La conquista de los aztecas: una cruenta guerra entre dos imperios donde ganó el menos supersticioso


Allá por los 10 años me obsesioné con los aztecas. Me apasionaba la enorme complejidad y el gran desarrollo de su sociedad, y me causaba una curiosidad bastante morbosa el elenco de rituales religiosos con sacrificios humanos incluidos que dedicaban a sus dioses. Así que leí incansablemente todo texto sobre los aztecas que caía en mis manos, desde la Historia Verdadera de la Conquista de la Nueva España (libro escrito por un soldado de Hernán Cortés donde se narra en tiempo real el periplo de los españoles desde que tocaron costa mexicana) hasta un montón de fascículos de National Geographic y otros libros de Historia.

Los aztecas eran, ante todo, un imperio. Su organización administrativa era sumamente compleja en lo militar (estaban desde los soldados rasos hasta los guerreros de élite, caballeros jaguar y águila), lo político (había infinidad de cargos burocráticos distintos, desde gobernadores territoriales a recaudadores de impuestos) y lo religioso (los numerosos dioses aztecas tenían una legión de sacerdotes a su servicio con sus respectivas liturgias y templos). Aparte dominaban la astronomía notablemente (el calendario de Tizoc es uno de los más complejos que han existido) y consiguieron construir una enorme ciudad sobre las aguas.

Esa ciudad era su capital, Tenochtitlan, que no tenía mucho que envidiar a Venecia, y donde se ubicaban edificios tan imponentes como el palacio del tlatoani (emperador) o el templo mayor, una inmensa pirámide donde se alojaban los santuarios de los dioses Tlaloc (dios de la lluvia) y Huitzilopochtli (dios del sol y de la guerra). Los aztecas eran temidos por su fiereza y, como todo imperio, habían sojuzgado a una multiplicidad de tribus y pueblos cercanos, que debían rendirles cuantiosos tributos para evitar su ira. De todos estos pueblos sometidos, el más poderosos era el de los tlaxcaltecas.

La religión azteca era ciertamente sanguinaria. La inmensa mayoría de los dioses exigían sacrificios humanos para ofrecer sus favores, y dependiendo del dios éstos podían consistir en arrancar corazones y quemarlos en incensarios (caso de Hutzilopochtli) o desollar a la víctima, cocinarla y comer su carne en una especie de comunión que sustituía el pan ácimo de la hostia por carne humana (caso de Xipe Totec, dios de las cosechas, que todos los años se arrancaba la piel para que surgiese la primavera en una clara metáfora de la semilla que se rompe para que nazca la planta).

Sólo había un dios que no pedía sacrificios humanos: Quetzalcoatl, dios del viento. Este dios fue quien dio la victoria a Hernán Cortés, pues le confundieron con él. Quetzalcoatl era de piel blanca y barbado (los aztecas eran lampiños) y hace muchos siglos acogió a los aztecas bajo su manto protector sin pedir sacrificios humanos a cambio. Vino del mar y les enseñó técnicas de agricultura y tecnología que desconocían (muchos historiadores dicen que el mito de Quetzalcoatl evidencia la llegada de los vikingos a México mucho antes que los españoles, y que este dios no era más que un explorador vikingo).

Pues bien, los aztecas eran felices con Quetzalcoatl hasta que Tezcatlipoca, dios de las tinieblas, ideó una treta para librarse de él y forzar a los aztecas a volver a adorar a dioses sanguinarios. Tezcatlipoca creó el pulque (bebida alcohólica mexicana muy fuerte) y se la dio a beber a Quetzalcoatl, quien no sabiendo lo que era bebió hasta emborracharse, y violó a su hermana Xochiquetzal, diosa de la belleza. Tras despertar de la borrachera, lloró amargamente por su crimen y pidió a sus sacerdotes que le hicieran un ataúd de madera. Se introdujo en él y les pidió que cerraran la tapa y le lanzaran al mar. Allí purgaría durante siglos sus pecados hasta quedar limpio, y entonces volvería a liberar a los aztecas del yugo de los dioses sanguinarios.

Hernán Cortés era un auténtico tahúr. Astuto, taimado y manipulador, llegó a México con un número bastante reducido de tropas españolas. Lo primero que hizo fue contactar amistosamente con los pueblos de la costa, y para ello usó a la hija de un cacique local llamada Malinche, quien aprendió rápidamente castellano y le sirvió de traductora. Malinche (rebautizada como Doña Marina) sería su amante durante muchos años. Pues bien, Malinche informó a Cortés de la correlación de fuerzas existente en la zona, y Cortés decidió entonces aliarse con los tlaxcaltecas, pueblo fuerte y luchador pero sojuzgado por los aztecas. Le dieron varios miles de guerreros que se unieron a sus tropas españolas.

