En contra de la homofobia costeña: así resiste el movimiento LGBTI en Cartagena


Artículo publicado por VICE Colombia.


Frente a la Gobernación de Bolívar, en el kilómetro 3 vía Turbaco, unas siete personas posaban para una foto mientras sostenían una bandera de arcoíris. Eran las 2:30 de la tarde de un jueves de noviembre y con la foto terminaba el plantón organizado por ‘Calleshortbus’, un colectivo LGBT cartagenero. Habían llegado cinco horas antes para exigirle a la Gobernación que implementara la “Política pública en diversidad sexual y de género”, un documento que tiene tres años de expedición y ninguno de implementación.

Ahora, después de haberse reunido con funcionarios de la Gobernación, se preparaban para irse, no sin antes posar para una foto que sirviera de recuerdo del día, del plantón. Fue suficiente levantar la bandera, izarla a ras del suelo, para que los chiflidos y las miradas les llegaran como proyectiles desde la avenida sobre la que estaba la gobernación. Para que se soltara la “papayera”, como le dicen en Cartagena. Un “aaaaayyy” cantado, amanerado, salió del copiloto de una moto y retumbó en el aire. Un carro frenó en seco justo antes de atropellar otra moto, porque su conductor no la había visto: se quedó mirando sin parpadear a los siete jóvenes que sostenían la tela de colores.

Ellos, tras la bandera, le quitaban todo el impulso violento a las burlas con risas y respuestas ingeniosas. Era un episodio más de un juego que saben jugar.

Saber cuántas personas LGBT habitan en Cartagena, en Bolívar, o incluso en el país, es un dato oficial que no existe, una tarea a la que el Dane, la entidad encargada de los censos, todavía no le ha parado suficientes bolas. El Dane no es la única. En muchas otras instituciones del país los temas relacionados con la población LGBT son asuntos de segunda, sobre los que a veces incluso hay documentos y leyes pero de los que poco o nada se aplica. La situación es peor en la periferia, donde a menudo la corrupción se agudiza y va truncando los procesos de las instituciones. Allí donde también el machismo y la homofobia parecen tener más fuerza.

“Bienvenida a la realidad de la costa, mi amor”, me diría Christian Howard, integrante y uno de los fundadores de ‘Calleshortbus’ después de explicarme el largo proceso que vendría ahora que parecía haber voluntad para implementar la política pública en cuestión. La misma que llevaba tres años encajonada.

En medio de la inoperatividad y la discriminación institucional contra la que luchan, el trabajo de ‘Calleshortbus’ se ha mantenido más o menos constante durante los últimos 10 años, desde que un cartel con la lista de “los maricas de la facultad de ciencias humanas”, puesta en uno de los baños de la Universidad de Cartagena, motivó su creación. “Yo venía de todo un trauma del bachillerato, yo no me reconocía como gay pero ya sabía lo que le podían hacer a un gay. Y yo dije, ‘yo no quiero vivir esta experiencia aquí en la universidad, cinco años más de esto no va más'”, dice sobre los inicios del grupo Howard, como lo llaman sus amigos.

Así fue que en 2007 él y otros dos estudiantes crearon ‘Calleshortbus’ que, en sus inicios, era solo un blog y un perfil de Facebook para compartir textos. Del blog pasaron a hacer charlas sobre temas como el VIH, el aborto y la adopción por parejas del mismo sexo. Entre las charlas y las solicitudes de amistad en Facebook fueron llegando otros integrantes al grupo que se iba convirtiendo en la organización que es hoy, tal vez la única en Cartagena dedicada a temas LGBT desde que Caribe Afirmativo trasladó su operación a Barranquilla.

No obstante, varios de los miembros de ‘Calleshortbus’, o al menos varios de los que estaban presentes el día del plantón, parecen haber llegado sobre todo de la mano de Christian Howard, un hombre alto, moreno, de afro que ya reconocen en la ciudad como un líder del movimiento LGBT y que, a menudo, parece ser una especie de “cuidador” dentro del grupo. Una figura casi maternal.

