Menos linchamiento social, más justicia


Artículo publicado por VICE Colombia.


*Esta es una columna de ficción inspirada en recientes denuncias de violencia de género en Colombia.

Trescientas treinta mujeres llegaron pausadas a la sede de la Fiscalía. No se conocían, e intentaron no mirarse mucho a los ojos. Como una cadena, cada una que salía, los ojos hinchados y rojos, reconocía en la siguiente la marca del terror. El edificio estaba silencioso como nunca antes, al punto en que podía oírse en craquear agudo y metálico de la enorme pieza del rompecabezas escurriéndose por la fachada. Querría esconderse. En las salas, funcionarios cansados hacían preguntas morbosas, por el bien de la investigación, y construían, para cada mujer, una historia de vida que justificara la agresión. En algunas otras, intentaban construir el perfil del Agresor a partir del placer de las víctimas:

—¿Cómo era El Agresor cuando hablaban por WhatsApp?
—Amable.
—Y, ¿eso le gustaba?
—Claro, ¿a quién no le gustaría?
—¿El Agresor parecía enamorado?
—El Agresor tiene nombre y todos aquí lo conocemos.
—Señorita López, por favor, responda la pregunta.
—No sé si estaba enamorado.
—Pero, ¿lo parecía?

Por toda la ciudad, un colectivo de activistas de movilidad se rasgaba las vestiduras en el grupo de WhatsApp. Las primeras en salir fueron las mujeres. Los hombres que restaron se dividieron en dos: los que defendían que todo el mundo es inocente hasta que se compruebe lo contrario, y los que querían separar al hombre de su obra. La conversación se dió más o menos así:

—Femimovilidad: Como grupo no podemos tolerar este tipo de casos, debemos manifestarnos y apoyar a las víctimas. No pasarán.

—Capitanes de la Justicia: No sabemos si sí lo hizo, lo están acusando injustamente. Debemos esperar los resultados de la investigación.

—Los Tibios: Debemos manifestar públicamente nuestro repudio a este tipo de acciones, pero no perdamos de vista lo que ha hecho El Agresor en términos de movilidad y acceso en la ciudad. Es un visionario (que se equivocó).

En su casa, El Agresor practicaba opciones conocidas de defensa. Me calumnian, pensaba, los videos no son míos, vea que yo no aparezco. Me están incriminando, gritaba para sí mismo frente al espejo. Intentó llorar, pero le dio risa. Declamó para sí mismo un discurso en el que elevaba sus trabajos comunitarios, su histórico activista, cívico; aprovechó para contar que había crecido en una casa llena de mujeres y dejó colarse hasta un “mi abuelita” sentido. Pensó que, en último caso, declararía que había amado a algunas de esas mujeres. O tal vez que algunas de ellas habían manifestado sentir placer con un juego de rol. Se fue a dormir tranquilo, sabiendo que la justicia estaba de su lado.

http://bit.ly/2Ak537z

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