Cómo alcanzar el poder en cuatro complejos pasos


Artículo publicado originalmente por VICE Estados Unidos.

El año pasado, escribí un libro titulado No One Man Should Have All That Power (Ningún hombre debería ostentar todo el poder). Es sobre los Rasputines. ¿Y qué diablos es un Rasputín? ¡Buena pregunta!

Puede que no hayas oído el término antes, pero por supuesto conoces el arquetipo al que hace referencia. Un arquetipo que se encuentra en los estudios de música pop, en los sets de Hollywood, en los talleres de ficción, en los recintos del poder político, las conspiraciones criminales y, de hecho, en todas partes. Svengalis, eminencias grises, los misteriosos titiriteros que manejan los hilos de otras figuras prominentes… Esos son los Rasputines.

Como por ejemplo: eres el presidente Fulano de Tal. Yo soy tu mano derecha, tu sabio y eficiente consejero conspirador. Yo soy el Rasputín del presidente Fulano de Tal.

Bien, para manipular a una persona, es preciso tener una relación liminal con la verdad. No se trata tanto de mentir, pues eso es más propio del estafador y constituye un enfoque transaccional, limitado, fácilmente definido. La situación de la que hablamos es más amplia y fluida. A lo largo de todos estos años entrevistándolos e informando sobre ellos, de Los Ángeles a Tijuana y San Petersburgo, he aprendido que los Rasputines no se limitan a perpetrar fraudes de poca monta. Ellos van más allá. Ellos tienen visiones mundiales.

Se rigen por un truismo o cliché poco intuitivo según el cual, si vas a mentir, miente a lo grande.

El término Rasputín hace referencia a Grigori Yefimovich Rasputín, un religioso que embelesó a Nikolai II de Rusia y a Alexandra Feodorovna, los últimos zares del Imperio ruso, hasta que fue torpemente asesinado por sus enemigos políticos, quienes lanzaron su cadáver sin miramientos al río Neva.

“Rasputín convenció a los zares de que había curado a su hijo con la fe, ganándose así el aprecio y la atención de los regentes. Era, para efectos prácticos, el mejor amigo de los zares”

La visión global de Rasputín era su religión. Era un sencillo y tosco campesino siberiano cuya fe ortodoxa libre de cargas hizo creer a la elite de San Petersburgo que tenía una conexión pura con el Dios cristiano. Aseguraba que tenía el don de sanar. Su paciente más famoso: Alexei, el hijo hemofílico de Nikolai y Alexandra y heredero del Imperio.

En sus memorias, la hija de Rasputín, María, citó el fragmento de un telegrama que su padre envió a la zarina tras un episodio hemofílico especialmente grave: “No temas. Dios ha visto tus lágrimas y escuchado tus plegarias. No te lamentes, pues tu hijo vivirá”. Y vivió, efectivamente (al menos hasta la llegada de los bolcheviques, varios años después, pero esa es otra historia).

Rasputín, por lo tanto, convenció a los zares de que había curado a su hijo con la fe, ganándose así el aprecio y la atención de los regentes. Rasputín era, para efectos prácticos, el mejor amigo de los zares, si bien el resto del país lo veía como un manipulador. (Uno de los asesinos de Rasputín dijo que el zar y la zarina “se habían convertido en marionetas cuyos hilos estaban firmemente sujetos por las manos de Rasputín, el genio malvado de Rusia”).

Rasputín se sirvió de una táctica admirable, muy bien asimilada por sus homólogos de la época actual, si bien estos la reproducen con menos dramatismo. La mayoría de las veces recurren a ofrecer una clásica imagen de opulencia, un proceso que, si bien es un tanto reductivo, puede ser más o menos dividido en 4 partes.

Paso 1: promete dinero

Los Rasputines te dirán que entienden la cultura. Pueden convertir tus cualidades en algo palpable y capaz de generar ingresos.

