“Gano 16 mil y como otros 14 en sobornos”: testimonios de policías de tránsito de la CDMX


A muchos ciudadanos no les agradan los policias. Los uniformados son quizá las personas más odiadas por la sociedad. Todos nos hemos quejado alguna vez de su labor, ya sea porque no acudieron a auxiliarnos cuando los necesitábamos, porque nos detienen sin justificación, porque no respetan la ley que deben defender, por el tono en que nos hablan, o simplemente porque en ellos vemos la representación más podrida del sistema en el que vivimos y aborrecemos.

Como ocurre con la burocracia en las instituciones de gobierno, los policías son el último eslabón del aparato gubernamental con el que lidiamos a diario. Los vemos en el metro, en la calle, en la entrada de los bancos, en las plazas, en los conciertos, en los bares o centros comerciales.

A los policías de tránsito le pasa lo mismo. Basta con hablar con ellos para notar que son el buzón donde la ciudad deposita todo el odio que genera la deficiente movilidad. Para conocer el otro lado de la historia y saber cómo es su día a día y así entender un poco más su labor, hablamos con dos policías de tránsito de la CDMX y esto fue lo que nos dijeron:

Todos Muerden

Llevo seis años en la policía de tránsito de la Ciudad de México y no conozco a uno solo de mis compañeros que haya rechazado una mordida para dejar ir a un ciudadano que infringió la ley. Todos los días sobornamos, pero no empieza con nosotros, los mismos conductores son los fomentan la corrupción al ofrecernos dinero. Es culpa de los dos. Yo gano 16 mil pesos al mes y como otros 14 en puros sobornos, o sea unos 30 mil pesos mensuales, la mitad bien habidos y la otra mitad de mordidas.

También lo hacemos para no perder tiempo, porque gastamos mucho en ir al corralón y regresar al punto donde estamos vigilando y si hay tráfico peor. Por eso nos arreglamos mejor directamente con el ciudadano; así ganamos los dos. La gente sabe lo que paga de multa, si su infracción es de mil pesos nos ofrecen la mitad y negociamos. Lo mínimo que yo pido son 200 pesos, de ahí no me bajo. La verdad, de unas 10 personas que paramos porque están violando el reglamento, unas seis o siete se van pagando su mordida.

Traumas del oficio

Me tocó presenciar el famoso choque del BMW en Reforma en 2017. Estábamos patrullando a la altura del Ángel de la Independencia como a las 3:30 de la mañana cuando escuchamos el horrible estruendo. De inmediato por la frecuencia de radio comenzaron a dar las claves de emergencias médicas.

Llegamos y vimos ahí el auto destrozado y los cuerpos tirados, ensangrentados y decapitados por el impacto del auto con el poste. Imagínate, iban a más de 180 kilómetros por hora. Es una escena que todavía la tengo arraigada. Era increíble ver todo eso. Oler la sangre me hizo reflexionar en lo frágil que somos. No comí carne en una semana.

Cuotas obligatorias

Siempre tenemos que pagarle cuotas a los comandantes. Todo depende de cuanto quieras ganar. Por ejemplo, a muchos no les gusta estar parados todo el día bajo el sol en un semáforo, entonces si quieres que te den una patrulla debes de pagar 500 pesos por turno a tu comandante. O si no quieres vehículo pero quieres la maquinita para infraccionar pagas 200 pesos. Los turnos son de 16 horas al día, o sea nos aventamos dos jornadas laborales en una.

Desde que entras te das cuenta: si quieres ganar más, debes pagar más. Obviamente los comandantes deben de pagarle a la gente de más arriba. Hay veces que nos piden otro tipo de cuotas, como llevar cierto número de carros al corralón —unas cinco motocicletas y cinco autos— para que ellos demuestren que hay resultados.

Por eso dividimos nuestro horario, de tal a tal hora nos dedicamos a cazar motos o coches para llevarlos al depósito vehicular y por más que nos intenten sobornar no nos dejamos porque tenemos una orden. Una vez que cumplimos con esa cuota que nos imponen ya podemos regresar a las mordidas la otra parte del día. Este cobro de cuotas son órdenes que vienen desde muy arriba y si no las pagas te castigan.

Chinga a tu madre

Desde que terminamos el curso de formación policial estamos preparados para recibir insultos en las calles todos los días. Hay compañeros que se calientan bastante porque alguien ofende a su mamá, pero la mayoría tratamos de no hacer caso porque es algo cotidiano. Yo todos los días me pongo un traje de mantequilla para que todo se me resbale. No me importa lo que me griten, no hago caso. Aunque me enoje va a seguir pasando.

Yo creo que al día recibo entre 50 y 100 mentadas de madre, más otro tipo de insultos. Es lo más común, no falta el tipo que te ofende o te avienta su coche porque considera que estás estorbando el paso de los vehículos y generando tráfico. ¿Te imaginas el calor, el cansancio y que todavía te recuerden a tu madre? Es mucho estrés y las jornadas laborales son muy largas. Pero pues si te enojas es peor. Luego sí me caliento pero trato de controlarme. Siempre nos ofenden, pero también diario nos piden que les ayudemos porque no traen sus papeles en regla. Así como nos dicen enojados: “¡chinga a tu madre!”, también nos dicen asustados: “no sea malo, oficial, deme la atención”.

