Salir con un chef me convenció de que no quiero volver a salir con uno jamás


Artículo publicado originalmente por Munchies Francia.

Si me hubieras dicho en la preparatoria que los aprendices de cocina llenos de acné con los que tomaba el autobús todos los días se convertirían en los machos alfa de mi vida nocturna diez años más tarde, probablemente habría soltado una carcajada. En primer lugar, porque mi interés personal en los alimentos (ya insignificante en aquel momento) tuvo pocos avances milagrosos durante mis cuatro años de educación superior, a los que sobreviví exclusivamente con Cheetos.

Y en segundo lugar, porque hace diez años, la figura del jefe de cocina francesa, (como era retratada en la cultura popular) era Maïté, Jean-Pierre Coffe, o Joël Robuchon del programa de televisión francesa Bon Appétit Bien Sûr. Su promesa: el tipo de cocina llena de salsas y carnes, tan pesada como los chistes que los torpes aspirantes a chefs hacían cada mañana en el autobús escolar.

Es difícil explicar cómo, en los corazones de las chicas, los chefs finalmente le quitaron el centro de atención al DJ arquetípico en bancarrota o a los tipos de ventas en Colette. ¿Será por los increíbles programas de televisión de Anthony Bourdain? ¿Es una consecuencia directa de la tendencia del porno de alimentos? ¿De la apertura de Septime? ¿De la actuación de Pierre de Sang en Top Chef? ¿Los chefs le deben su creciente atractivo sexual a Darwin, o al genio anónimo detrás de Fais-moi une piperade

Conforme escribo estas palabras, la fantasía del chef alegre, sofisticado, creativo y ecoconsciente está ganando terreno, y ha generado un número impresionante de groupies. Sophie Marceau ha sucumbido al acento atractivo de un chef de la televisión francesa. Grace Coddington se está tomando fotos de fan con David Chang. Y R. Kelly está cantando las alegrías de hacer la 69 sobre estufas de inducción y otras fiestas nudistas en la legendaria In the Kitchen.

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Muy rápidamente, quedé atrapada en una especie de tornado rabelesiano, dentro del cual se arremolinaban botellas magnum de vinos grand cru, embutidos de lujo, y bromas interminables sobre penes.

Y luego estoy yo, que, durante seis meses estuve enamorada de un tipo que preparaba sándwiches italianos tan sabrosos que podría haber matado por ellos. Iba a su tienda todos los días en el almuerzo y lo veía cortar prosciutto como si fuera porno en vivo.

Fue alrededor de ese tiempo, en una noche congelada de febrero que los dioses hicieron que los caminos de mi chef y el mío se cruzaran afuera de algún bar de mala muerte. “¿Quieres ver algo gracioso?”, me dijo, a modo de introducción. De pronto estaba arremangándose su suéter, dejando al descubierto los antebrazos de un vikingo, así como un majestuoso tatuaje de escudo de armas de su tierra natal. Inmediatamente reconocí el emblema: éramos de la misma región. Un gin & tonic, dos Ricards, y cinco o seis shots misteriosos más tarde, descubrí que había trabajado en algunas de las cocinas con mayor reputación de la ciudad, que nunca había visto Game of Thrones (a pesar de su asombroso parecido a uno de los héroes más viriles de la serie), y lo más importante, que quería volver a verme.

Es así como, finalmente, me encontré, a mitad de un partido de rugby, en medio de una turba de varias generaciones de chicos con mejillas ruborizadas, acentos sureños, y una preferencia por llamarme “la chica” en lugar de tomarse la molestia de recordar mi nombre. Muy rápidamente, quedé atrapada en una especie de tornado rabelesiano, dentro del cual se arremolinaban botellas magnum de vinos grand cru, embutidos de lujo, y bromas interminables sobre penes. Jueces de programas de cocina, chefs premiados, sus prodigios más prometedores… tenía, ante mis ojos, a los preferidos de la cocina francesa emborrachándose, bebiendo cerveza de cascos de motocicleta, e intentando hijinks inspirados en Jackass que solo parecen una buena idea cuando tienes ocho gramos de alcohol en la sangre. Me quedé sorprendida: a no menos de 800 kilómetros de distancia de mi nativo País Vasco, había de alguna manera puesto un pie dentro de un vórtice de espacio-tiempo y aterricé en el interior del infierno interminable de la

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Fêtes de Bayonne.