Cortés siguió su camino hacia tierras aztecas difundiendo el rumor de que era Quetzalcoatl y había venido del mar para redimir al pueblo azteca. Y ello llegó a oídos de Moctezuma, el emperador azteca, que era bastante pusilánime y muy supersticioso. Envió una comitiva de sacerdotes y nobles a encontrarse con Cortés, que quedaron maravillados al ver que respondía a la descripción física del dios que se recogía en los códices. También se asombraron de los caballos, pensando que caballo y jinete eran un mismo ser divino tipo centauro. Y le abrieron las puertas de Tenochtitlan.

Cortés se alojó en el palacio del Tlatoani y comenzó a gobernar sin atadura alguna, convirtiendo a Moctezuma en su títere. Prohibió los sacrificios humanos e incluso llegó a colocar un Cristo y una virgen en lo alto del templo mayor, diciendo que ésos eran los nuevos dioses a adorar. Eso provocó cada vez más recelos entre los nobles y los sacerdotes, pero su dominio sobre Moctezuma le mantenía en el poder. Hasta que tuvo que abandonar Tenochtitlan para ir a ver al virrey español en Cuba, y dejó al mando a Pedro de Alvarado, un oficial sumamente cafre y poco inteligente.

Y Pedro se la lió. Asaltó un templo donde numerosos nobles aztecas estaban haciendo un sacrificio no cruento y, con la excusa de que realizaban cultos idólatras, los mató allí mismo. Ello provocó una sublevación a gran escala de los aztecas. Cientos de españoles fueron empalados y sacrificados a los dioses en los días siguientes, y los pocos que quedaron se acuartelaron en el palacio de Moctezuma.

Cortés consiguió volver en pocos días y colarse en el palacio de Moctezuma, donde los españoles estaban sitiados. Sacó a Moctezuma al balcón para que ordenara a los aztecas que se retiraran, pero el pueblo le apedreó mientras le llamaban “rey de mujeres”. No se sabe a ciencia cierta si fue por una pedrada o a manos de los españoles, pero Moctezuma murió esa noche. Entonces Cortés comprendió que había que escapar a toda prisa.

Cogió a los soldados que le quedaban y a los guerreros tlaxcaltecas y aprovechó la noche para huir clandestinamente. Pero le pillaron. Miles de aztecas atacaron a las tropas en retirada, y muchos soldados españoles se hundieron en los canales de Tenochtitlan porque iban tan cargados de oro robado del palacio que no podían nadar cuando caían. Al final, unos pocos cientos de españoles y tlaxcaltecas consiguieron escapar de la capital.

El nuevo emperador Cuauhtemoc envió un gran ejército para perseguirles, y se batieron en Oaxaca. Allí los españoles ganaron a los aztecas porque, pese a ser muchísimos menos y encontrarse en un estado lamentable, las tradiciones aztecas decían que si el general de su ejército moría, los dioses no querían que ganasen la batalla, por lo que debían retirarse. Sabiendo esto, Cortés se preocupó de matar al comandante azteca, y sus miles de guerreros huyeron frente a los pocos centenares de españoles y tlaxcaltecas.

Esto dio tiempo a Cortés para recibir miles de refuerzos de la vecina Cuba…y lanzar un asalto final sobre Tenochtitlan, que fue conquistada poniendo fin al imperio azteca.

¿Cometieron crímenes los españoles? Sin duda. Sólo hay que leer la Historia Verdadera de la Conquista de la Nueva España, donde el soldado de Cortés que escribió el libro cuenta sin sonrojarse auténticas matanzas que veían totalmente normales. Tras la derrota de los aztecas, la represión cultural fue atroz, se quemaron miles de códices y piezas de arte y se derruyeron templos por el odio español hacia “la idolatría” azteca, que no se debía sólo a los sacrificios humanos, sino a que los aztecas “adoraban ídolos” y eso era causa de tormento y muerte según la Inquisición (prueba de ello es que idéntica represión se produjo contra otras religiones precolombinas que no implicaban sacrificios humanos). Del mismo modo, se saquearon obscenamente las riquezas aztecas, desde el oro a los recursos naturales (es gracioso que los aztecas usaban como moneda las semillas de cacao, por lo que se cuenta que Cortés quedó muy desilusionado cuando entró en el tesoro de Moctezuma y vio que gran parte de él eran sacos con esas semillas).

Cortés quería oro, tierras y mano de obra, exactamente igual que los reyes que le mandaron a conquistar México. La guerra no se hizo para evangelizar o liberar, sino para conseguir poder y riqueza. Igual que los aztecas hicieron con los tlaxcaltecas y otras tribus menores. Lucharon dos imperios sin escrúpulos y perdió el más supersticioso de los dos. Y como dice aquel aforismo romano (que paradójicamente pronunció por primera vez un jefe galo derrotado)…ay de los vencidos.

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