“Quien conoce a Howard hace como una conexión con él y luego Howard intenta mostrarte lo que hace, luego te vincula y cuando tú menos lo esperas…”, dice Daniela Sanjuan antes de reírse y terminar con un “no, mentiras”. Daniela, que hace parte de ‘Calleshortbus’ desde 2011, conoció a Howard en el restaurante de la Universidad de Cartagena. “Lo conocí en una pelea y fue amor a primera vista”, dice y me explica que Howard peleaba en la entrada del restaurante porque se rehusaba a pagar los 300 pesos que le cobraban por el almuerzo, tenía que ser gratis, alegaba. “Es como tiene que ser”, responde Howard cuando Daniela termina con la historia. Ese fue el primero de varios encuentros que finalmente la llevaron a vincularse en la organización y encabezar hoy parte del trabajo que ‘Calleshortbus’ adelanta con mujeres lesbianas en Cartagena.

Lo mismo pasó con Jhoselyth, una mujer trans que conoció a Howard cuando aún estaba en el colegio y no se identificaba como trans. “Christian vivía muy cerca de mi casa y él siempre me veía y pensaba que yo no era gay sino trans. Yo no sabía en esos momentos ni qué era gay ni qué era trans. A mí me gustaban los hombres. Christian me hablaba y me invitaba a reuniones, yo le decía que sí, pero nunca iba”. Un día finalmente fue y terminó vinculada a ‘Calleshortbus’. Así fue hasta que llegó ‘Macabras empoderadas’, una organización que crearon ella y otras mujeres trans este año.

“Yo no quiero quedar como el que dijo que ella era trans. No, fue como revelarle que se parecía mucho a esto”, me dice Howard cuando le pregunto sobre lo que Jhoselyth me cuenta. Los tres estamos sentados en la terraza de la casa de Daniela, la siguiente parada después del plantón. “Para mí fue una ayuda —responde Jhoselyth—. Yo lo sentía, me sentía mujer”.

A Howard por su parte, le preocupa que la figura que le digo que parece proyectar suene “asistencialista”, aunque confiesa que sí le gusta buscar y apoyar a quien lo necesita. “Yo creo que uno finalmente se empieza a rodear de la gente con la que se identifica. En la ciudad ahora que la gente sabe que soy gay y hago activismo, hay gays que siguen en su clóset, que no son gays con otras personas, pero que se comportan como gays conmigo”, dice.

Y es que salir del clóset casi nunca, en ningún lugar del mundo, es una situación sencilla. Implica romper ideas preconcebidas, enfrentarse a los prejuicios y rechazos de los cercanos y de los lejanos, llenarse de valor para lidiar con las miradas y los comentarios. Pero en contextos donde el machismo y la homofobia están más arraigados y son más permitidos, salir del clóset muchas veces significa dar batallas diarias e incluso apostarse la vida. Es más difícil en países como Colombia en los que la mayoría de la gente se ajusta a ideas religiosas homofóbicas y en las que la tendencia ideológica dominante es conservadora. Pasa aún más en regiones de Colombia, como la costa, donde la masculinidad parece construirse con más agresividad y rechazar más tajantemente lo diferente.

En 2012, por ejemplo, circuló por el sector Escallón Villa, en el sur de Cartagena, un panfleto que advertía una limpieza social para acabar con los gays que estaban “invadiendo” el barrio. No ha sido el único. Y en 2016 la organización Caribe Afirmativo informaba que Bolívar tenía las peores cifras de homicidios a personas LGBT en el Caribe, de dos o tres casos que se reportaron en 2015, pasaron a seis en 2016.

Por su parte, todos los miembros de ‘Calleshortbus’ con los que hablé calificaron a Cartagena como una ciudad machista y homofóbica.

“Es una lucha diaria. Tú sigues siendo el chiste, el punto flaco de la familia. Te toca esforzarte el doble para ganar cierto valor simbólico y eso no te garantiza nada. Tienes que cuidarte del mototaxista, cuidarte de los taxis en que te subes, cuidarte de que no se te note en un bus, por ejemplo, porque eso te expone aún más. Son muchas cosas”, me dice Julio César Márquez, un joven cartagenero que hace ocho años es parte de la organización.

