La razón por la que toda generación está obsesionada con las series animadas


Artículo publicado por VICE Colombia.


En los 60 fueron Popeye y Los Picapiedra, en los 70 Scooby-Doo y Mazinger Z, en los 80 La Abeja Maya y los Súper Campeones, en los 90 Dragon Ball Z y Los Caballeros del Zodíaco, en los 2000 Las Chicas Superpoderosas y Pokémon, ahora Peppa Pig, Pocoyó y Paw Patrol. Parece que a pesar de la gigantesca producción de series animadas de televisión siempre hay un par que por generación se destacan y llegan para obsesionar y cazar las mentes de los niños enviciados con esa caja mágica.

Existe una tradición muy aceptada por los papás que no es más que una medida desesperada y que implica poner a los niños descontrolados en frente del televisor para que se calmen. Es una estrategia casi milenaria pensada para dar un respiro a los agotados papás que no quieren lidiar con los niños que sufrían de sobredosis de azúcar y se volvían insoportables en la casa. El efecto de esa desesperación podía unir a generaciones enteras alrededor de series animadas que las representaban como conjuntos de individuos negados a salir al mundo real.

Las tramas de las series animadas generacionales suelen ser tan variadas que en ocasiones resulta imposible saber por qué los niños en plena etapa de crecimiento se obsesionan con algunas y no con otras. En estos tiempos que parece haber un renacimiento de las series animadas, y la década perfecta para revivir la nostalgia Millennial quise averiguar qué es exactamente lo que hace que una serie de “muñequitos” animados se convierta en un hito generacional. Para eso hablé con Diego Felipe Ríos, diseñador con máster en semiótica y profesor asociado del Programa de Realización en Animación de la Universidad Jorge Tadeo Lozano de Bogotá, y con la psicóloga Clínica y psicoterapeuta psicoanalítica Catherine Salamanca.

Identidad y empatía

Cuando los papás de uno empezaron a ver Popeye, parecía un poco increíble que de repente fue aceptable comer espinaca con el deseo de convertirse en marineros musculosos. Y luego, las niñas de mi generación quisieron ser superheroínas tiernas salidas de un tubo de laboratorio como Las Chicas Superpoderosas. Las animaciones tienen el efecto principal de crear empatía e identificación en los niños que las miran todos los días.

Para el profesor Ríos, la animación tiene la misión de dotar de vida y de alma a ciertas circunstancias. Si uno realmente quiere que una serie animada sea exitosa, “debe generar una empatía directa con el espectador, que se sienta identificado, representado”, me dijo Ríos. Cada generación, dependiendo de las imágenes que reciben del televisor, se ha logrado identificar con un par de personajes que parecen cercanos al espectro común.

La familia unida alrededor de los bolos y las labores domésticas, el equipo súper dotado de futbolistas, el chico relegado de la escuela que adquiere súper poderes y se dedica a salvar al mundo, la doctora que cura juguetes, todos refuerzan la relación de los dibujos animados con un rasgo de la identidad y la personalidad que está o que quisiera estar dentro de nosotros. Para la doctora Salamanca, todas las series animadas tienen personajes con personalidades definidas, y aunque uno de niño no entienda muchas veces la trama, siempre se va a sentir atraído hacia sus acciones y movimientos.

“Como cada muñequito tiene su personalidad, los niños siempre se identifican con el que les llama la atención, que incluso en ocasiones puede ser el villano. Después de muchas horas de verlos comienzan a tener o palabras o ademanes físicos con los personajes”, me dijo Salamanca.

Percepción de la realidad

Además de la identificación y la empatía, hay algo en la inmediatez y facilidad de la televisión que permite que se creen percepciones diferentes de la realidad en la que vivimos. Hay estudios que comprueban que las series animadas favorecen la comprensión de la realidad, ya que facilitan el recuerdo con dibujos y expresiones no verbales.

Los dibujos animados “logran salir de las situaciones reales para parecer más atractivos a cada generación. Además existe un imaginario colectivo relacionado con la historia y el mercadeo que siempre conecta a las animaciones con el público infantil”, dice Ríos. Según él, las generaciones de “primera infancia” suelen sentirse atraídas a narraciones que mezclan la ficción con la pedagogía, yéndose a formatos educativos al estilo Pocoyó o Peppa Pig, cuando crecen y tienen de 8 años en adelante, los niños buscan aventuras y acción al estilo Ben 10, y en la adolescencia se torna a una etapa más anárquica y crítica que se inclina al anime con series como Pokémon u otras más adultas como Rick and Morty.

Según la doctora Salamanca, la realidad suele ser incomprensible para la mayoría de nosotros cuando somos niños, así que incluso programas que no tienen mucho sentido pero que son atractivos visualmente adquieren fama y reconocimiento en las generaciones. “La forma en que se desarrolla la trama, las figuras que son presentadas todas representan un refugio y una versión de la realidad que es más fácil de entender y procesar con las animaciones, como el caso del anime con los adolescentes”, dice Salamanca.

Deseos y escapes

Algo muy común que los Millennials creemos que pertenece a nuestra generación es un sentimiento de indignación e inconformismo con la realidad. Ese deseo de ser algo más de lo que somos o de pertenecer a algo diferente a lo que pertenecemos, algo que como generación buscábamos en los dibujos animados. Esa extraña atracción a querer vivir en una ciudad espacial súper avanzada como los Supersónicos o de tener los poderes de los Power Rangers, o las habilidades sociales y seductivas de Johnny Bravo.

