, en Dandenog. Estaba hablando con el dueño, pero lo que decía iba para mí. Al Rumano se le conocía por ir vestido con un tracksuit azul claro de Adidas y por teñirse el bigote de negro. Se le consideraba un auténtico gánster en Dandenog, algo que solo estaba reservado para los veteranos del inframundo suburbano.

“¡Mira esta mierda, esto no fue nada!”. Extiende su brazo como si quisiera que le besara la mano, dejando a la vista sus anillos de diamantes incrustados, y me hace un gesto para que me acerque. Me enseña una foto granulosa junto a un artículo en rumano. “Fui a la cárcel en Rumanía porque encontraron una ametralladora y dos kilos de cocaína en mi coche. No tenía dinero para sobornar a la policía, así que fui a la cárcel a entrenarme. No es como [la cárcel de] aquí, que vas para ser mejor delincuente. En Rumanía vas para ser mejor asesino”.

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El artículo y los anillos son todo lo que Mark puede enseñarme de su pasado plagado de delitos. Hoy en día se pasa su permiso semanal en el Dandenog RSL. Su hijo mayor ganó la lotería hace unos años y tiene la esperanza de correr la misma suerte.

Nos sentamos con Mark para escuchar su historia más infame: un fin de semana con el líder de un cártel de Bogotá.

La siguiente entrevista se ha editado ligeramente por cuestiones de claridad y longitud.

VICE: Hola, Mark, ¿podrías hablarnos de la primera vez que conociste a un miembro del cártel colombiano?
Mark: La primera vez que vi a Oro [miembro del cártel colombiano] fue en el Copacabana, a mediados de los 80. Allí se hacían muchas astracanadas y nos encantaba ir. Lo conocí a través del Egipcio, al que habían disparado un par de semanas después de salir de prisión. Era una pieza clave en Australia por aquella época. No hablaba mucho —no porque fuera tímido, sino porque su inglés era peor que el mío. Pero yo era el dueño de ese sitio y él venía a menudo.

Comíamos y destrozábamos platos juntos. Cuando nos emborrachábamos, acribillábamos el techo con una 22 milímetros que usábamos como si fuera una pistola de juguete. Le encantaba y solía ponerme la mano sobre el hombro mientras me sonreía. Me dio mi primer Rolex, un reloj de oro macizo de puto amo.

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He visto pruebas de esto en el techo del club serbio de Dangenong.
La gente respetaba en aquella época: podías dispararles y no te delataban. Gracias a Dios yo ya me jubilé. Algunas noches íbamos a casa del Egipcio y cargábamos los rifles más grandes, como la SKS. Tenía un campo de golf y un avión en su propiedad. Entonces vivíamos a lo grande, pasando coca y heroína entre estados en aviones. Era como en las malditas películas, la cantidad de efectivo que malgastábamos a diestra y siniestra. Solo que nosotros éramos internacionales. “El gran momento”, lo llamábamos.

¿Por qué querías visitar Colombia si te iba tan bien en Australia?
Por aquella época habíamos traficado con un par de kilos de cocaína rosa peruana [en Australia]. Era de un color rosa claro y parecía una concha marina multicolor cuando le apuntabas con una luz. Su olor podía hacer que quisieras bailar toda la noche, era como un perfume exótico. Nunca volvimos a conseguir coca tan pura. Ganaba bastante dinero y quería ir a Colombia para ver si podían conseguir algo parecido o darme acceso al polvo peruano. Iba en busca de ese olor.

Fui a finales de los 80. Viajé hasta Bogotá para contactar con al líder del cártel. Me gasté casi todo mi dinero en el viaje y me quedaba lo suficiente como para pagar por adelantado un par de kilos. Tomé un autobús desde el aeropuerto. Estaba sudando como un maldito cerdo y llevaba puesto un traje nuevo de Armani en color azul.