Para Daniela, la violencia llegó en forma de una suegra que la seguía por la ciudad y de un incidente en el que tuvo que explicarle públicamente a varios funcionarios de su EPS —incluido el doctor que le dijo que buscara de Dios— que no podía estar embarazada porque no tenía sexo con hombres. Para Jhoselyth, la violencia llegó en forma de insultos y de un taxista que se desvió de su destino y del que alcanzó a huir antes de que la alcanzara con el gato del carro.

La cosa es peor, me dicen, cuando eres “negro, marica y pobre”. “Negra, marica y puta”, agrega Daniela.

Paradójicamente, en medio de la violencia y la homofobia, Cartagena tiene un lugar que se ha constituido como una zona segura para la población LGBT. El turismo —que cada vez más atrae a población sexualmente diversa a la ciudad— y la presencia de instituciones y universidades, han hecho del centro histórico un lugar más amable para las personas con orientaciones sexuales diversas. Muchos de ellos me confesaron que no les daba miedo andar de la mano o darse besos mientras paseaban en el centro, dentro de la muralla. Pero hacerlo estando afuera, en la periferia de Cartagena, era algo que se pensaban dos veces y que preferían no hacer.

La mayoría de ellos sienten que el centro les da permiso para ser quienes son porque no hay tantas miradas, tantos insultos ni tantos rechazos. Pero también, dicen, es una burbuja, que muestra una cara de Cartagena que no es la de sus barrios, la de los cartageneros. “Porque en últimas el centro es una vitrina, ¿no? Que está mostrando a Cartagena y la vende”, me dijo Julio César.

Y aún así, la muralla no los ha librado del todo de situaciones de violencia. En una ocasión, me cuentan, una pareja de chicos estaban juntos en la muralla cuando se encontraron con unos policías y terminaron golpeados. En otra, una pareja de chicas se estaban dando un beso en las bóvedas cuando llegaron cerca de cuatro patrullas respondiendo al llamado que una vecina hizo a la policía. Y todos los años, me dicen, las agresiones son brutales a las mujeres trans que marchan en noviembre en la semana de las fiestas de independencia de Cartagena.

Cuando le pregunto a Joselyth sobre el centro, no me responde igual que los demás. Para ella, hay algunos sitios del centro que sí son seguros, “donde está Christian Howard, donde están los de la comunidad, los que me conocen”, me dice. Pero hay otros que no y me cuenta que son sobre todo donde hay otras mujeres trans. “Ay, que me perdonen porque en verdad no las estoy discriminando ni nada, porque yo amo a todas mis chicas trans, pero entonces si yo estoy por ahí me dicen que me estoy prostituyendo y que tengo que pagar una tarifa. Y no lo estoy haciendo, estoy esperando el transporte”, cuenta.

Mientras voy hablando con uno y con otra, me doy cuenta de que las relaciones e interacciones entre ellos son las propias de una familia. Hay un sancocho que se prepara para todos, hay unos que le preguntan a otros si tienen plata para coger un bus y les dan 2.000 o 5.000 pesos para que vayan a la reunión o se puedan devolver del plantón. Se cuidan, se elogian, son cómplices, cuidadores, confidentes y admiradores.

Howard me cuenta con dolor la vez que vio cómo todos los pasajeros de un bus le gritaron a Jhoselyth toda clase de insultos. “Yo creo que un cachaco nunca ha visto ese nivel de violencia”, me dice. Jhoselyth le dice que no sabe cómo se acuerda de eso y que la va a hacer llorar. Howard habla del episodio con el dolor de quien ve a una hermana ser discriminada. Pero todo lo recuerdan con la cabeza en alto. No hay humillación ni vergüenza, hay procesos y un grupo de personas cercanas que se quiere y se apoya.

Así, con esa familiaridad y el blindaje que les da estar arropados por una red de apoyo es que enfrentan la violencia verbal con la que los atacan en Cartagena, que soportan los insultos, las agresiones y las discriminaciones. Es gracias a que se tienen los unos a los otros que cuando les chiflan y tratan de ridiculizarlos pueden responder con una sonrisa y con una burla de vuelta.

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