¿Por qué el tráfico saca lo peor de la humanidad?


Artículo publicado por VICE México.

Hace un par de días estaba hablando con un amigo sobre el tráfico de la Ciudad de México, la ciudad que más padece este mal en todo el mundo. Él, con un poco de preocupación, me decía que no entendía lo que le sucedía detrás del volante: “Tú me conoces, sabes cómo soy, tranquilo y sin problemas, pero en el momento en el que alguien se me mete o hace algo ilegal en mi cara, de verdad, la pierdo. Deseo su muerte, que se le joda el resto de su vida sin pensarlo ni arrepentirme. Miento madres y mi paz interior se esfuma por completo”.

Lejos de ser una respuesta agresiva, ¿Es posible juzgarlo? ¿alguien podría tirar la primera piedra, siendo libre de pecado? No creo. Todos sabemos exactamente que esto es sólo un síntoma natural de la sobrepoblación automovilística de la Ciudad de México y las nulas ganas por usar transporte público. Pero, ¿por qué somos así? ¿por qué el manejar, los coches y el tráfico sacan lo peor de la cotidianeidad humana? Tanto aquél persona que se mete, como la respuesta de desmedida de odio por parte de mi amistad, como yo y cualquier otra persona que pueda estar detrás del volante.



Podría parecer una simple cadena de causas y efectos lo que crea el conflicto entre los automovilistas. Pero, de fondo, hay un choque no sólo entre una fascia y una defensa. Uno que tiene que ver con cómo comprendemos la propiedad privada, el territorio, la libertad y los derechos y obligaciones que tenemos como individuos frente al bien social. No puedo evitar pensar en el dilema antropológico de los contractualistas Hobbes y Rousseau: “El hombre es el lobo del hombre”, de Thomas Hobbes; y “El hombre solitario”, de Rousseau.

En síntesis, Hobbes creía que el estado de derecho, el contrato social que todos “firmamos” para formar parte de una sociedad, nace como necesidad para evitar el caos que se daba en los inicios de la sociedad donde todos los hombres, en busca de su propia preservación y cumplimiento de sus deseos individuales, se pisoteaban entre sí. Rousseau, por su parte, creía que el hombre natural era solitario y siempre tuvo “desprecio por el sufrimiento de sus semejantes”, según se lee en el Discurso sobre los orígenes de la desigualdad entre los hombres, es decir, el hombre no es malo por naturaleza como Hobbes señala, pero el estado social nace cuando el estado de natural deja de ser practicable por las dimensiones de la sociedad. Para él, todo hombre nace libre, individual y socialmente, pero “la historia de la humanidad no es evolución sino degeneración”. El punto que es importante ilustrar entre estos dos autores para entender el odio hacía tu vecino automovilista, surge en la comprensión y choque entre nuestro instinto territorial natural con los artificios de la sociedad moderna.

Nuestro coche puede ser comprendido como una extensión de nuestra casa. Especialmente si vives en la CDMX donde puedes llegar a pasar más de dos horas diarias en el tráfico solamente por ir a trabajar y regresar, éste es más que solamente un medio de transporte. Como tal, lo apropias, se vuelve una extensión de ti a través de pequeñas cosas con las que lo vas adornando y tratando —su olor, estampas, basura ancestral, son parte de este entorno familiar que te pertenece—. Y por tanto, cuando puedes sentir amenazado este espacio por un tercero tu instinto más básico es defenderlo. De ahí, en gran parte, se puede aducir el desmedido enojo de mi amistad cuando alguien no cumple con las reglas al igual que él. El hombre primitivo que defiende lo que declara como propio. De cierta manera, no sólo el coche sino también el respeto a las reglas comunales son de todos y para todos.



Estar en el tráfico ilustra el punto de Hobbes y Rousseau: nos vemos obligados a cumplir con las reglas de circulación de la ciudad por mera necesidad para que todos puedan hacerlo pacíficamente. Pero de todos modos, queda expreso de sobra que la gente trata el espacio público como propio. En el tráfico las personas actúan como “el lobo del hombre”, al mismo tiempo que en el tumulto de miles de coches atrapados en Insurgentes, el hombre se encuentra terriblemente solo. La anonimidad del coche, camión o tráiler presenta una extraña suspensión moral de las reglas que uno cumple si todos pueden ver y juzgar tu cara mientras lo haces.

Rousseau creía que el orden social es cualquier cosa menos natural, una imposición deformativa de la individualidad y libertad del hombre surgida a partir de las convenciones sociales. Entonces, no es de extrañar que cuando uno se siente en “casa” en su coche, psicológicamente regrese a dicho estado natural solitario donde el conflicto entre personas es poco o nulo. El coche, en el tráfico, genera un conflicto entre las dos esferas: el instinto natural de poder contra la preservación social.

Para atender esta problemática desde el lado de la psicología, en situaciones donde la gente interactúa, es común observar que las personas nos involucremos en una dinámica de competencia que prevalece hasta nuestros días: “la ley de la selva”, porque estamos en una constante demostración de superioridad ante los demás, dejando en claro que los mecanismos de sobrevivencia están estrechamente vinculados con el temor o el miedo.



El estado natural o las instancias reactivas que surgen del tráfico, nos conducen a un estado de constante alerta sobre nuestro entorno; añadiendo a esto el conflicto con nosotros mismos, fruto de estar atrapado sin poder salir, generándonos ansiedad u otros trastornos.

En conclusión, estar en el tráfico saca lo peor de la humanidad porque pone en conflicto nuestra naturaleza individual contra la necesidad del orden social.


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