Subir y bajar ocho kilómetros al día: así es trabajar como ascensorista de la Torre Latino


Noemí Cabrera Villavicencio viaja todos los días alrededor de 8 kilómetros 736 metros sin moverse de su asiento. Es una de las ascensoristas de la Torre Latinoamericana que, jornada a jornada, transporta a más de 5 mil visitantes.

“¿A qué piso va?”. Ésa es quizá la frase que más repite de 7 de la mañana a 4 de la tarde, de lunes a sábado, desde hace 12 años.

Adentro del elevador, a un costado del panel, reposa una silla alta. Noemí coloca su chamarra sobre el respaldo y se sienta. Son las 10AM. Una docena de visitantes acaba de bajar en el piso 36.

“Trabajar aquí es como hacer un viaje diferente todos los días. Conoces a muchísimas personas, de diferentes países, a quienes escuchas hablar en diferentes idiomas e imaginas lo que se dicen entre ellos”, me dice mientras los dedos de sus manos, con sus uñas esmaltadas de rosa, tocan los botones del elevador.

“Mis hijos me han visitado. Y andan, así como tú, viéndome trabajar. Me dicen: ‘Yo no sé cómo no te aburres’”. Y Noemí no se aburre: le gusta platicar con los visitantes, responder sus preguntas, orientarlos. Noemí es una mujer reservada, de trato amable.

“Hay visitantes que dicen a mis espaldas: ‘Yo no trabajaría aquí encerrada’. A mí me gusta. No me imagino haciendo otra cosa. Yo me quedo aquí hasta que la vida, o el destino, me diga adiós”.

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***

Las puertas del elevador se abren. Un grupo de visitantes entra de forma ordenada, siguiendo las instrucciones de una empleada de la Torre Latino: “Brazaletes a la vista, por favor. Su recorrido empezará de este lado”. Leo en el panel del elevador: 1400 kg, 20 pasajeros.

Un niño escandaloso entra al elevador. Su mamá le dice: “Hay que guardar silencio”; él, la remeda. La mamá lo calla con un zape. Volteo a ver a Noemí. Sonríe: no hace falta que me diga que escenas como ésta son parte de los gajes de su oficio.

Una música romántica, incidental, brota por las bocinas de la cabina. Los turistas se apretujan, algo incómodos: el calor de los cuerpos, la piel húmeda y pegajosa, el roce fastidioso. Cruzo mirada con extraños, luego agacho la cabeza. Flota en el aire una mezcla de aliento a naftalina, sudor y humedad. Noemí tiene la vista fija en el número que se enciende en el panel. Entre nosotros se levanta un muro de personas. Me coloco de espaldas a la pared espejo. Desde ahí, trato de observar el exterior, ese fuera de campo, con los ojos de Noemí, desde su perspectiva. En cada piso apenas se divisa una escena fragmentaria, como una tira de fotogramas: un hombre en traje corre por un pasillo; el mobiliario elegante de una recepción vacía, silenciosa, como de película de terror, y un anciano molesto, agitado, que el piso 9 regurgita. Los pisos 4, 5 y 6 están vacíos; en el 25 hay una agencia de viajes, y 33 está en remodelación.

“Excuse me”, dice una mujer a mis espaldas. Trato de hacerme a un lado: bailo de un lado a otro del elevador, como un perro nervioso. Es una mujer alta, de cabello castaño, claro, con los ojos vidriosos, a punto del llanto, quien desciende apurada. Pienso: ¿Cuántos secretos caben en un elevador?

“Oiga, ¿éste me deja hasta mero arriba, en el mirador?”, le pregunta a Noemí un hombre con acento norteño.

“No, éste solo llega al 36 y de ahí tienen que hacer el cambio y tomar otro elevador”, le aclara.

Estoy atrapado entre la pared espejo y las formas caprichosas, que no alcanzo a adivinar, de un tatuaje dibujado en la nuca de una joven veinteañera. Por fin, arribamos al piso 36. Inhalo profundo, aliviado, como si saliera a flote tras sumergirme en aguas negras. El elevador se vacía. Bajamos en 30 segundos del piso 36 a la planta baja. Siento náuseas: la boca se me llena de saliva.

“¿Te mareaste?”, me pregunta Noemí.

“Un poco”, le respondo. “¿A usted ya no le pasa, me imagino?”

“Fíjate que ya no. Los primeros días era bien chistoso. Iba de regreso a mi casa y sentía que los pies se me hundían en el piso como si pisara arena”.

