Dejaron todo, se fueron a Israel y ahora venden las mejores empanadas argentinas en Tel Aviv


Artículo publicado por VICE Argentina

La historia de estas empanadas es también —y sobre todo— otra historia. Una historia de amor. Que empieza en las canchas de fútbol de Hebraica, en Buenos Aires, hace seis años. Ana y Victoria se tenían de vista, pero cada una andaba en su mundo. Victoria (Vicky) estudiaba cocina, jugaba fuerte al fútbol y cambiaba su vida en las Macabeadas (los Juegos Olímpicos de las organizaciones judías de todo el mundo) del 2013, un trampolín inesperado para firmar un contrato con un equipo israelí que la vio romperla con la selección Argentina en Jerusalén; al principio se venía por diez meses, pero se terminaba quedando cinco años.

Mientras tanto Ana, en su vida porteña, terminaba los estudios y empezaba a despuntar su gran pasión: la docencia. También seguía custodiando el arco de Hebraica Argentina, que la traía a mediados del 2017 a jugar sus primeras macabeadas como arquera y capitana. Para el gran evento, todas las jugadoras vinieron de Argentina, excepto un refuerzo de lujo: Vicky, que se sumaba en Israel para darle un toque de experiencia y calidad al seleccionado argentino.

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Pegaron buena onda enseguida. Y pronto se hicieron casi inseparables. En ese viaje no pasó nada, pero al toque empezó todo. Primero se escribían todos los días, poco después todo el tiempo, con la prosa noble, ingenua y encantadora que solo son capaces de elaborar las personas enamoradas. “Fue todo muy loco. Vicky fue la primera chica que me gustó, la primera que sentí abiertamente que me gustaba. Cuando me di cuenta de eso, en las macabeadas, se movieron todas mis estructuras, pero lo viví muy bien, sin conflictividad, con mucho disfrute. Al toque le conté a mi vieja que me gustaba una chica. ¡Me re bancó! Como toda mi familia. Fue todo muy lindo, con mucha felicidad y aceptación, pero entiendo que la salida del clóset no es tan fácil para todo el mundo”, me confiesa Anita.

Un par de estaciones después, Vicky viajó a Buenos Aires un tiempo largo, lo suficiente para que empezaran a quererse. Ya no había vuelta atrás. En junio, Anita largaba todo y se venía a vivir a Israel; en Septiembre —todavía del 2018— Che ya servía sus primeras empanadas en el puestito del famoso shuk (mercado) Ha Carmel de Tel Aviv. “Sí, pateé el tablero, largué todo y me vine. ¡Ni siquiera pude esperar a las vacaciones de julio! Cuando me decidí a venir, junté a mis alumnes y les dije la verdad: que me iba a Israel para vivir con mi novia. Quería que empezaran a internalizar la idea de que una pareja de mujeres es normal”.

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VICE: Como una pareja de chicas, ¿les da cierta seguridad o tranquilidad vivir en una de las ciudades más gay friendly del mundo?

Anita: Ni hablar. Acá ser gay es lo más normal. En cualquier jardín o escuela de Tel Aviv, todos los niños, los padres, los maestros, saben que hay una posibilidad que un niñe tenga dos mamás o papás.

Vicky: Igual, tampoco es que andamos de la mano en Bnei Brak (ciudad/barrio ultra religioso situado en las afueras de Tel Aviv)…


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Che solo abre los viernes, el día de mayor actividad del shuk. Las empanadas son exquisitas, las milangas (solo se sirven de carne) son de primera, y el factor exótico es el gancho perfecto para la llegada constante de nuevos clientes. Después, el trabajo duro, la buena onda, la reciente y elogiosa reseña recibida desde las páginas del Ha’aretz —el New York Times local— y el boca a boca se encargaron del resto. Aunque venden de a cientos (algunos viernes, y solo entre las 11 am y las 5 pm, llegan a sacar más de 600), las empanadas salen generalmente de a una por persona: todavía no hay cultura de levantarlas en docenas o sus fracciones.

El público lo componen latinos, muchísimos turistas, pero la gran mayoría son israelíes. “Encima, la cuadra en la que estamos está explotando, entonces pasan con la birra, ven la empanada, y se dan cuenta que es el match perfecto”, explica Vicky. Es que desde hace un par de años esta calle, Yom Tov (“día bueno”, en hebreo), se convirtió en el corredor principal para los cafecitos, bares y barras más cool del renovado shuk.

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A 30 metros de Che, las mesitas del Beer Bazar (armadas con cajas de bebidas o bancos viejos dados vuelta) revientan de hipsters y artistas locales, seguramente más entusiasmados por lo que hay para fumar y para ver —todo el tiempo pasa gente empilchada— que por el talento de la cerveza de la casa. Por alguna razón, la birra artesanal aún no es un furor en la ciudad; está, existe, pero no se escuchan planes armados en torno a la visita de un establecimiento de cerveza casera. En todo caso, acá se elige un bar por la calidad de sus tragos, pero sobre todo por su comida. En Tel Aviv todo funciona (la gente sale sin parar, los bares y cafés viven llenos) y, al mismo tiempo, todo se funde (en Israel, el 90 por ciento de los restaurantes cierran el primer año de su apertura). Es parte de la adrenalina infernal de un país que nunca para.

