‘La depresión por el cambio climático’ es algo real


Artículo publicado originalmente por VICE Reino Unido.

A veces, cuando estoy parada en la plataforma del metro, miro los anuncios publicitarios que hay en los muros. Anuncian vacaciones a lugares como Egipto y el Caribe. Muestran aguas cristalinas en colores turquesa y niños felices jugando en el agua. Imagina eso, pienso. Imagina animar a la gente a visitar el Caribe en un momento como este.

Tenemos alrededor de 10 años para cambiar radicalmente el rumbo de las cosas antes de que el cambio climático se vuelva tan irreversiblemente catastrófico que termine con la civilización justo en la era que estamos viviendo. Los arrecifes de coral están sufriendo una decoloración debido al calentamiento de los océanos, por lo que es posible que no pase mucho tiempo antes de que esas aguas turquesas dejen de existir. Ahora, un nuevo informe respaldado por el exjefe de las fuerzas armadas de Australia sugiere una “alta probabilidad” de que la civilización llegue a su fin en 2050.

Estas no son declaraciones dramáticas. Son solo los hechos mundanos de esta era. Simplemente así son las cosas. Y, sin embargo, aquí estamos: remodelando nuestras cocinas, viajando en aviones, enojándonos y haciendo las mismas tonterías de siempre.

Un viernes por la noche, como si todo fuera normal, me alegro de no tomar muy seguido el metro, porque nunca me siento tan apartada de la humanidad, tan desesperada y francamente tan perturbada, como cuando veo esas vallas publicitarias.

Recientemente se ha hablado mucho en los medios de comunicación sobre la “deprersión por el cambio climático”: la sensación de que lo que podría traer el cambio climático consigo es tan masivo y tan devastador que la gente ha comenzado a deprimirse; a caer en un estado de desesperación abyecta.

Bueno, a mi también me está pasando.

En algún nivel, estoy pensando en el cambio climático todo el tiempo. Pienso en él cada vez que alguien en mi vida tiene un bebé, y me pregunto cómo será el mundo cuando ese bebé tenga la misma edad que yo ahora. Pienso en él cada vez que escucho a la gente hablar sobre el clima. Pienso en él cada vez que tiro algo a la basura, y me imagino el relleno sanitario en el que finalmente será depositado. Cuando leí que el cambio climático podría terminar con la civilización justo en la era en la que vivo, estaba sentada en la Biblioteca Británica, rodeada de las mejores obras literarias de la humanidad, y sentí como si me hubieran golpeado en el estómago.

Incluso cuando no estoy pensando en el cambio climático, hay miles de noticias sobre incendios, la nocividad del plástico, la extinción de las especies, los incendios forestales, las inundaciones, los huracanes y los glaciares que se están derritiendo.

Al describir la experiencia de tener depresión, el escritor Tim Lott dijo: “A veces puedes tener el deseo abrumador de pararte a mitad de la calle y gritar a toda voz, sin ninguna razón en particular”. Así es como se siente la depresión por el cambio climático. Aunque sospechas que incluso si te pararas a media calle y gritaras, nadie te oiría. A veces, la depresión por el cambio climático se siente como si trataras de advertirle al mundo sobre una conspiración masiva del gobierno para matarnos a todos, excepto que es una conspiración que está en las noticias; de la que todo el mundo ya sabe, y que a nadie le importa realmente. Nunca pensé que sentiría tanta empatía hacia los chicos que se paran en las calles o que recorren el metro tratando de dar a conocer los versículos bíblicos sobre el fin del mundo.

En el ensayo de Freud sobre Duelo y Melancolía, él dice que el dolor y la depresión son experiencias similares, excepto que con la depresión tu yo existencial se revela, junto con todas las emociones que resultan de la pérdida. El sufrimiento que causa el cambio climático se parece más a la depresión que al duelo. Tienes una sensación de pérdida, porque todo está muriendo y te lo recuerdan en todas partes, pero también padeces la locura que viene con la enfermedad mental. Eres muy consciente de que ves el mundo de esta manera nueva y terrible, y que es intensamente real, pero también sabes que esta terrible verdad no se refleja en ti en ninguna parte o aspecto del mundo.

Un amigo mío se quitó la vida hace algunos años, y recuerdo haber salido a tomar algo de aire durante el velorio. En el parque al otro lado de la calle, vi a un hombre corriendo, y pensé en lo asombroso que era que ese hombre pudiera estar ahí corriendo cuando algo tan terrible acababa de ocurrir. La depresión por el cambio climático es como ser la única persona en un velorio, mientras todos los demás en el mundo están allá afuera corriendo.

La poca atención prestada al cambio climático evoca otra característica de la depresión: la ira. Los depresivos por lo regular hablan de estar enojados con el mundo y con las personas que los rodean, por no reconocer la magnitud de su desesperación. Estoy tratando de no enojarme con todos por el cambio climático. Me recuerdo a mí misma que la mente humana no es racional, que todos están ocupados tratando de sobrevivir, que los medios de comunicación han hecho un trabajo tan terrible al transmitir la urgencia de la situación que no es de extrañar que la gente no piense mucho en ello.

Pero la verdad es que estoy enojada. No puedo evitarlo. Estoy enojada con la gente que me agrada, y con la gente que amo. Me enojo con ellos cuando tienen hijos, y no se dedican de inmediato a hacer todo lo necesario por evitar lo que se avecina. Me enojo con ellos cuando hablan de política, como si su importancia fuera comparable a la de este desastre. Estúpidamente, me enojo con ellos inclusocuando publico estados sobre el cambio climático en Facebook y no tienen muchos “me gusta”. Por un lado, soy consciente de que estos sentimientos son absurdos. Pero por otro lado, creo que soy la única persona cuerda aquí, y que el comportamiento indiferente de los demás es lo realmente absurdo. ¿Por qué no todos estamos hablando de ello todo el tiempo? ¿Por qué ustedes no están tan preocupados como yo? ¿Qué diablos les pasa?

Pero también me doy cuenta de que la depresión por el cambio climático solo es una forma de vanidad. ¿Las víctimas del ciclón tropical Idai están afligidas porque Gran Bretaña, una opulenta potencia colonial, podría experimentar clima extremo e inestabilidad política? No, están demasiado ocupadas tratando de rehacer sus vidas. La depresión por el cambio climático es un lujo que se da la gente como yo que viven en países ricos que, hasta ahora, han estado aislados de los peores efectos del cambio climático. Si la depresión es el único medio a través del cual uno se relaciona con el cambio climático, entonces no se trata más que de autoindulgencia. El depresión o el duelo ciertamente no son acción.

Rebecca Solnit escribió una vez que “la esperanza no es un boleto de lotería, con el cual puedes sentarte en el sofá y descansar, sintiéndote afortunado. Es un hacha con la que rompes puertas en caso de emergencia”. Tengo amigos activistas que solían leerme esa oración para inspirarme, y yo asentía sin entender realmente lo que significaba. Ahora lo entiendo. La esperanza no es el acto de fantasear con que ocurra algo maravilloso; es un instinto de supervivencia. La esperanza no reemplaza a la desesperación, se rebela contra ella.

La verdad es que la forma en que reaccionamos ante el cambio climático todavía está por verse. Qué tan mal se pongan las cosas y el tipo de mundo que construimos a partir de este cambio es nuestra decisión. No debemos suprimir la depresión por el cambio climático, sino propagarla y usarla como agente impulsor de la acción. La esperanza es el hacha con la que derribas puertas en una emergencia. Pero antes hay que reconocer que la casa está en llamas.

http://bit.ly/2ZjCXTZ

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