Elotazos

Un día estaba haciendo un recorrido con mis compañeros sobre la avenida Circunvalación, cuando vimos a un auto estacionado en una zona prohibida y procedimos a colocarle el candado para inmovilizar su vehículo. Era una familia, ya sabes el papá, la mamá y los dos hijos. El señor nos comenzó a reclamar y nosotros le explicamos que no podía estacionarse ahí. Eran las tres de la tarde y había mucha gente en esa zona a esa hora, por lo que se armó un alboroto y pues obviamente toda la gente se fue contra nosotros, siempre contra los policías.

En cuestión de minutos ya teníamos como a 200 personas —entre ambulantes y curiosos— gritándonos de cosas, que éramos unos rateros y que dejáramos ir al señor. De repente, sentí un elotazo en el pecho y luego más. Nos aventaron de todo, no sólo elotes, también la comida de los puestos que había por ahí. Lo único que hicimos fue cubrirnos y el señor logró botar el candado y huir. Ya no lo perseguimos porque seguíamos esquivando todo lo que nos aventaban.

Al final, perdimos al sujeto, perdimos nuestro candado y llegamos a la comandancia con el uniforme todo sucio. Obviamente nos regañaron por no haberlo infraccionado y aunque les explicamos cómo estuvo la situación, nos hicieron pagar los 3 mil pesos que cuesta el candado.

Zonas prohibidas

Yo he trabajado casi siempre en dos zonas de la ciudad: el Centro Histórico y Polanco. Obviamente prefiero estar en Polanco porque es, digamos, más seguro. Ahí lo que encuentras sólo es gente prepotente, como los típicos juniors que no obedecen cuando les marcas un alto. Una vez tuvimos que perseguir a uno; iba borrachísimo sobre Presidente Masaryk en su BMW, lo alcanzamos dos avenidas después. Se puso muy altanero al principio pero terminó llamándole a sus papás para que fueran por él.

Eso es de lo peor que nos llega a pasar en esa zona, pero en el centro uff, la cosa está más pesada. Hay calles en las que de plano es mejor no entrar como Jesús María, Roldán o la misma Circunvalación. A veces nos agreden o avientan cosas a la patrulla tan sólo por pasar por ahí. El comandante nos regaña o nos reclama: “Sí ya sabes que no debes entrar ahí, para qué vas”, nos dice. Son calles a las que preferimos no entrar, seguro hay muchas así en la ciudad, pero a mi me han tocado esas en el centro.

Multas fantasma

Algo que también hacemos es poner multas que no existen. Si se ponen muy agresivos y nos agreden verbal o físicamente o escapan, la verdad nos enojamos, pero ni modo de agarrarte a golpes con los ciudadanos. Entonces tenemos nosotros una máquina para infracciones vía electrónica, le tomas una foto a sus placas y no importa si los dejas ir, porque ya tienes un registro de su vehículo.

Si lo habías detenido por una falta, pues ahora le metes una o dos más. Por ejemplo, si se estacionó en vía primaria o se pasó un semáforo, le pones ahí también que no traía el cinturón de seguridad o que iba hablando por teléfono. El conductor no sabe ni lo que pasó hasta que le llegan las infracciones. Es la forma que nosotros tenemos para defendernos de aquellos ciudadanos que no obedecen las indicaciones que uno les hace o de los que se ponen muy agresivos como muchos choferes de transporte público.

Agresiones

Una vez por avenida Hidalgo un tipo de unos veintitantos años quería pasar a la fuerza por el carril exclusivo del Metrobús, nosotros no lo dejamos y se puso muy agresivo. Lo paré para que regresara a su carril y se bajo de su auto, comenzó a insultarme, a decirme que era una policía de segunda y más cosas.

Yo lo ignoré y eso lo enojó más. Me quiso golpear y no me dejé. Comenzamos a forcejear y como no pudo someterme me mordió la mano derecha, no me soltaba. Hasta que entre varios compañeros pudimos someterlo y sólo así me zafé. Lo presentamos ante el Ministerio Público por lesiones, pero obviamente salió poco después pagando su fianza.

Castigos

Para que yo ingresara a la policía de tránsito tuve que hacer un curso de formación de una semana. Ahora dura unos tres meses, pero es prácticamente como ir a al escuela. Ya sabes, si estás echando relajo mientras estás en el curso y te llega a ver el maestro te castiga. Te pone a hacer ejercicio enfrente de todos mientras él continúa con la clase. Es una forma de darle un mensaje a los demás para que se disciplinen, pero lo más fuertes es cuando te toca hacer lagartijas con los puños, terminas bien adolorido.

Cuando ya entras formalmente a la institución, también te castigan. Lo hacen cuando no cumples una orden, cuando no llegas a la cuota monetaria que te pide el comandante o cuando faltas al trabajo. Los castigos van desde mandarte a una zona peligrosa a controlar el tránsito, tenerte parado durante buena parte del día en un punto bajo el sol con tu silbato, arrestarte durante 12 horas o hasta quitarte parte de tu salario.

Por eso siempre debes de acatar las órdenes. Yo sé que a los policías no nos quieren pero muchas veces los ciudadanos son los que no respetan la ley y son los primeros con los que empieza la cadena de corrupción.

Lo que no me gusta de mi labor son las cargas excesivas de trabajo y lo que más me agrada es que todos los días son distintos. No sabes con que te encontraras, puede ser con un choque, con un marihuano o borracho y hasta puedes llegar a tu casa con una lanita que hiciste por fuera.

http://bit.ly/2SotTOs

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