Una pareja de turistas que parecen alemanas u holandesas pasan caminando de la mano, pero se las sueltan cuando clavo la mirada en esa zona común y tan simbólica que representa un par de manos entrelazadas. ¿Empanadas? ¡Qué rico!, suelta la más rubia en perfecto español no originario. Se acerca al puesto, mira con deseo y sonríe, pero después no se enamora de ninguna de las opciones veganas y agradece el interés —todos la miramos mirar las canastas— con una mueca. Su compañera la espera sacando fotos con el último iPhone posible. Tiene un escorpión con flores psicodélicas tatuado entre el omóplato izquierdo y el cuello, y tremendo tribal en el muslo, y podría estar aquí de visita o viviendo hace siete años pero, ¿qué importa?, con los tattoos ya es una más del infinito grupo de tel avivim que hacen de sus tatuajes una señal, una contraseña, una declaración de principios y probablemente también un destino.


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Mientras la apátrida patria Instagramera calienta el hashtag #shukhacarmel, me pido una empanada del nuevo sabor: hoy se presenta en sociedad la de jamón y queso. Es el goce puro del pagano, la pequeña revancha que nos da Tel Aviv, el fuck you filosófico hacia los otros, la mayoría conservadora —clara, no inmensa, y en esta ciudad casi invisible— que prefiere que no haya transporte público en shabat y que la comida de El Al sea kosher. Para todos ellos —para todos nosotros— clavarse una de jamón y queso, la combinación prohibida por excelencia, es uno de los detalles que hacen de esta Tel aviv laica, rebelde y alternativa tan especial. Por eso, a pesar de que la cocina no es kosher, “cada vez vienen más israelíes, que es el público al que apuntamos. Hay gente que ha venido casi el 90 por ciento de los viernes”, explica Ana, cuya prodigiosa memoria visual, asegura, le permite recordar a todos (todos) los clientes y tratarlos acorde.

Entre semana, no todo es Che en la vida de la pareja emprendedora. Ana acaba de terminar el Ulpan (curso largo de hebreo) y Victoria trabaja en una de las sucursales de Miznon, uno de los emprendimientos gastronómicos del celebrity chef local Eyal Shani.

¿Qué es lo que más les gusta de la cocina israelí?

V: Nos encantan los clásicos: humus, falafel, las pitas. Pero al final, Tel aviv tiene tanta oferta que terminamos comiendo poca comida israelí. La fusión asiática es fenomenal. Que en un mismo lugar sirvan curris, sopas, sushi y pad thais, es fenomenal.

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Apuramos el último sorbo de café en Origem, un cafecito brasilero que las chicas adoran, donde nos encontramos para escuchar la historia de las empanadas —que en realidad es otra historia—. Acá, capaz que un poco por la música, quizás que otro poco por la impronta del lugar, la ansiedad tan característica de la Nueva York del Medio Oriente no se siente. Todo el mundo vive apurado, la gente se impacienta feo en el la cola del súper, pero hoy podemos charlar distendidos y aceptamos gustosos los pao de queijo sugeridos por el mozo. La baranda a porro se cuela desde el patio, donde un veterano se fuma un fino mezclado con tabaco, como se estila acá, donde un gramo de marihuana oscila entre los 60 y 100 Shekels (algo así como 16 y 28 dólares americanos) y entonces, más por el bolsillo que por el gusto, la gente se hizo la costumbre de fumar mezcla.


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La cuenta regresiva para el próximo viernes de Che está en marcha. Los caminantes de Yom Tov, esos que evitan el quilombo de la calle principal, esperan ansiosos la siguiente tanda de empanadas —fritas u horneadas— de carne, verduras, pollo y champiñones, queso y cebolla, jamón y queso, y los crocantes sánguches de milanesa (o “milanesas al pan”, en uruguayo) que le dan un gustito distinto a cada viernes. Mañana miércoles, ellas ya empiezan a hacer las compras y preparar la próxima colección de empanadas; toca visitar al carnicero de confianza, levantar el pedido de la verdulería, ponerle el whatsapp recordatorio al panadero amigo del shuk, responder a los encargos y mensajes por las redes (remándola cuando toca en hebreo), subir las compras cuatro pisos por escalera hasta su apartamento-fábrica-oficina, poner las manos en la masa, preparar 600 o 700 empanadas escuchando a Gilda, o a Calle 13, o a los Redondos, convertir la ternera en milanesa, hornear los nuevos brownies con dulce de leche, organizar todas las cajas, bajarlas cuatro pisos por escalera y cargarlas en sus bicicletas hasta el tope, estilo vietnamita, pero llegar tempranito, el viernes, cuando empieza el fin de semana en Israel y Che presenta otro capítulo en vivo de esta lindísima película. Una historia de empanadas deliciosas que es también —o en realidad— otra historia. Una historia de amor.

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