Como cebras


Presentamos #BigSur, una serie de literatura argentina joven en VICE. Hoy puedes leer “Como cebras” escrito por Denis Fernández

Artículo publicado por VICE Argentina

No lo supe hasta que busqué en Google: las rayas blancas de las cebras no aparecieron en sus cuerpos para confundir a los leones que las acechaban, tal como se creía en un principio de la evolución, sino que estos animales fueron transformando su pelaje para protegerse de otro peligro de la naturaleza: los tábanos, unos insectos enormes y negros que atacan en espacios de montaña. Los tábanos habitan Chile, desde el Aconcagua hasta Chiloé, y en Argentina, entre Chubut y Neuquén. Su horario de mayor actividad es entre las once y las seis de la tarde. Pican fuerte pero su picadura no transmite enfermedades a los seres humanos, solo dejan ronchas. La que pica es la hembra: necesita sangre para producir huevos. Los tábanos pueden medir hasta tres centímetros y medio. Parecen abejorros extraterrestres. Y en enero son plaga. Lo peor de todo es que hacen un ruido insoportable, demoledor. Asustan. Y para los fóbicos como yo, bueno, me avergüenza describir cómo se contrae mi cuerpo cuando un insecto me acecha.

Por suerte, acá en la ciudad no aparecen bichos así, tan molestos.

Estuve pensando en los tábanos desde que llegamos del viaje al sur argentino que hicimos con A. Después de pasar los primeros días en San Martín de los Andes cruzamos la frontera hacia Chile. Llegamos a un pequeño pueblo, Entre Lagos, donde cargamos nafta y compramos provisiones para los seis días que pasamos aislados en una isla remota al costado del lago Rupanco. Campiñas estilo americano con casas prefabricadas de madera, campos delineados perfectamente como en los fondos de pantalla de Microsoft, rebaños de vacas negras, marrones y blancas, una iglesia abandonada, plantaciones cosechadas, un larguísimo camino de ripio que bordea el lago, el cielo gris, encapotado y post-apocalíptico: una road movie que podrían haber filmado Tarkovsky y Von Trier juntos.

Maravillados por el paisaje y asustados por lo que nos esperaba, llegamos después de una hora y media al punto del mapa que nos había indicado el dueño de la cabaña. Era 30 de diciembre, víspera de año nuevo. Eran más de las cinco de la tarde. A la vera del lago, sentado junto a una casona de madera abandonada rodeada de crisantemos celestes y violetas, nos esperaba El Nacho (A lo llamó Don Ignacio). Mucha barba y ropa añejada por la vida de campo. Cargamos valijas y bolsas con comida en la lancha y cruzamos la isla. Mientras filmábamos las sierras tapadas por la niebla desde la lancha, El Nacho iba contándonos secretos del lago. Aclaró que lo único que podía llegar a molestarnos en ese paraíso eran los tábanos. “Igual no se preocupen”, agregó, “no son venenosos. Denles tiempo a que se paren encima de ustedes, y una vez que se queden quietos, cuenten hasta tres y mátenlos con la palma de la mano”. También nos contó que La Rosy, su compañera francesa, se había lastimado la pierna y no había podido recibirnos. La lancha siguió contra la corriente del lago. Nosotros, mientras tanto, seguíamos maravillados con el paisaje a nuestro alrededor.

El clima anticipaba lluvia. Las nubes cubrían todo el cielo, tapaban las sierras, arropaban el pico del volcán.

En la playita nos esperaban los dos perros de El Nacho. Movían la cola y ladraban y nos dieron la bienvenida con saltos. Recorrimos el sendero hasta la cabaña y, una vez adentro de la cabaña, nuestro anfitrión nos mostró los secretos que necesitábamos conocer. Esa noche iba a estar fría, así que antes de irse a su rancho, que quedaba a veinticinco minutos a lomo de caballo montaña arriba entre juncos y árboles de todo tipo, desde arrayanes hasta canelos (arbusto sagrado mapuche), El Nacho metió un par de troncos a la salamandra, encendió el fuego y nos dejó solos. Acomodamos nuestras cosas y nos sentamos a mirar por los ventanales que daban al lago. Todo era belleza. Hicimos silencio. Nos abrazamos. Yo, en mi interior y sin que A se diera cuenta, le pedí al universo que nos cuidara de los peligros.

