Así fue crecer al lado del vertedero de basura más grande de Colombia


Artículo publicado por VICE Colombia.


Mis abuelos llegaron aquí hace un poco más de 30 años. Mi abuela Ana* me cuenta que antes vivían en un barrio de Suba donde mi abuelo Pedro* trabajaba en una panadería. Según ella, muchos chismes empezaron a correr en esa época sobre lotes baratos acá en El Mochuelo Bajo, que queda a un poco más de cinco kilómetros de distancia del Relleno Sanitario de Doña Juana. El lote donde construyeron la que sería nuestra casa por mucho tiempo les costó como 100.000 pesos.

Mi abuela dice que apenas llegaron el olor del relleno no era tan fuerte. Mi abuelo estaba feliz de tener la casa en un lote que había comprado para llevar a “su mujer”, así no tuvieran agua potable ni redes eléctricas. Sin embargo, el relleno estaba ahí, y aunque no parecía, era una parte importante de la ciudad. Una montañita que iba a crecer hasta albergar las casi 6.000 toneladas diarias de basura que producen los ocho millones de habitantes de la ciudad.

Pero como mis abuelos, la gente empezó a ocupar los barrios cercanos al relleno de forma desordenada, construyendo las casas con latas, ladrillos, y hasta materiales reciclados. Y desde entonces —aunque acá nunca llega el DANE y hace mucho no hacen un censo como se debe— en todo Mochuelo Bajo somos como 9.000 personas. Toda mi vida la he pasado acá y a lo largo de mis 17 años he visto que mi barrio ha cambiado mucho. Yo siento que cada vez hay más población y que cada vez hay más niños.

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No solo crecemos nosotros, sino que el relleno también. Doña Juana ahora es gigante: hay más fábricas a nuestro alrededor, más tiendas que antes escaseaban y huele más y más. Mi abuelo ahora trabaja en una fábrica de ladrillos y mi abuela atiende el negocio que tiene bajo su casa. Lo atiende cargando su tanque de oxígeno de lado a lado.

Ahora ella dice que sufre de todas enfermedades. Le empezaron cuando tenía como 40 años y afectaron su corazón, sus pulmones, y su cabeza. Ella trabajó sirviendo comida para los trabajadores del relleno y, a causa de los olores, sufre de jaquecas agudas y constantes. Tiene neumonía y dolor en las articulaciones a causa del frío de la montaña y cuando nos habla sin su tanque de oxígeno su voz se agita, como si sus pulmones no aguantaran la presión.

Yo todavía no me he enfermado por el relleno. Eso le pasa más que todo a los niños y a los ancianos del barrio, les da mucha gripa y mucho mareo. Pero sí me siento mal a veces, y otras veces me da igual. Todos los días veo cómo crece el vertedero, cuando voy de camino al colegio, e incluso un amigo mío dejó de asistir a clases porque los olores lo dejaron mal. Aún así somos de los suertudos. Mi abuela casi nunca tuvo que llevar ni a mi tía ni a mi mamá a los centros de higiene, las clínicas que quedan allá arriba en Mochuelo Alto. Yo tampoco he sufrido de nada grave, pero muchos de nuestros vecinos no tienen tanta suerte y casi todos culpan al botadero.

El olor nos trastorna a todos, unos días más que otros, hemos pasado tardes en las que no nos aguantamos y nos toca encerrarnos en la casa tapando los orificios de las puertas y las ventanas. La cosa empeora cuando llegan mensualmente a revolver a la basura, se alborota el olor y se alborotan las moscas.

Y todo podría empeorar. La semana pasada anunciaron que la administración de la ciudad y los encargados del relleno planean extender su vida útil por 37 años. Desde ya hay mucha gente y muchos camiones que se preparan para ampliar el vertedero para que dure hasta 2070. Antes pensábamos que el otro año, o en 2022, Doña Juana iba a cerrar, pero ahora va a seguir creciendo y eso nos tiene muy asustados. Es horrible, porque siento que la gente no se va a aguantar, que nos sacan o nos toca irnos.

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Con la ampliación de la vida útil de Doña Juana nos acercan a lo que pasó hace muchos años con el gran derrumbe. Además, por mis amigos me he enterado de que hay un gran pedazo de Mochuelo Alto que están comprando, entonces no solo lo rural, sino también lo urbano, se lo van a comer ellos echando basura. Eso es lo que hacen, sin parar. Y huele horrible.

Yo no estuve para el derrumbe del 97, pero fue muy feo, según me cuenta mi mamá. Todo empezó a oler mil veces más feo, y no solo la basura se expandió a los barrios, sino que había desechos químicos, y hasta tejidos de piel. Ella me dice que fue duro porque mucha gente se enfermaba y no pudieron salir por muchos días. Pero la gente salió a protestar, igual que en el derrumbe de 2015.

Los residuos de los derrumbes se expandieron por el barrio, y los insectos aumentaron. Mi abuela dice que fue por los gases. Yo nunca he entrado al relleno, y nadie puede hacerlo, pero dicen que se acumulan gases tóxicos de todo tipo y que están a punto de explotar. Eso me asusta demasiado. Y a mi abuela la pone muy triste. Ya nos toca ir a veces al colegio en tapabocas, y la gente que está más cerca al relleno no pueden ni respirar bien.

