Así fue crecer en: Córdoba


Artículo publicado por VICE Argentina

El año pasado, cuando fui a la Córdoba de España, comprobé que el sol seco y vertical de las tres de la tarde era el de la Córdoba en donde crecí. Ese sol, que cae como un hachazo sobre piedras y personas por igual, les debe haber dado la idea a los conquistadores españoles de que la nueva ciudad podía usar el nombre de la otra, como si sus atmósferas fueran intercambiables. Córdoba se planteó desde su bautismo como una ciudad conservadora y anticuada, a la vez que radical, y tan horizontal que es el eje cartesiano de ese sol. Mi familia se podría trazar como una bisectriz entre el eje X y el Y.

Soy la sexta, y la última, de seis hermanos, así que el plano estaba repleto de trayectorias y yo venía a ser como el signito ^ de la flecha, el que apunta hacia dónde.

En 1986 mis padres ya llevaban casi 15 años de casados y tenían el circo bastante armado: roles, estética, ideología. La Oti se encargaba de la limpieza, la comida y de recordarnos el uso de los buenos modos. Decir gracias, por favor, qué rico Oti, buenos días, buenas noches.

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El barrio a donde nacimos me encanta. Unas cuadras más adelante es Barrio Jardín, pero por la zona de mi casa se llama Barrio Jardín Espinosa. El “Espinosa” es como su segundo apellido. El señor Espinosa Amespil —español, quizás portugués como Spinoza— era un terrateniente que fue vendiendo sus hectáreas a precios amigables, o dándolas a buenas causas, como el terreno para la cancha de Talleres, y para el colegio donde hice el secundario. Así se fue armando un suburbio de cordobeses amigos, primos, hermanos de unos y otros. Mi tía Amelia estaba casada con un Espinosa y así fue cómo las Garlot, familia de mi mamá, fueron a parar a ahí.


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El Tata Espinosa —el dueño original de esas tierras— terminó viviendo en una especie de chacra oculta, detrás de lo de mi tía, rodeado de gallinas y plantas. A mí y a mis hermanas nos regaló un conejo que creció mucho y se volvió gigante, es el que sostengo en la foto. Su mujer, la Lila, vivía al lado de mi casa. Estaban separados, eran unos viejos modernos. Me contó mamá que una vez le dijo refiriéndose a mí: “Cómo le van a decir Cocó a esa chica, ¡es nombre de bataclana!”.

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Entre apocalípticos e integrados —esa nomenclatura que acuñó Umberto Eco para referirse a otra grieta, esta vez en la cultura de masas— diría que mi mamá y sus hermanas están más del lado de los apocalípticos.

En Córdoba a la Municipalidad le dicen “la Muni” como si fuera una mascota, o una kioskera simpática. También mi colegio tiene su apodo. Esas cosas sólo pueden pasar en nuestra Córdoba. Porque no es que le decían “el Pelle” como en Buenos Aires al colegio Pellegrini, sino que tenía un nombre para los amigos y otro institucional. Le decimos “las Monjas Azules”, porque contaban que las monjas que enseñaban ahí usaban hábitos color azul francia. El oficial: Instituto Nuestra Señora. “¿Nuestra Señora de qué?”, le divierte preguntar a mi mamá, haciendo montoncito con la mano. Nuestra Señora de Barrio Jardín Espinosa, que sería como ella y las madres de mis compañeras del colegio, educadas ahí, y que crían nietos que van a las Monjas. Mi barrio tiene una impronta femenina, eso es lo que más me gusta. Y los jacarandá en las veredas que no son veredas: los jardines de las casas terminan en el cordón que da a la calle.

Mi papá era Muro. Porteño y prácticamente huérfano. Su familia estaba compuesta por las tías Dora y Rosaura, el tío Julio, que vivían en la calle Revolución de Mayo; y su mamá Rosa, mi abuela, que vivía en Wilde y la veíamos en Navidad. Eran el cuadro de una puesta teatral con textos de Manuel Puig.

