Primer día de clase de un profesor asociado decidido a ganarse sus 296 euros netos de sueldo


Este año me ha tocado dar Derecho Constitucional II en Primero de Derecho (segundo cuatrimestre). La asignatura trata las altas instituciones del Estado (Corona, Cortes Generales, Gobierno, Tribunal Constitucional…), la estructura del Poder Judicial y el Estado autonómico. Una temática excelente para despertar el espíritu crítico de los alumnos, planteándoles la utilidad de instituciones tales como el Senado o la Corona y poniéndola en relación con sus millonarios costes. También es interesante reflexionar sobre la elección política directa de los miembros del Consejo General del Poder Judicial, y la consiguiente elección política indirecta de los magistrados del Tribunal Supremo (los parlamentarios eligen a los integrantes del Consejo y el Consejo, que ejerce funciones de gobierno sobre todos los jueces españoles, nombra a los magistrados del Tribunal Supremo). Y más estimulante si cabe es poner en conexión ese sistema de elección y las sentencias del Tribunal Supremo sobre cláusulas suelo o gastos hipotecarios (entre otras). Llama la atención que un tribunal extranjero, como es el Tribunal de Justicia de la Unión Europea, deba proteger los derechos de los ciudadanos españoles que previamente ha desamparado nuestro más alto tribunal.

La Facultad de Derecho de la Universidad de Murcia siempre ha sido gris y encorsetada (dejando aparte a un sector del profesorado lamentablemente minoritario). Están los profesores que, por su propia forma de ver la vida, son profundamente conservadores, amantes de la jerarquía, el orden establecido y las distancias con los alumnos. Luego están los profesores que, no por ideología sino por conveniencia, defienden a ultranza la visión más enmohecida del sistema porque tienen despachos de abogados especializados en defender a altos cargos del PP imputados por corrupción o reciben cuantiosas subvenciones del Gobierno regional.

Esto deriva en que la mayoría de las asignaturas se impartan de una forma acrítica, ciñéndose a una exposición de las normas vigentes sin plantear su justicia o las alternativas frente a las mismas y, las pocas veces que se hacen juicios de valor, son alabanzas a “Su Majestad el Rey” o frases frases de peloteo análogas hacia otras autoridades, a pesar de que Felipe “El Preparao” no esté en clase y le importe un comino lo que allí se diga. Del mismo modo, se inculca al alumno que el profesor siempre tiene razón, y que no conviene buscarle las cosquillas por razones obvias. Dentro de esta dinámica general, hay profesores que se preparan las clases o tienen una gran experiencia en darlas y, al menos, las hacen algo interesantes. Y luego están los que leen el libro o los apuntes como robots, durmiendo a las ovejas. Cuestión aparte son los docentes que, en clases de Derecho privado, se dedican a comentar discursos del Papa porque quieren evangelizar al alumnado.

Pues bien, llegué a una clase repleta de alumnos (el año pasado el índice de suspensos fue alto y me ha tocado un curso superpoblado) y empezamos a hablar de la Corona. Les di un dato erróneo (que el hermano de la actual reina de Inglaterra se casó con una mujer vinculada al nazismo y por ello renunció al trono) esperando que me corrigieran pero, aunque muchos se dieron cuenta, nadie dijo nada. Luego al final de la clase se lo confesé y les pedí que siempre que percibiesen un error por mi parte (aunque esperaba no tenerlos) me lo dijeran con total libertad.

Hablamos de la sucesión a la Corona, y les dije que en mi opinión no tenía sentido reformar la Constitución para que la mujer estuviese en pie de igualdad a la hora de heredar el título de rey, pues tan discriminatorio como postergar a alguien por su sexo, es postergarle por haber nacido en una familia “no real”. Les comenté que, en mi opinión, cualquier reforma constitucional debía aprovecharse para eliminar ambas discriminaciones y abolir la monarquía. Entonces una alumna me respondió que nuestra monarquía es la más barata de Europa, a lo que yo le repliqué que si ponía en relación el coste de la monarquía con nuestro PIB (muy inferior al de esos otros países) el coste proporcional podía ser incluso mayor. También le dije que todavía mejor que sustituir al rey por un Jefe de Estado democráticamente electo, era eliminar la institución y no sustituirla por ninguna, ya que todas las funciones simbólicas y protocolarias que desarrolla, podía asumirlas el presidente del gobierno (y le puse como ejemplo los numerosos países lationamericanos, y algunos europeos, que no cargan con el coste absurdo de un Jefe de Estado “de adorno”).

Después llegamos a las prerrogativas regias, y comencé a explicarles que el rey es inviolable, hablándoles de los delitos específicos que castigan los ataques al rey (como las injurias a la Corona) y del hecho de que el rey puede cometer los delitos que desee sin que nadie pueda investigarle. Les dije que Europa ya nos ha condenado por encarcelar a gente que dijo cosas ofensivas respecto del rey, porque nadie debe ir a la cárcel por insultar u ofender, y prueba de ello es que ningún español irá a la cárcel por insultar a su vecino…salvo si es el rey. Entonces una alumna me dijo que Otegi fue condenado por esas injurias pero era un terrorista, y que que no se puede insultar al Jefe de Estado porque nos representa a todos. Le respondí que, una vez cumplida su pena por terrorismo, Otegi se merece el mismo trato que cualquier español ante los tribunales, y que a las instituciones no se las protege encarcelando gente, sino dignificándolas con el comportamiento ejemplar de sus titulares.

Nos quedaba poco tiempo y aproveché los últimos minutos para decirles que el debate libre era lo más hermoso de la universidad, y que me encantaba que diesen sus opiniones independientemente de su contenido, porque comparando ideas es como el individuo logra elegir las mejores para él. Les dije que el partido que más me repugna es Vox, pero que jamás tomaría represalias contra un alumno por defenderlo (o defender sus ideas) en clase, ya que hay determinados principios sin los cuales ningún sistema puede funcionar, y uno de ellos es el de no discriminación (ni privilegio) por razones ideológicas o afiliación política.

Y me fui de clase con una felicidad que hacía mucho que no sentía. San Agustín decía que la Iglesia era “santa y prostituta”. Lo mismo puede decirse de la universidad (cambiando prostituta por podrida). Su parte luminosa se encuentra en las aulas donde los alumnos (si les dejan) amueblan su mente y forman su criterio, donde aprenden lo que es la libertad y descubren ideales. La parte podrida se encuentra en los despachos donde se habla de qué enchufado va a ocupar la próxima plaza que se oferte, y si el discípulo del catedrático fulano tiene prioridad porque el catedrático mengano ya enchufó a su amante en la anterior convocatoria. Realmente, yo pagaría por dar clase. Me estimula, me reconcilia con la humanidad y me desintoxica del ambiente viciado de los juzgados. Aunque espero que no se enteren en la universidad, porque son capaces de quitarme mi sueldo de 296 euros netos al mes.

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