Lou Pearlman convirtió su esquema Ponzi en un imperio de boy bands y luego lo redujo a cenizas. Consiguió que Backstreet Boys y NSYNC ganaran fortunas que él se embolsó, y acabó muriendo en una prisión federal. ¿Qué llevó a esos jóvenes de gran talento a depositar su suerte en manos de Pearlman, de entre la marabunta de tipos que a principios de los 90 prometían fama y fortuna? Tal vez fuera porque su descaro no conocía límites. Días antes de que Pearlman ingresara a prisión, el diario The Hollywood Reporter señalaba que Pearlman “expidió una solicitud formal [al tribunal] para que se le permitiera seguir representando a bandas desde la cárcel; todo lo que necesitaba era un teléfono y conexión a internet dos veces por semana”.

Paso 2: promete un camino a la posteridad

Durante mis investigaciones, el novelista Brian Evenson me habló de sus experiencias con el Rasputín literario Gordon Lish, famoso por editar los cándidos primeros borradores de Raymond Carver hasta convertirlos en gélidas y apreciadas ráfagas de elisión. A principios de los 90, Evenson era un joven escritor de la costa oeste estadounidense que enviaba manuscritos a editores de todas partes. Lish se topó con su obra, lo llamó por teléfono y le dijo que podría convertirlo en “uno de los mejores escritores de mi generación” si Evenson lo dejaba todo y viajaba a Nueva York para asistir a sus talleres de escritura de ficción. “Oír eso fue increíble”, recuerda Evenson de aquella inesperada llamada telefónica a las tantas de la noche. “Y fue muy convincente. Cuando oyes eso, ya estás pensando ‘Puedo llegar a ser famoso’, cuando realmente deberías estar pensando: Yo puedo hacerte famoso”.

Pero no solo se trataba de fama (y de las recompensas económicas que esta conlleva), sino de la oportunidad de que Lish guiara los pasos y el talento de Carver a un nivel de genialidad. El descaro de Lish no podía ser más flagrante: Ven conmigo si quieres alcanzar la eternidad.

“Métete en una sala con una persona que te diga que conoce los secretos del universo y tal vez te sorprenda ver que tus defensas no son tan inquebrantables como creías”

Paso 3: promete lo inexplicable

Alex Guerrero, entrenador personal y amigo del jugador de fútbol americano Tom Brady, y una gran influencia para el quarterback, me presentó un objetivo aún más ambicioso: la prolongación de la vida. “Creo que el cerebro no entiende el concepto del tiempo”, me dijo. “No entiende de edad, ¿sabes? ¿Cómo va a saber el cerebro qué edad tienes? Yo siempre le digo a Tom que no vamos a decirle a nuestro cuerpo qué queremos hacer, sino que vamos a decirle qué queremos que haga”.

Antes de conocer a Brady, Guerrero había sido inhabilitado por la Comisión Federal de Comercio estadounidense por publicitar una falsa cura para el cáncer en un programa nocturno de ventas por televisión. Actualmente ha logrado comercializar con éxito su Método TB12, con el que vende su visión del bienestar (mediante libros y aplicaciones de fitness y electrolitos con su marca registrada) al resto del mundo.

Le pido a Guerrero que me hable de su famoso talento para dar masajes o, como lo llama Brady, su “trabajo corporal”. Ese trabajo corporal, con leves tintes de medicina espiritual, es el vínculo más directo entre los Rasputines de la era moderna y el original. “¿Se puede transmitir ese conocimiento?”, le pregunto.

“Tom me lo pregunta siempre”, responde Guerrero. “Puedo enseñar la teoría, pero no sé cómo…” —me cuenta mientras flexiona los dedos, exhibiendo su fuente de poder primordial— “enseñar esto“. Ahí tenemos, nuevamente, esa relación liminal con la verdad.

Sí, Guerrero ofrece dinero y fama en la posteridad: cuanto más tiempo siga jugando Brady, mayor cantidad de ambas cosas obtendrán los dos. Pero tiene que haber algo más. Debe haber algo que escape a la comprensión de Brady.

Tú, como persona racional que eres, sabes que un masaje es un masaje. Es muy agradable, obviamente, pero ¿puede curarte? ¿Puede ayudarte a ganar otro maldito Super Bowl? Tú, como persona racional, seguramente dirás que no. Pero Tom Brady no es una persona racional. Es el mejor quarterback de la historia y cree en el trabajo corporal de Alex Guerrero.

Y ahí está la cosa: todo el mundo necesita creer.