En Colombia todo es ruidoso: los motores, la música, la gente. Cuando llegué al rancho, no estaba muy lejos de la ciudad, pero las cosas parecían ser serias. La Colombia divertida estaba detrás de nosotros, nosotros hacíamos cosas serias y me replanteé qué cojones estaba haciendo ahí. Había metralletas enormes y no de exhibición. Esos hijos de puta las usaban. Había estado en las peores zonas de la vida en la cárcel rumana, pero esto era otra cosa. En la cárcel aprendes a tener la boca cerrada y a observar el mundo, pero este mundo estaba bien jodido.

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¿Por qué estabas tan seguro de que no era sólo una farsa?
Puede que lo fuera. Pero me daba vergüenza cómo me había comportado en Melbourne. Cuando me sonreía, me imaginaba que el hombre pensaba: “Este se cree que es un tipo duro”. Incluso los soldados de la entrada parecían unos asesinos de la peor calaña, como los que había visto en la cárcel. No me lo vas a creer: el jefe llevaba un parche. Me daba miedo pedirles un encendedor y que pensaran que estaba diciéndolo mal, y créeme, necesitaba fumar.

Oro vino corriendo. Llevaba un traje todo blanco y las joyas eran de oro reluciente, no una mierda de baratijas. Un puto adonis. Los gitanos nos damos cuenta de esas cosas, yo robaba esas mierdas antes de aprender a leer. Comimos de maravilla con algunos de sus amigos y un par de militares de Sudáfrica a los que había contratado como guardaespaldas. Iban más armados que Rambo.

¿Es verdad que le gustaba la música rumana y que le llevaste unas cintas a Colombia?
Sí, de Sergiu Cioiu. Nos parecemos mucho, ¿sabes? Los gánsteres de nuestra época estamos constantemente lidiando con la tristeza, así que cuando escuchamos baladas, no necesitamos entender la letra. Podemos sentir si el cantante es bueno. A los colombianos también les encanta la música triste; incluso la historia que cuenta la letra de las canciones animadas es de música triste.

¿Qué más pasó en aquel viaje?
Al día siguiente tomamos un helicóptero para rodear las montaña de Bogotá. Fue el mejor día de mi vida. Hablamos de barcos y de municiones que podrían echar tanques abajo. Solo me permitieron quedarme dos noches y no hablé de negocios en ningún momento, había otros tipos para eso. Nos acercamos hasta su casa de vacaciones, donde estaban las mujeres más guapas del mundo. Conocí a Kalara, una mujer fuerte, alta, morena y guapa con pecas en el brazo. Aún sueño con tirármela.

Oro me enseñó todo lo que había ganado. Tenía un Mercedes convertible en rojo brillante y revólveres Magnum en unas fundas de cuero preciosas que tenían detalles en oro y plata y los apodos de varios soldados que habían muerto por su grupo. Los ceniceros eran Versace. La piscina tenía azulejos antiguos importados de España y todas sus botas habían sido cosidas a mano.

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¿No tuviste en cuenta toda la violencia y la pobreza del entorno en el que te encontrabas?
También era conocido por secuestrar y asesinar. Así es como haces historia. En Australia, puedes traficar si eres un genio de los negocios o si eres un asesino sin piedad. En Sudamérica, si quieres tener éxito, tienes que ser ambas cosas o te dispararán antes de que puedas cobrar tu primera entrega.

¿Te consiguió cocaína rosa?
No, él podía conseguir algo mucho más fuerte. Estaba llena de escamas. Me drogué tanto que intenté montar a uno de sus caballos pura sangre y casi me rompo las piernas. Después de aspirar, se me durmió tanto la garganta que me asfixiaba. Sentía como si me hubiera untado la cara con gasolina, así de fuerte era el olor. Lo olí por todas partes durante días.

Me fui al día siguiente por la tarde. Todo fue muy rápido. Cuando volví a Australia, estuve en la cárcel un par de años por posesión de heroína. A Oro también lo condenaron y lo metieron en prisión. Los de la vieja escuela tenemos suerte de estar vivos y libres. Ahora intento ir a misa y cuidar del huerto de mi hijo. Hemos perdido todo contacto con ese mundo porque el tiempo nos acaba distanciando sin piedad. No podemos solicitar otro trabajo, una vez que sales del juego, no hay marcha atrás. Pero aún tengo el Rolex.

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