Los niños no son objetos: sobre la errónea concepción de la patria potestad


Hoy todo el país está consternado por el asesinato de dos niños a manos de sus padres, toxicómanos con problemas mentales. Sabemos que la abuela llamó hasta la saciedad a los servicios sociales advirtiendo del peligro que corrían los pequeños. No sirvió de nada. Posiblemente la falta de recursos públicos fuese uno de los motivos de la inacción de dichos servicios, pero me temo que también tuvo un cierto peso la errónea concepción de la patria potestad que demasiada gente tiene en España.

La patria potestad implica el deber de educar y cuidar a los hijos propios sin perjudicar su correcto desarrollo. También implica derechos como que no te arrebaten a tus hijos, pero estos derechos están supeditados al cumplimiento del anterior deber. El bienestar del menor debe estar por encima de cualquier otro objetivo, incluido el deseo de los padres de mantenerlos a su lado cuando esto supone un peligro para la integridad física o moral del menor.

Hay quienes piensan que los niños son muñecos ideados para que sus padres les den la forma que quieran, aunque ello implique machacarlos o amputarles partes (a veces metafóricamente y otras literalmente). Pero cualquier menor es un ser humano libre, independiente y con pleno derecho a vivir de forma acorde con su dignidad, formando su cuerpo y su mente de forma sana y plena. Y sus padres no tienen derecho a negárselo.

Los padres no tienen derecho a obligar a sus hijos a vivir en el miedo, el sufrimiento o el oscurantismo. No tienen derecho a impedir que les enseñen en el colegio que todos somos iguales independientemente de nuestra raza, sexo u orientación sexual. Un padre que es un cafre convencido de que los maricones son escoria, no tiene derecho a impedir que su hijo aprenda lo que es la tolerancia. Una madre que cree que si tomas una dieta a base de apio y remolacha te encontrarás con el espíritu de Espinete, no tiene derecho a desnutrir a su hijo imponiéndole sus paranoias.

Los padres no tienen derecho a envenenar a sus hijos con violencia o maltrato, ni a negarles el conocimiento de los valores cívicos elementales o los Derechos Humanos. No tienen derecho a negarles el futuro. Y es misión del Estado proteger a los menores cuando sus padres incumplan los deberes imprescindibles para poder llamarse como tales. Cuando interioricemos esto, daremos el primer paso para salvar a miles de niños que viven enterrados bajo el “son cosas de familia y no hay que meterse”.

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