“Hay Rasputines que no cumplen con todo, que quedan estancados tras dar uno o dos pasos. Pero los de toda la vida… Esos cumplen con todos los requisitos”

Y eso incluye a los Rasputines. Ellos también necesitan creer. Convencerte a ti mismo de que posees una visión de las cosas que no es de este mundo es algo extraordinario. Eso demuestra poder. Tú, como persona racional, dirás que es poder construido sobre arenas movedizas; pero yo te digo: métete en una sala con una persona que te diga que conoce los secretos del universo y tal vez te sorprenda ver que tus defensas no son tan inquebrantables como creías.

A principios de invierno conocí en Moscú a Aleksandr Dugin, un filósofo autoproclamado con una visión extraña y profascista del mundo que, coincidentemente o no, justifica todas las incursiones de Vladimir Putin en Georgia y Ucrania. De Dugin se ha dicho que es el “Cerebro de Putin” y, literalmente, “el Rasputín de Putin”. Si tal aseveración es exacta o no, está por verse, pero en lo que a presentarse como un titiritero que se ha hecho a sí mismo se refiere, sin duda se lleva todas las palmas.

Al preguntarle acerca del aspecto ético de su influencia, responde primero con una cita de El retrato de Dorian Gray, de Lord Henry, el brillante haragán de la alta sociedad que corrompe a Dorian. “Toda influencia es inmoral desde el punto de vista científico”, espetó. “Porque influir en una persona es entregarle tu propia alma”. Sus palabras me dejaron desconcertado e inquieto. Tanto es así que acabé por convertirlas en el epígrafe de mi libro.

Luego Dugin siguió su explicación.

“Podría reconocer que soy responsable de imponer mi visión del mundo a los demás”, dijo. “¿Y qué excusa tengo para ello? Pues mi excusa existe precisamente en mi propia filosofía. Yo no soy el creador del pensamiento. Estoy involucrado en una especie de dialecto angelical o demoniaco. No soy más que el transmisor de un conocimiento objetivo que existe más allá de mi persona.

Me sitúo a mí mismo en el centro de toda la sociedad de la historia. No es egocentrismo. De hecho, es justamente lo opuesto al egocentrismo. Me pongo en el centro del mundo precisamente liberándome de lo individual. En el centro hay otro yo distinto a mí.

Esa es la operación que tengo entre manos. Mi influencia es muy especial. Revolucionaria, diría. Por eso algunas figuras estadounidenses me consideran el hombre más peligroso del mundo. Aceptaría encantado esa etiqueta. Espero que sea cierto”.

Fue una verdadero performance, ejecutado de forma magistral y efectiva. No me fui de la entrevista con la convicción de que Rusia tenía derecho a tomar Crimea, pero sí me fui entendiendo por qué hay personas desesperadas por comprar lo que vende Dugin. Todos nos despertamos con un enorme agujero en el estómago y todos queremos algo con qué llenarlo. Ahí entra en juego esa persona, Rasputín, con su promesa de saciar tu hambre, de ofrecer una respuesta.

Hay Rasputines que no cumplen con todo, que quedan estancados tras dar uno o dos pasos. Pero los de toda la vida… Esos cumplen con todos los requisitos. Prometen con total descaro dinero y prosperidad, ofrecen una confluencia privada de fuerzas y poderes que escapan a nuestro entendimiento. Y el límite de todo ello es la fe. A fin de cuentas, recurres a ellos no para confiar, sino para creer.

Paso 4: dales fe

Colin Wilson fue uno de tantísimos biógrafos de poco fiar. En 1964, refiriéndose a los seguidores de Rasputín, escribió: “Volvieron a creer en el poder del hombre de controlar su propio destino. Era imposible ser fatalista en presencia de ese poder”.

La escritora Teffi relató una extraña cita que tuvo con Rasputín. “¿No sabes que a todos nos encantan las dulces lágrimas de una mujer? ¿Lo entiendes? Yo lo sé todo”, le dijo él.

Supongo que lo que intento decir es lo que ya dijo Sheryl Crow en Tuesday Night Music Club, su perfecto debut de 1993: “Liiiie to me” [Miénteme], cantaba no sin cierta razón. “I promise, I’ll believe” [Te prometo creerte].

Sigue a Amos Barshad en Twitter.

http://bit.ly/2P7JOvM

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