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Mi mamá y mi papá eran lindos, cultos y manejaban un sentido del humor implacable. Los dos eran docentes de la Universidad Nacional de Córdoba en disciplinas que no tienen relación entre sí. Mi mamá es traductora de inglés y mi papá, contador. Llegó a ser presidente de ocho empresas al mismo tiempo, relacionadas con el acero y el cemento. Cuando vaciamos su departamento, el mismo a donde vivieron apenas se casaron (que había sido de mi abuela materna, es decir, su suegra), encontramos un encendedor de “Menem 1993”, calcomanías de las aerolíneas que administraba (Viasa, Aeroperú), sobrecitos de azúcar de los cafés (era diabético), cajas repletas de jabones de los hoteles Plaza y Dorá en Buenos Aires, montones de cartas (algunas para sus hijos), revistas porno de los ‘70, tarjetas de crédito vencidas, miniaturas de whisky de los aviones.


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Mi familia me enseñó, de todo lo que sé, lo mejor. Al resto lo aprendí deambulando por las peatonales y galerías del centro —la Vía Nueva, la Cinerama—, revisando las disquerías Lado B, y la del Perro Emaides, en una butaca del Cineclub Municipal, o escuchando techno en el Ojo Bizarro —que era muy distinto de Carreras o Keops, a donde a veces teníamos que ir un viernes porque era el cumpleaños de alguien—. Algunos amigos habían pegado celular y los padres les prestaban el auto, les decíamos “La Banda del Celu”.

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A mis hermanas les espié los diarios íntimos, les usé la ropa y los perfumes; a mis hermanos les leí las revistas, les invadí reuniones con amigos, fui con ellos a la cancha y a recitales. Mi hermano Francisco viajó un año a Europa y metió sus discos en una bolsa de consorcio con el rótulo NO ABRIR NO TOCAR NO ESCUCHAR, lo que para mí fue una invitación. Abrí, toqué y escuché todo lo que había adentro. Los CDs y la biblioteca de mi casa eran una usina de conocimiento autogestionado y las calles de Nueva Córdoba y el centro, una aventura de exploración empírica.


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Jugaba al voley para Talleres en el equipo sub 18. Éramos pésimas, perdíamos todos los partidos invariablemente. En una suplencia jugando para la Primera del club, salté a bloquear una pelota, caí mal y me esguincé. Tuvieron que enyesarme, estuve sin entrenar un mes y no volví más. Ese fue el único partido al que fue a verme mi hermano Julio, él siempre tuvo fichas puestas en mí. Pero en Julio la mirada no es pesada, al contrario, es estimulante y fértil: su sol no cae de manera vertical sobre las personas, sino que permite proyectar sombras y adivinar dimensiones.

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Con esa pierna enyesada tuve la primera cita con el chico que fue mi novio por dos años, lo cual a los 16 es casi un matrimonio. Él me enseñó a armar porros, a manejar su 147, me acompañó a anotarme en la facultad, con él viajamos a Capilla del Monte en carpa a un festival de reggae, por ejemplo. Dos veces fuimos.

Los amigos que tuve en Córdoba —la mayoría más grandes que yo, como el Gon— determinaron mi manera de ver el mundo. Las amigas: mi manera de relacionarme con el mundo. Con una mayoría apabullante de Sofías se forjó un equipo de cómplices que se mantiene aún hoy. Seguimos siendo amigas porque queremos serlo, y no sólo porque nos queremos, como suele pasar en la mayoría de las personas de más 30 años.

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Hubo un momento entre que estaba terminando la facultad, me gustaba un chico que vivía en Buenos Aires, y me debatía pensando de qué trabajar, que quise irme. En un cuaderno escribí una lista de cosas que extrañaría de Córdoba y una vez que las repasé, me fui. Una de las Sofis cuando nos despedimos, me dijo: “No hay nada que un bondi no pueda solucionar, nos vemos en un par de semanas”.

Diez años después, en mi casamiento con otro chico que me gusta más que aquel y que conocí trabajando de lo que decidí hacer, las dos nos emocionamos cuando nos abrazamos en la parte de las Felicidades.

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