Bueno, resulta que no es una cosa Millennial, es una de las razones que explica ese apego a los muñequitos. “Cuando uno es niño la capacidad imaginativa, los límites de lo que se piensa no existen, esas barreras entre el sueño y la vigilia son muy difusas. Uno como que vive en un mundo imaginado permanente”, dice Ríos.

Los deseos de querer ser o estar como los personajes de las series televisivas se relacionan con la propia naturaleza de la televisión, un lugar en el que “todo es válido, todos los niños en todas las generaciones simplemente sienten que pueden tener tanto poder como el que ven en televisión, y en términos reales hay una gran diferencia”, dice Salamanca.

¿Y recuerdas todas las veces que le pediste al tacaño Papá Noel esa figura de acción de Las Tortugas Ninja o ese peluche Winnie The Pooh que nunca llegó? Ahora, las nuevas generaciones sienten un deseo con las figuras animadas de una cerdita rosada y de una patrulla de cachorros en uniformes. El deseo por obtener algo que no se tiene (como los superpoderes) es tan fuerte que une a generaciones enteras detrás de una pantalla llena de fantasías: “muchas veces lo que nos presentan en televisión es lo que no tenemos. Con series como Paw Patrol pasa que muchos niños quisieran tener una mascota y no la tienen así que les toca conformarse con lo que les dan en televisión. Encuentran lo que les gustaría tener en la vida real”, dice la doctora Salamanca.

Encuentro generacional

Lo admirable y deseable de las series animadas se convierte en un lugar de encuentro para las generaciones. Así, por ejemplo, para nuestros papás o nuestros tíos en los 80 era muy común asociar las series animadas a los juguetes o a los utensilios como las loncheras, si uno compraba un juguete de la serie de moda, seguramente se sentiría parte de una moda.

Las generaciones actuales, en cambio, se unen en torno a la tecnología, a los videojuegos de rol en las tabletas y celulares, o a los programas animados de canales de YouTube. “Yo creo que tiene mucho que ver con la emoción que generan y la conexión de ese momento. Es un tema de identidad colectiva, en mi generación se veían los Power Rangers y yo tenía que sentirme identificada como mi compañero para hacer parte del grupo, tiene que ver un poco con la moda del momento”, dice Salamaca.

Incluso, para el profesor Ríos el éxito de las animaciones de los 80 y los 90 tenía que ver con la apelación a gustos extravagantes que no se veían en la realidad inmediata. Ejemplo: tortugas adolescentes mutantes, dinosaurios morados, o guerreros Saiyajines. Un gusto común que incluso en la adultez se repite cuando una generación se sienta a rememorar ese “pasado mejor”.

Técnica y contenido

Quizás lo más importante para que una serie logre atraer a generaciones enteras es el uso adecuado del contenido y su relación con la audiencia. Ríos explica que el género, el formato y la técnica garantizan que el contenido funcione: “uno puede tener una excelente animación, una muy buena definición de target, tener clara la producción, pero si el contenido no es bueno, creativo, acorde con un contexto, con unas circunstancias de audiencia como tal, y por linda y bien producida que esté la animación puede ser un fracaso”, dice.

Yu Gi Oh y Peppa Pig tienen la misma técnica, lo que diferencia es el estilo gráfico y la estética, los 20 minutos semanales, el presupuesto y la publicidad varían con los años, y las series animadas cambian según eso”, dice Ríos. Tanto para él como para Salamanca hay muchos elementos en las animaciones que garantizan que la técnica resulte más atractiva. Es algo que varía de generación en generación, pero que suele combinar elementos comunes como la pedagogía, el tipo de animación, los colores, los movimientos, y la estética. “Peppa Pig, por ejemplo, en medio de su estética es muy coherente que impacta a los niños que tiene mucho que ver con la capacidad de dibujo que puede tener un niño en esa edad. A medida que va pasando el tiempo, los niños están buscando otro tipo de lenguaje, uno ve cómo los peladitos se enganchan con Ben 10, cómo buscan como con la nueva onda de apertura de género, salirse un poquito de ese cliché y tornar a series con animales”, dice Ríos.

Franja de programación

Un elemento del que solemos olvidarnos es de la influencia de las franjas y parrillas de programación televisivas. Para Ríos, de nada sirve si uno tiene una serie animada buenísima pero la pasan todos los días a las 11 de la mañana cuando los niños están en el colegio. Se ha demostrado que los horarios prime para las series de dibujitos suelen ser las primeras horas de la mañana los fines de semana y las tardes entre semana. Así que, según Ríos, lo más probable es que esa serie insignia de tu generación fuera la que se transmitía en esos horarios.

Aún así, insignias o no, los “muñequitos”, para la doctora Salamanca tienen “literalmente” los mismos efectos en los niños que una adicción. Suelen volver más pasivas a las personas, retener la memoria a corto y largo plazo y a crear burbujas que escapan de la realidad. “Uno puede ver sudoración en las manos, palpitaciones, ojos llorosos, situaciones físicas en términos de ansiedad iguales, solo piensan en eso, se vuelven pasivos y ansiosos en su entorno”. Así que eso lo resume, básicamente todos en algún momento tuvimos como drogas de preferencia a dibujos animados.

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