Recién anocheció a las diez de la noche. No había wiffi y la señal 3G no llegaba a nuestros celulares. Estábamos aislados, rodeados por una inmensidad salvaje y curativa, cósmica y divina.

La mañana siguiente presenciamos el primer amanecer de los seis que nos quedaban. Desayunamos pan tostado, huevo a la plancha, frutas y café con leche. El lago, siempre ahí, moviéndose, al costado de nuestra cabaña. Llovía, mucho llovía. Las sierras, a lo lejos, ocultas por el agua que caía del cielo. Después de desayunar junté leña para la salamandra y volví a prender el fuego. Leímos cada uno nuestros libros, en calma. A la tarde A preparó la ensalada Kartoffelsalat que aprendió a cocinar en los años que vivió en Alemania y la dejó reposando hasta la hora de la cena de Año Nuevo. Sacamos el pescado y los mariscos del freezer para que se descongelaran. Llovió a cántaros todo el día, nunca paró. Creímos que sería así durante el resto de nuestra estadía. A la tarde apareció El Nacho con Naranja, su yegua, y nos dejó dos galletas congeladas de marihuana, un libro sobre los misterios del lago y dos pedazos de queso casero preparado con la leche de sus vacas. A la noche cocinamos el salmón y los camarones que habíamos comprado en el pueblo, abrimos un vino, una lata de aceitunas rellenas de sardina, cortamos unas tiras de queso y cenamos a la luz de la vela, con el lago ahí, siempre al nuestro costado, yendo y viniendo a la costa, tan inmenso y transparente. A las doce brindamos. Nos abrazamos. Llamamos a nuestras familias. Vimos luces artificiales del otro lado de la isla: alguien, al menos un pueblerino, festejaba año nuevo.

Dormimos uno encima del otro, en la oscuridad, en la avasallante oscuridad, oyendo los sonidos de los insectos.

Al otro día, apenas despertamos, vimos algunos rayos de sol. La lluvia se había extinguido. Desayunamos frente a los ventanales, observando el lago y las sierras, ya sin nubes cubriéndolas. Unas sierras enormes puestas ahí adornando todo. En un momento inesperado, mientras terminaba mi café, entró un abejorro a través de un vidrio roto. Corrimos asustados al cuarto y ahí nos quedamos encerrados. Durante un buen rato el abejorro intentó irse pero no pudo encontrar el camino. Quisimos matarlo pero no pudimos. Hasta que me hice de valentía y le abrí una de las ventanas y el bicho se fue a polinizar flores. Reímos, nos vacilamos, preparamos las cosas para ir a la playa y poder nadar un buen rato: ese momento que tanto anhelábamos desde que vimos el lago por primera vez, dos días antes, cuando cruzábamos en la lancha de El Nacho.

“Ahora sí”, pensamos, “empieza nuestra estadía en la casa del lago”.

Sin más, bajamos hacia la playita. Los zumbidos empezaron a escucharse ya en el sendero, no parcialmente, sino como si se tratara de un sonido arrollador que salía del centro de la isla, del corazón de la sierra. Algo malo intuimos que podía pasar pero igual seguimos con nuestro plan: tiramos la manta en la playita cubierta de piedras, con la vista hacia el sol, y nos quedamos en traje de baño. Yo con mate, A con café. Yo con El limonero real, de Juan José Saer, ella con Kentukis, de Samantha Schweblin. Bastaron menos de dos minutos para que aparecieran los primeros zumbidos, y enseguida la pesadilla: uno, dos, tres, cuatro abejorros negros, gordos y brillantes encima de nosotros, intentando picarnos. Fueron apareciendo más y más abejorros. Luchamos. Gritamos, intentamos alejarlos con sacudidas de brazos y mantazos al aire, pero todo intento fue en vano. Estábamos aterrorizados. Hasta que no pudimos más. Eran abejorros del tamaño del pulgar de un hombre gigante. Como pudimos juntamos los trastos y corrimos. Corrimos despavoridos por el sendero cubierto de arrayanes y canelos. Entramos a la cabaña y nos quedamos, ambos, parados frente a las ventanas de vidrio por donde se puede ver el inmenso lago Rupanco, las sierras, el pico del volcán nevado: una inmensidad inabarcable.