Mis amigos y yo a veces hablamos de la posibilidad de que el relleno se derrumbe otra vez, incluso es un tema importante en el colegio. Hace unos meses nos dijeron que en una montaña de basura del relleno se estaba creando una grieta, y hay mucha especulación. Ya es una cosa de todos los días el olor, y no me imagino que empeore, cuando visito a mis amigos en otros barrios, en los días soleados que el resto de la localidad (Ciudad Bolívar) disfruta, yo solo quiero entrar a mi casa.

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Cuando tenían mi edad, mi mamá y mi tía disfrutaron crecer en el Mochuelo. Tenían muchos amigos, y como a mí, mi abuela no las dejaba bajar a la ciudad. Aparte de los dolores de cabeza y los mareos casi cotidianos, les gusta vivir acá. Por ejemplo, mi mamá ya conoce a todo el mundo y todo el mundo la conoce a ella. Ella ya sabe que no va a ver peligro de nada porque la gente nos distingue.

La mayor parte de mi experiencia en el Mochuelo es bonita, pero obviamente lo que no me gusta es el relleno, es la desventaja más grande. Sigue siendo nuestro peor vecino, y uno del que no nos podemos librar. Aún así, creo que todos los jóvenes del barrio somos muy hogareños. Acá en realidad no hay mucho por hacer a diferencia de lo que hacen los chicos de mi edad en la ciudad. Por cuestiones obvias, casi siempre toca estar haciendo aseo en la casa. Los domingos son los días para encontrarse con los amigos, ir a la cancha del barrio porque hay partidos y torneos.

Otro plan es ver lo que traen los de la administración del relleno para los niños, así no sea muy frecuente. Creo que es un barrio muy amigable para los ancianos y los niños, acá todos pensamos en ellos, y las actividades están pensadas para ellos, la gente pasa por las casas a preguntarlos o les traen médicos. Pero igual para mí y para mis amigos existen muchas fundaciones, y nos invitan a la cancha. Cuando no hay clase voy a las casa de mis amigas.

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Pero no es una experiencia normal. Uno se enferma a veces de esos olores, en las casas a veces hay muchas moscas, hay ratas, hay serpientes. No es normal comer en la casa de una amiga con las moscas molestándolo a uno. No es normal que en las casas haya trampas atrapamoscas con platos sobre los comedores, y en las ventanas, y en las puertas. Y no es normal, porque mi abuela sufre, porque se enferma mucho. Y no solo es acá, sino en barrios como Barranquitos donde viven amigos míos, allá huele muchísimo y bajar allá es horrible, no puedo visitarlos como quisiera.

Y tampoco no son solo las moscas, los ratones a veces se meten a la casa y eso me da pavor, pero nos hemos acostumbrado. Hay muchos de mis amigos que se molestan bastante por las moscas y el olor, pero en realidad es algo cotidiano, y ya no le podemos cuidado a eso. Ya podemos caminar por ahí o hablar en la calle con muchas moscas a nuestro alrededor. Y aún así me siento segura. Es mi casa. Es mi gente.

Casi nunca bajo a la ciudad porque me da mucho miedo, hay mucha gente, muchos ladrones e inseguridad, uno ve indigentes que casi nunca tienen buenas intenciones. Acá conozco a todo el mundo y me siento y feliz. Nunca me ha pasado nada y mi mamá es muy tranquila con que yo salga acá en el barrio, pero en la ciudad sí se preocupa mucho.

Aunque yo sí salgo con mis amigos a la ciudad, pero se limita a visitas a centros comerciales, no nos gusta estar en la calle, expuestos. Nunca hemos ido ni siquiera a una fiesta abajo.

Mi abuela siempre cuenta la historia de cómo casi nos vamos del barrio. Mi mamá quedó embarazada de mí muy joven, tenía 16 años, y el embarazo volvió a mi papá muy trabajador. Trabajaba en lo que fuera, descargando camiones o en el relleno. Quería llevarse a mi mamá y lo logró. Pero luego mataron a mi papá cerca al barrio, tenía 19 años. Y eso ha sido lo más cerca que he estado de irme. Luego mi mamá volvió y, con mi tía, al ser las únicas hijas de mi abuela, dicen que no quieren irse y dejar solos a mis abuelos. Y que tampoco hay para donde. El esposo de mi tía quiso que se fueran, pero cotizaron sitios para vivir en la ciudad, y allá todo es muy caro, no nos queda de otra.

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Yo sí he querido salir de acá, de Mochuelo, para irme a estudiar. Quiero salir y estudiar gastronomía. Y sé que mi abuela también quiere. Ella ha pensado muchas veces en vender, pero mi abuelo no la deja, porque él construyó la casa con sus propias manos y está encariñado con ella. Mi abuela quiere ir a un sitio con clima caliente que la anime y la mejore. Pero solo nos queda esperar, y más ahora que hemos visto que el barrio se llena de venezolanos y que la ciudad puede crecer.

Pero como dice mi abuela, ya no esperamos nada del relleno. Hay mucha corrupción y es un desorden, aunque acá la mayoría reciclamos todo lo que queda en la calle, se recicla más que la gente en la ciudad. Mi abuela me dice que ya es muy tarde para hacer algo con Doña Juana, y que según el alcalde, ya todo está , y que incluso cuando él se vaya va a dejar su reguero ahí. Vivimos muy cerca de una bomba de tiempo, y si explota, no nos queda ni cuento para contar.

*Este texto es resultado de una entrevista realizada por la periodista Paola Llinás. Los nombres fueron cambiados por petición de las fuentes.

http://bit.ly/2SfhaO0

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