Durante cuatro meses, mis noches fueron esencialmente recreaciones de la película La Grande Bouffe, con todo y el deseo de muerte; solo faltaban las prostitutas. Era algo así como: beber, comer, beber de nuevo, zigzaguear peligrosamente hacia otro lugar, pedir todo en el menú de tapas en un bar elegante, comerlas en ocho minutos, ir a saludar en la cocina de otro establecimiento, comer un poco más, salir con cejas afeitadas, pedir otra botella doble, subir a la barra en un restaurante gastronómico, y golpearte el pecho. Llegábamos sin previo aviso a un restaurante con exceso de reservaciones, conseguíamos la mejor mesa, y ni siquiera mirábamos el menú. El chef recibía a mis nuevos amigos golpeándolos con una toalla de cocina, luego mandaba docenas de platillos exquisitamente refinados que ni siquiera figuraban en el menú.

Es triste decirlo, pero al final mi chef y yo nunca logramos intercambiar más de cuatro frases seguidas. Rápidamente me di cuenta de que la comida era su principal medio de expresión.

Por desgracia, esta orgía de sabores se llevó a cabo dentro de un completo vacío intelectual. Las conversaciones, aunque a veces decoradas con consideraciones políticas hediondas de la ideología del Frente Nacional (Por ejemplo: “¡Ya veremos quién ríe en 2017!”), se centraron solo en el mundo de la comida. En cuatro meses de noviazgo, estaba al tanto de todo el chisme jugoso, incluyendo la historia de un cierto magnate del petróleo que reservó dos pisos de un palacio en París, y contrató a un chef personal para trabajar en la cocina durante toda su estancia. Totalmente paranoico, la leyenda dice que solo usaba productos importados de los Emiratos Árabes Unidos, que consistían sobre todo en tarros de salsa boloñesa Panzani con etiquetas en árabe. Una vez, un cliente pidió que la cocina permaneciera abierta hasta que volviera. Puesto que nunca regresó, el magnate le dio a los empleados que se quedaron despiertos toda la noche una propina equivalente a un mes de trabajo.

Invariablemente, siempre terminábamos en su club favorito de “tres pisos y tres DJs”, donde la banda estridente interpretaba Les Lacs du Connemara y tomaba Jagerbombs hasta que perdía el conocimiento.

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Es triste decirlo, pero al final mi chef y yo nunca logramos intercambiar más de cuatro frases seguidas. Rápidamente me di cuenta de que la comida era su principal medio de expresión. Colocar una trufa del tamaño de una pelota de tenis en la parte superior de mis huevos, alimentarme con foie gras hasta que no pudiera más, era su forma de decir que le gustaba. Nuestra relación era una bacanal perfectamente ensayada, que él cancelaba cada que estaba demasiado crudo.

La noche que lo vi tambalearse a mitad de la calle y estrellar su casco de motocicleta en el parabrisas del auto que simplemente le había tocado el claxon, decidí que era hora de volver a casa. La realidad había alcanzado mis fantasías; la realidad de un universo alienante, donde los principales guardianes de la excelencia gastronómica pasan 12 horas al día y seis días a la semana al interior de cocinas premiadas, y así sacrifican su hígado y sus buenos modales con tal de crear platillos cuyos sabores sutiles contrastan fuertemente con la bajeza de su condición.

Y no puedo agradecerles lo suficiente por eso.

Artículo publicado originalmente en 2016.

http://bit.ly/2DSkExj

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