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***

Noemí vive en la colonia los Héroes, en Ecatepec. Es casada y tiene tres hijos, todos ellos casados. Sale temprano de su casa, cuando apenas clarea el alba, antes de que despierte ese monstruo de 20 millones de cabezas llamado ciudad. Es puntual: todos los días llega antes de las 7 de la mañana. Luego, a las 8 en punto, cuando el monstruo ha despertado, se inicia el trajín: a esa hora se amontonan en el elevador los oficinistas que trabajan en la Torre. Los días más difíciles, afirma, son los fines de semana, pues llegan visitantes de todas las regiones del país, además de turistas extranjeros.

Éste es quizá un día anormal: no es sábado ni domingo y, no obstante, acaba de entrar un grupo de excursionistas asiáticos, acompañados de un guía de turistas. En inglés, el guía, mexicano, les cuenta que la Torre Latinoamericana se construyó en 1956 para albergar las oficinas de la aseguradora “La Latinoamericana Seguros”.

Cuenta algunas anécdotas imprecisas, y lo que no les dice, quizá para no ahuyentarlos, es que la Torre tiene 7 elevadores y que, si alguno llegara a fallar, habría que subir 916 escalones.

“¿Se ha quedado atrapada en el elevador?“, le pregunto a Noemí.

“Si, me quedé atrapada, sola, dos veces, y con visitantes, otro par más. Cuando eso ha pasado actúo normal. Si se debe a una falla de luz, trato de tranquilizar a las personas, para darles seguridad y tranquilidad. Sé que nos van a sacar sin problemas”.

El guía de turistas habla, ahora, de anécdotas prehispánicas, de la ciudad lago. No les dice lo que Víctor Hugo Ariciaga, ingeniero residente, me explicó, antes de presentarme a Noemí, en su oficina: “La Torre Latino es como un barco que flota sobre el mar. Se construyó a partir de los principios de flotación: un cajón de cimentación que recibe los empujes del agua existente en el subsuelo y que carga el peso del edificio. De la parte de abajo, salen 361 pilotes, apoyados en estratos resistentes, a 34 metros de profundidad”.

De ahí la resistencia de este símbolo arquitectónico de la CDMX, que ha sobrevivido a los sismos del 1957, 1985 y 2017.

“¿Le tocó aquí el sismo del 19S?”, le pregunto a Noemí mientras el guía de turistas sigue con su perorata.

“Por fortuna, ese día”, cuenta aliviada, “después del simulacro, tuve que irme a una cita que tenía en el seguro. El sismo me tocó en el Mexibús de Ecatepec”.

Un visitante, un hombre que frisa los 60 años, al escuchar mis preguntas, una tras otra, hace las propias: “¿Aquí hay departamentos?”

Noemí, algo extrañada, por el cambio brusco de tema, niega con la cabeza. Las puertas se abren. El hombre, algo despistado, baja del ascensor.

“¿Le han tocado otros sismos aquí?”, continúo.

“Sí, se sienten bastante fuerte”.

“¿Qué hace en esos casos?”, pregunto.

“Sigo el protocolo de Protección Civil: si estamos en movimiento, detengo enseguida el elevador y descendemos en el piso más próximo. Nos dirigimos, con los visitantes, rumbo a los pasillos y los replegamos en las zonas de seguridad en posición de autoprotección. Le pido que guarden la calma hasta que pase el sismo”, responde.

“¿Cómo la tratan los visitantes?”

“Hay de todo. Nos tocan personas amables, pero también difíciles. Algunas se enojan cuando se equivocan de piso y bajan en otro”.

“¿No la ponen de malas las personas, de verdad?”, le pregunto.

“No, de verdad que no. Le puedes preguntar al personal del edificio, que me conoce, me saludan y se despiden de mí. Algunos me dicen Mimí, de cariño”, me dice.

“Entonces, ¿qué cualidades debe de tener, además de su temple de acero, alguien que quiera trabajar con ustedes?”

“Le debe de gustar convivir con la gente, orientar a los turistas, y eso sí: no estresarse tan rápido”, afirma.

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“Oiga, ¿le teme a las alturas?”, concluyo.

“No, de hecho no”, responde Noemí. “Cuando vine a la entrevista nunca pensé que iba a trabajar en un elevador. A mi manera de ver soy afortunada porque viajo, viajo todos los días”.

Salgo del elevador. Las puertas se cierran. Me despido de Noemí. Camino sobre el Eje Central. Volteo hacia arriba: la Torre Latino se eleva intimidante, portentosa, como si soportara el peso del cielo. Me detengo en la esquina, algo mareado. Y sí, Noemí tiene razón: tras medio día en el elevador, mis pies se hunden en la tierra como si pisara arena movediza.

@erickbaena

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