Nos quedamos quietos, respirando hondo. Ahí mismo nos dimos cuenta de que el peligro en ese paraíso no eran los pueblerinos asesinos ni las aves rapaces ni las inundaciones ni los terremotos.

El peligro en esa isla eran los abejorros.

Durante un rato largo, A intentó convencerme de que podíamos volver. Tal vez los abejorros ya se habían replegado en sus cuevas. Yo me negué sistemáticamente hasta que A me propuso un plan: cubrirnos la piel con trapos como si fuéramos talibanes. Podíamos dejar solamente nuestras caras a la vista. Y eso hicimos: nos pusimos pantalones largos, botas de montaña, buzos, guantes, pañuelos en la cabeza y nuestras respectivas gorras. Nos mirábamos y no podíamos dejar de reírnos de nuestros looks: dos bichos de ciudad camuflados para sobrevivir a unos estúpidos abejorros.

Y salimos nomás, cubiertos de trapos.

Al principio aparecieron algunos abejorros, pero con un par de brazadas al aire logramos alejarlos. Creímos que lo habíamos logrado, así que fuimos sacándonos de a poco los trapos que nos cubrían. Pero el plan se derrumbó en pocos segundos: los abejorros siguieron apareciendo, cada vez eran más. Intentaban devorar nuestros cuerpos aunque de piel hubiera poco al descubierto. Y otra vez, derrotados, volvimos a la cabaña. El resto del día vimos al sol desde adentro y pensamos que así sería el resto de nuestra estadía: viendo cómo la inmensidad de ese paraíso se transformaba en un espejismo.

Nos quedaba eso: el espejismo de un lugar sagrado.

Esa misma tarde, una señora mayor pasó caminando por el sendero. Buscaba a sus dos nietos que se habían perdido en la isla cuando salieron a buscar leche fresca a un establo vecino. La invitamos a pasar a la cabaña y le ofrecimos un vaso de agua. Se llamaba Avelina (cabe decir que ella, su hijo y sus nietos fueron nuestra familia el resto de los días que vivimos en la isla). Antes de que se fuera le contamos sobre nuestra pesadilla con los abejorros. Apenas terminamos nuestro relato, Avelina se echó a reír, tomó un sorbo de agua y nos dijo que esos bichos no eran abejorros: “Son tábanos, chicos. Y son inofensivos. Solo tienen que esperar a que se les paren encima, cuentan hasta tres, y los matan con la palma de la mano. Eso sí: no usen ropa oscura. Eso los atrae más”.

No sé qué habrá pensado A en ese momento. Yo recordé las primeras indicaciones que El Nacho nos había dado sobre los tábanos mientras cruzábamos el lago.

Durante el resto de los días en el lago sufrimos alteraciones en la pigmentación de la piel. Por momentos nos sentíamos pálidos y a la noche, después de ducharnos, volvíamos a nuestro tono. Creímos que era por la forma en cómo nos pegaba el sol o tal vez por cómo rebotaban los rayos contra los ventanales y se mezclaban con los colores de la madera de la cabaña: algún tipo de resplandor o sombra que se proyectaba encima de nuestros cuerpos.

Hacia el final de la estadía, los tábanos apenas eran una presencia más del espacio.

Ahora miro una foto que le saqué a A el día que nos camuflamos para confundir a los tábanos. Está cubierta con trapos, parada en el medio de la cabaña junto a la salamandra, a punto de salir hacia la playa. Le sonríe a la cámara. Detrás de ella, a través de los vidrios de los ventanales, se ven las sierras y el pico nevado del volcán. El sol está enorme y brillante en el cielo. Pienso en los desayunos con queso de campo, pienso en la cabalgata hacia la casa de El Nacho, en la Rosy, en Avelina, en los viajes en kayak por el lago. Pienso en la oscuridad de la noche en el Rupanco y en las manchas blancas que le quedaron marcadas en la piel a A desde que volvimos a casa.

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